viernes, 29 de junio de 2012

La soledad del polvo 15.2

- Supercalifragilísticoespialidoso. – Se rió, y la habitación se iluminó, se llenó de colores, y yo me reí también. Me dio un suave golpecito en el brazo, lo interpreté como un abrazo. ¿Y mi copa de vino? Ya la tenía dibujada entre mis dedos

- En serio. No quiero que eso destruya lo que sea que tengamos. Necesito saber qué piensas, porque esta ignorancia me está matando, y me quema por dentro el recuerdo.

Suspiré. La copa de vino se resbaló entre mis dedos y se desvaneció antes de caer el suelo. El abrazo fue realmente un golpecito en el brazo, y la idea de dejarlo pasar esa solo una ilusión de mi mente. La magia se había escapado como lo había hecho el supercalifragilístico entre las filas del tiempo.

- Sinceramente, Juliette, entre todas las situaciones que había imaginado, jamás pensé que mi primer beso sería así. 


- Imaginaste un hombre, un momento ideal, unas palabras bonitas, mucha dulzura, que te hubiese apartado antes un mechón de pelo con las manos… ¿no?


- Sí.


-Eso no existe.


-¿Por qué no? 


-Porque la inocencia que se respiraría en ese momento se ha perdido. Encontrar un hombre en una biblioteca, que al chocarte con él se te caigan los libros y él te ayude a recogerlos, es algo que ya no existe, y quizá nunca existió. No hay tiempo para ser románticos. La vida va muy deprisa, y nos engulle, nos arrastra, y nosotros solo podemos tratar de sobrevivir, de no ahogarnos por sus olas agresivas y devastadoras que nos roban la sed de poesía y libertad, adaptándonos a su torrente, dejando que el mundo se cambie a sí mismo, amoldándonos al fluir del tiempo que nos empuja hacia delante, y nos forma y deforma.


-¿Y qué pasa con los que se quedan atrás? ¿Los que luchan por el romanticismo?


-Se quedan anclados en un mundo que no existe, y terminan desapareciendo, volviéndose invisibles para el resto del mundo, recluidos en su burbuja de eterno tiempo que los destruye al aislarlos del devenir del mundo. 


-Suena tan negativo…


-Es negativo. Hoy tengo ganas de cambiar el mundo. Tengo ganas de luchar por un futuro incierto. Quiero salir a la calle y gritar que tengo derecho a gritar. Quiero amar a tantos hombres y mujeres que en mi corazón no quede un sitio libre de tantos nombres que haya escrito en él. Quiero ver el mundo. Quiero llorar, de alegría, de tristeza. Pero quizá mañana crezca, quizá mañana se me olvide quien soy, y ya no quiera cambiar el mundo. Quizá me case con un hombre, tenga dos hijos y me hipoteque de por vida, sin poder dejarles a mis hijos más que deudas. Quizá me quede ronca, o me olvide de hablar con mi propia voz, y deje que alguien hable por mí. Por comodidad. Quizá prefiera la constante imagen del acogedor y común comedor de la casa que me ata al mundo de las mentiras antes que ver el amanecer en cien lugares diferentes, con cien personas diferentes que hablen cien lenguas diferentes. La vida nos conducirá, y al final, creo que es imposible luchar. Somos como borregos. Seguimos a la manada, tememos al lobo, sin saber que somos más que él, que podemos ganarle. Se nos olvida que cuatro millones de ovejas pueden sodomizar al lobo y meterle por el culo todo lo que hemos tragado. Y vivimos cómodos. Nuestro cómodo coche, nuestro cómodo trabajo, nuestro cómodo despido.


- Y si sabes todo eso, ¿por qué no lo evitas?


-Porque luchar eternamente sería más monótono que decidir dejarme llevar un tiempo. Y la monotonía me aburre. 


-No entiendo qué tiene que ver todo tu discurso conmigo, la verdad.


-Quiero que te subas a mi barco, que remes conmigo, que luches de vez en cuando, y de vez en cuando te dejes llevar. Que dejes de ser la sólida estaca a la que se amarran los melancólicos, dejes de ser perfecta, la chica buena, irreal, falsa, y seas tú.


-Yo soy yo.


-No.


-Y tú qué sabes.


-Nadie es tan correcto, nadie tiene tan poca curiosidad por las relaciones interpersonales. No eres tú en el momento que te has arreglado mínimamente para abrirme la puerta – me toqué el pelo – Piénsatelo. Este barco todavía no zarpa. Prueba algo nuevo. Deja de lado el papel, se un poco más empírica. 


Me quedé muda y miraba el suelo sin fijar mis ojos en ningún punto. Mi mente rememoraba todas esas palabras que me mareaban, me confundían, me inspiraban, me alentaban y me daban miedo. Se levantó y tendió hacia mí aquella bolsa. La miré interrogante. 


- Haz con esto lo que quieras. No está perfecto, tres días no dan para más. Espero que te guste. – sonrió, y se fue, grácil, casi levitando, y yo me quedé inmóvil. 
Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Cinco segundos. Diez segundos. Treinta segundos después de oír la puerta cerrada reaccioné y miré aquel objeto que tenía sujeto entre mis dedos.

La soledad del polvo 15.1

Llevaba tres días encerrada en mi cuarto sin querer saber nada del mundo. Tenía la cabeza y el alma enzarzadas en una discusión de la cual no entendía nada. Lo único de lo que era capaz era ponerme a pasar apuntes de medicina, leer artículos o dormir. Sacar el lado más racional para escapar de la oleada de preguntas que pretendían arrastrarme mar adentro de mis inseguridades para ahogarme en miedos. 

No tenía noticias de mis padres, y tampoco me preocupaba. Sus ausencias prolongadas y sin explicación más allá de una nota de papel era el pan de cada día. No esperaba que estuviesen fuera dos semanas. Siempre inventaban el tiempo, dos semanas, tres días, un mes. Nunca se cumplía. En vez de tres días eran seis, en vez de un mes, mes y medio.

Sin embargo, por mucho que intentase olvidarme, por mucho que tratase de evadir mi mente hacia el raciocinio más extremo, siempre volvía al mismo lugar, a los mismos hechos, los repasaba lentamente, de arriba a bajo, saboreaba el momento, dejaba que las cosquillas invadiesen mi estómago, y la culpabilidad, y la duda, y el miedo, mientras las preguntas y el ahogo consumían mi cerebro.

No me la podía quitar de la mente, era como una fotografía tatuada en mi memoria. Un instante, una fracción de segundo, el momento en el que dejé de pensar y cerré los ojos; el momento en el que sus labios tocaron los míos y electrizaron todo mi cuerpo enseguida; el momento en el que me puse tensa, rígida, y sus manos con caricias iban liberándome de la condena de mis músculos, poco a poco, sin mover sus labios; el momento en el que movió sus labios, y yo moví los míos, y dibujamos mil colores, compusimos mil canciones, escribimos mil sonetos, y los pájaros trinaron, y mi corazón se aceleró, el mundo se detuvo y me faltaba el aire; el momento en el que volvió la consciencia a mi cuerpo, junto con la tensión, y cerré la boca; el momento en el que separó su boca de la mía y me miró a los ojos, y yo evité la mirada, y ella apartó sus manos de mi piel, y mi cuerpo se enfrió solitario en un abismo de soledad. No, este último momento se evaporaba, se desvanecía; realmente, esa última jugada casi no la recordaba.

Pasaba las horas acariciándome los labios, cerrando los ojos, sonriendo. Lavándome los labios, los ojos fuera de sus órbitas, una mueca de espanto. Era un sinvivir de preguntas y deseos. 

El tercer día, a las ocho de la tarde, llamaron a la puerta. El timbre sonó como un corto alarido de dolor, y yo, perezosa, me levanté a abrir.

-¿Quién?

-Soy yo.

-¿Quién es yo?

-Juliette – se me vino el mundo encima, y no pude más que tragar saliva de manera tan sonora que seguro me habría oído. - ¿Puedo subir?

-Sí.

-¿Y me vas a abrir? – le di al botón y colgué el telefonillo. 

El pánico casi se apoderaba de mí. Me miré en el espejo de la entrada. La camiseta vieja de propaganda de refrescos y el pantalón de chándal desteñido dejaban mucho que desear. Como no tenía tiempo, lo único que pude hacer fue recogerme el pelo alborotado en un moño que no mejoraba mucho mi aspecto, pero al menos disimulaba un poco no haberme peinado.

Cuando volvió a tocar al timbre abrí la puerta con lentitud. Ella estaba al otro lado del marco de la puerta. Sonreía tímidamente con sus labios rojos dibujando una media luna. Me contagió su sonrisa, y vergonzosa, iba naciendo en mi rostro. 

- Hola.

- Hola Alma.

- ¿Qué quieres?

- Venía a hablar contigo… Y a traerte algo.

-¿El qué?

-Primero hablemos.

-Vale.

-¿Me dejas pasar? – me aparté para dejarla pasar. Llevaba una gran bolsa blanca cuadrada. La observé intentando adivinar qué llevaba pero fue imposible. Cerré la puerta y la seguí, pese a estar en mi casa. Llegó al comedor y se sentó en el sofá.

Me senté a su lado, guardando las distancias, con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas, mirándola expectante. 

-¿Qué pasa?

-Nada… ¿Qué ibas a decir?

-He venido a hablar, aunque no es necesario que empiece yo.

-Ah…

-Pero lo haré.

-Vale.

-Me sentí muy mal por como terminó el día. Se que no era algo que tú deseases. Bueno, realmente no se lo que deseas, porque no te conozco, y no dejas que lo haga. No te voy a mentir, a mí me gustó. – me sonrojé, mirando hacia otro lado. 

-¿En serio?

-Claro. ¿Por qué no iba a gustarme?

-No se. Pensé que tú…

-¿Andreu? También.

-No lo entiendo. ¿No estáis juntos?

-No. 

-Ah…

-Y aunque estuviésemos, no somos de una sola persona en nuestra vida. – No sabía muy bien que decir –Pero no he venido a hablar por mí, sino por ti.

-¿Por mí?

-Sí.

-¿Por qué?

-Quizá porque te levantaste rápido y exigiste casi gritando que te trajese a casa. Es una idea, eh… 

-Ya…

-¿Y bien?

-No se. 

Realmente no sabía que decir. Había eludido el tema por completo, había intentado no pensar en ello bajo cualquier circunstancia, que el hecho de que viniese de frente hacia mí me dejó confusa, muda. Pensé en Mary Poppins, en aquello que se dice cuando no se sabe que decir. Si mi vida fuese una película, de esas en las que las personas pueden ser mágicas, de ese tipo de magia que enamora y te hace inolvidable para la humanidad, y la fe en el hombre estuviese tan viva como cualquier animal, sin peligro de extinción, podía decirle Supercalifragilísticoespialidoso. Y nos reiríamos, disfrutaríamos del momento, de mi maravillosa ocurrencia, nos abrazaríamos y dejaríamos pasar el asunto, por que ¿qué importaba? la vida sería perfecta y ese momento incómodo quedaría como una anécdota, algo que recordar con una sonrisa y una copa medio llena (que no medio vacía) de vino entre mis manos de dedos largos y piel suave.

Pero la vida no era un suave camino de rosas en el que la amistad florecía como lo hace una amapola, ni se dejaban fluir los momentos con naturalidad ni desenfado, sino que existía la necesidad de hablarlo todo, de clasificar, determinar, dar valor, conocer y etiquetar. Era un mundo gris, lleno de gente gris con almas grises que te abofetearían si ante un asunto de semejante seriedad como un beso, pudieses contestar alguna tontería como esa larga palabra que personas de grandes ojeras y tristes muecas en sus rostros no son capaces de pronunciar, por tener la lengua muerta de repetir las mismas palabras todos los días.

Pero Juliette no era una mujer gris, no venía de un mundo gris, y su alma era de tantos colores que te cegaba y confundía su diversidad… Eso era una mínima fracción de todo lo que se podía adivinar en sus ojos, ahora esperando una respuesta más contundente por mi parte.

lunes, 11 de junio de 2012

Detalle de un segundo 14.2

Sin querer evitarlo, giré mi cabeza con la esperanza de volver a conectar mi mirada con la suya, de volver a construir puentes de fotones y caminar de mi lado al suyo para encontrarnos en ese momento incierto en el que dudaba del querer y del mundo entero. Tan solo alcancé a verla girada en el mismo instante en que se dejaba caer el vestido rojo sobre la cabeza, deslizándose por su espalda como si supiese ya su recorrido, amoldándose. Suspiré, al menos no estaba recogiendo para irse.

Volví a mi cinturón, el cual parecía resistirse durante todo ese tiempo. Como si no quisiese deshacerse, como si necesitase una contraseña. Gruñí, haciendo que Juliette se girase hacia mí.
- ¿Puedes?
- Yo… Bueno… sí...- intenté maniobrar un par de veces más, del derecho, del revés… Parecía enganchado por el mismo diablo. – No, no puedo – suspiré. Ella se mantuvo callada, esperándome. - ¿Puedes ayudarme? – dije con cierto tono de súplica.
- No
-¿Qué? – Me giré indignada
-Pues que no puedo.
-¿Por qué no?
-Porque no quieres que te toque.
-¿De dónde te has sacado eso?
-No lo he sacado de ningún lado. Tú me has apartado
-Bueno, es que yo… No… Pero…
-¿Podrías alguna vez terminar todas las frases?
-Perdón.
-¡No te disculpes! - resopló – Hay veces que me exasperas. – se acercó – Te voy a ayudar, pero solo porque tienes la piel de gallina. – Puso sus manos en el cinturón, realizando los mismos movimientos que yo, consiguiendo los mismos resultados – Pero qué mierda… - bufó. Se puso de rodillas, su visión paralela al cinturón. Me miró a los ojos - ¿te incomoda?
-No – dije, metiendo vientre. Ella se rió, yo también, ambas sabíamos que mentía.
-Tienes una especie de lío con un hilo en la hebilla. – advirtió. - ¿Llevas tijeras? – negué con la cabeza, me sentía como una niña en esos momentos.

Acercó su boca a donde decía que tenía el nudo. Su nariz rozó mi tripa, su respiración recorrió varios centímetros de mi piel. Tuve un escalofrío, miraba al infinito. Noté un ligero tirón de mi cintura, seguido de un chasquido. Acaricié su hombro con las yemas de mis dedos sin pensarlo, ella se levantó rápido y se alejó.
-Listo.
-Gracias. – se volvió hacia su maleta sin decir nada y comenzó a doblar las camisetas.
Me puse el vestido con aire confundido. Era la talla perfecta, se ajustaba a mi cuerpo como si fuese una piel más suave y sedosa. Carraspeé y Juliette se giró hacia mí. Me miró de arriba abajo, sonriéndose con aires de satisfacción. Sacó entonces de la maleta los zapatos rojos y me los tendió. Me los puse a duras penas, sin lograr entender como había acertado mi talla. Crecí seis centímetros de golpe.
-Perfecta – dijo Juliette mirándome, satisfecha. Miré mis pies, insegura. – No te preocupes, no vamos a movernos mucho – apartó la maleta y extendió una especie de mantel con cuadros rojos y blancos sobre el suelo. Cogió su cámara réflex un trípode que fue montando hasta que adquirió una altura considerable. Instaló aquel aparato a unos pocos metros donde estaba yo, apuntándome. Instintivamente me tapé la cara. – No voy a hacer ninguna ahora. Puedes ponerte bien – comenzó a toquetear la cámara. Cuando terminó volvió y sacó de un bolsillo pequeño un mando diminuto con un par de botones. – Te explico.  – Se puso frente a mí – Mi intención era hacernos unas cuantas fotos para un trabajo de la universidad – la miré escéptica.
- ¿Y no me lo podías haber dicho desde un principio?
-¿A caso habrías venido? – tocada. – Cuando le de al botón comenzará a hacer ráfagas de fotos...
-¿Y cómo sabré cuándo se hacen las fotos?
-Ahí reside la gracia del asunto. No lo sabrás. Yo tampoco. Han de ser fotos naturales, nada de posar, ni salir hermosas por ficción. No habrá retoque después. Por eso he querido hacérmelas contigo.
-¿Y Andreu? ¿O Marcos?
-Tenían cosas que hacer
-Oh – sentí una pequeña punzada en el estomago al sentirme segunda opción.

Con un rápido movimiento apretó un botón del mando. Había comenzado el juego, y yo no sabía qué hacer. Tensé los hombros y no paraba de mirarla confusa. Ella se mostraba tranquila, natural, su melena roja se volvía aún más roja en contraste con la piel de sus hombros desnudos, que servían de base a un cuello fino. Había cogido del suelo un estuche del que sacó una barra de labios. Lanzó el resto de nuevo a la maleta.


- Ven – obedecí – Desténsate – su voz hizo que sonriese, y colocando sus manos sobre mis hombros, hizo que poco a poco los músculos fuesen cediendo – Solo son fotos – quitó un mechón de mi cara. Yo miraba sus labios. No parecían haber sido pintados, y sin embargo estaban de un rojo insultante. – Abre un poco la boca – me esforzaba por oír algún pequeño *click* que me indicase que las fotos se estaban haciendo, pero nada.



Entre abrí los labios insegura. Juliette se acercó a mí con una barra de labios rojo frío y comenzó a tiznarme la boca de aquel color impactante. Miraba mi boca con concentración. Yo tragué sonora, sin poder evitar salivar demasiado. – Perfecto – murmuró. Sonreí tímidamente, no le encontraba sentido a estar allí, con ella, tomando instantáneas de momentos extraños.
- Me siento bastante incómoda, Juliette
- No te preocupes. – apartó un mechón de mi rostro – nadie nos puede ver aquí – tomó mi mano suavemente. La puso entre ambas, con la palma mirando al cielo y la miró con cierta ternura que no entendí. Recorría con las yemas de sus dedos los surcos marcados de mi piel. – Abrázame – fue un mandato, una imposición. Y de nuevo, obedecí.
Llevó mi mano a su cintura, y yo la deslicé hasta rodearla. Esquivaba su mirada, evitaba el máximo contacto, y mi corazón pretendía excavar hacia la superficie de mi pecho a golpe de sístoles y diástoles agresivas que disparaban mi sangre hasta asesinar mis pómulos, inyectarlos en la sangre del rapto de la razón.

Sin embargo, solo el roce de su piel en mi barbilla hizo que me irguiese y colocase mis ojos en la trayectoria de los suyos. Rasgados. Sonreía. – Hazme el favor de relajarte, no hacemos nada malo.
-Si ya lo se. ¿Qué iban a hacer malo dos chicas solas en un bosque? – ella se calló. Yo me callé. No sabía muy bien si era ironía o ignorancia lo que había hablado por mí. Otro silencio incómodo.

De pronto, ella echó a reírse. Cuatro, quizá cinco segundos después de que yo hubiese hablado. Primero tímida, una fuerte ráfaga de aire salió de su nariz. Luego un ruido de su garganta, que coqueto se terminó desnudando en una carcajada. Y la seguí. Nos reímos. Un buen rato. No sabría contabilizarlo. Fue de esos momentos en los que el tiempo se para, y solo existe ese instante que estás viviendo, que se torna eterno y perfecto, y ni el tiempo, ni la lluvia, ni un ruido ajeno al paraíso lo destruyen.

 Nos golpeamos los hombros con dulzura. Nos desbaratamos el pelo, nos sacamos la lengua y la incomodidad se evaporó. Se fue con una brisa de viento, o se fundió con la tierra, pasó a ser parte de los árboles, de la pintura del momento.

 Empezó a hacerme cosquillas. Me retorcía, me reía, y ella se reía más – ¡¡Para!! por favor… - suplicaba y suplicaba. Caímos al suelo al lado de la maleta. Yo me defendía, ella atacaba, e iba ganándome terreno hasta que al final no podía contrarrestarla, estaba agotada y casi me faltaba la respiración de tanta risa.


Tumbadas en el suelo, con sus brazos bloqueando la huida de mi cabeza hacia la razón, y su rostro por encima del mío, a un palmo su nariz y la mía, lo único que nos resguardaba de la realidad era su pelo cerrando la entrada de luz a ambos lados, y la cálida sonrisa iluminando nuestra pequeña cueva. También yo sonreía, pero era una sonrisa tonta, de esas que se te escapan sin saber muy bien por qué, que hacen que le mundo se torne de color del infinito ocaso, del tierno amanecer, del misterio nocturno y el florecer de una flor de almendro.

Le puse el pelo tras las orejas, con las manos cargadas de miedo y de dulzura. Actuaba de manera casi mecánica, y tenía el cerebro apagado en esos momentos. Sencillamente, Vetusta Morla y la respiración de Juliette escribían el pentagrama del momento. Yo era un instrumento al que hacía sonar.

Se inclinó hacia mí, juntó su frente con mi frente, su nariz con mi nariz, y nos mirábamos a los ojos como si quisiéramos ahogarnos en ellos. Un canal eléctrico entre su alma y la mía, candente, explosivo, se formaba a toda prisa. Movía su cabeza, nuestras narices se rozaban, y yo no sabía que hacer; entre la espada y la pared, entre el suelo y el deseo que no podía admitir. Que no quería admitir. Por que no era posible.


Una mano en mi muslo, que subía el vestido lentamente. Se me erizaba el vello, se me escapaba algún suspiro, y los ojos se me iban cerrando lentamente. La boca me sabía a peligro, a morbo, a deseo reprimido, a necesidad, a escape, a desvanecimiento, a lucha, a ganas de empezar, y de terminar. Sonreía, flotaba, incapaz de imaginar. Todo aquello excedía. Sobrepasaba los límites de mis cuentos de hadas, de mis finales felices. Iba más allá de todo cuanto había soñado, por que no me había aventurado a pensarlo. Consternada, confusa, feliz, indecisa. Eran segundos en los que las sensaciones se confundían, se mezclaban, se turnaban, aparecían y desaparecían en milésimas de segundo. Y entonces…


domingo, 10 de junio de 2012

Detalle de un segundo 14.1

Frenó justo en frente de mí, con una sonrisa floreciente en la cara. Se inclinó hacia mí y me abrió la puerta para invitarme a entrar. Acepté la invitación con una sonrisa en el rostro, dejando el bolso en el asiento trasero. Vi una pequeña maleta metida a los pies del otro asiento trasero, y miré interrogante a Juliette, que me miraba todavía sin arrancar. 
-¿Te vas de casa? 
-Ahora luego te lo explico. – esa sonrisa pícara que dibujaba en su rostro no me daba mucha confianza – ponte el cinturón. – obedecí con la rapidez de un siervo. 
Con el sonido del click, accionó el motor y nos pusimos rápidamente de viaje a no sabía dónde. La capota del coche estaba bajada y el viento nos salpicaba el pelo. Miré a Juliette, concentrada en la carretera, mientras sus mechones del pelo se mecían al viento como lenguas de fuego que acariciaban el cielo. Se percató que la miraba, por que sonrió, y por el rabillo del ojo la vi buscarme en el retrovisor. Yo también la busqué y nos encontramos las miradas durante un instante. En seguida volvió a la carretera. El silencio se apoderaba de la situación, y sin embargo, no me sentía incómoda. Aun así, Juliette consideró oportuno poner música. 
*Hablemos de ruina y espina, hablemos de polvo y herida…* Una música lenta y atrayente envolvió mi cuerpo. Comencé a golpear con el dedo índice mi pierna derecha al ritmo de la melodía. 
-¿Te gusta? 
-Sí. ¿Quién es? 
-Vetusta Morla. 
-No lo había oído. 
-Tú no has oído muchas cosas. 
-¿Cómo se llama la canción? 
-Maldita dulzura. – me sonreí. No se por qué, pero quise tomármelo como un halago. 
Esa fue toda nuestra conversación durante el viaje. Me abstraje con el paisaje una buena fracción del trayecto, y la otra la pasé intentando descubrir las letras de aquel cantante. Cuando paró el coche no sabía dónde estábamos, me sentía perdida en el mapa. Se bajó y cogió la mochila. Me bajé y cogí mi bolso. Nos adentramos en un tímido bosque, todo pendiente ascendente. Paramos en un claro. 
-¿Dónde estamos? 
-Si te lo dijese, perdería el encanto. – Dejó caer la mochila en el suelo – Deja las cosas aquí- la miré con preocupación – no pasa nada. Aquí no viene nadie. – terminé por hacerle caso, al fin y al cabo, ella parecía venir a menudo, se lo conocía bien. Dejé en el suelo el bolso y el abrigo, justo al lado de su maleta.

Cuando descargué me tendió la mano. La cogí, dejándome guiar. Estaba caliente, resultaba confortable. Comenzamos a ascender por unas rocas hasta que llegamos a lo que debía ser la cima. Juliette se paró unos pasos más delante de mí. – Mira – me atrajo hacia ella con el brazo. 
Ante mí se abrió el inmenso mar, escondido parcialmente por la frondosidad de unos árboles que parecían haber escapado a la mano humana. No pude sino abrir la boca y quedarme anonadada. – Hermoso. ¿Verdad? 
-Es precioso, Juliette. ¿Cómo lo descubriste? 
-¿Quieres parar de hacer preguntas y dedicarte a disfrutar del momento? – parecía incluso molesta, pero después me apretó la mano, que todavía seguía cogida, y me sonrió. Volvimos a mirar al horizonte. Desde donde estábamos podíamos oler la brisa marina a la vez que el bosque nos engullía salvajemente. 
– Ya está bien – se giró, soltándome la mano. La miré recelosa – no te he traído aquí para pasar toda la tarde mirando la nada. 
-¿Entonces? 
-Volvamos, anda. Que se nos va a hacer tarde – retomé su mano, volviendo sobre nuestros pasos, volviendo a crujir las mismas hojas caídas, volviendo a respirar el mismo aire húmedo, volviendo a imaginar abstracciones de lo que podría venir a continuación. Me comía la curiosidad. Quizá fue por ello por lo que más de una vez pasé a andar yo delante de ella, aunque me equivocase de camino y Juliette tuviese que arrastrarme por el sendero correcto. 

Cuando llegamos, abrió la maleta en el suelo. Descubrió en su interior un par de vestidos volátiles rojo y negro, bien plegados, y dos pares de zapatos de tacón. Pinturas, máscaras, todo tipo de objetos. Cogió los dos vestidos y me los tendió.
- ¿Cuál prefieres? – los miré indecisa. - ¿Lo elijo yo? 
-Mejor. 
-Vale. –los miró detenidamente, pasándoles un examen – Toma – me tendió el vestido negro. Lo cogí y lo desplegué sobre mi cuerpo. 
-¿Qué hago con él? 
-Quémalo. 
-¿En serio? 
-No, tonta. Pontelo. – miré a mi alrededor, buscando un sitio donde cambiarme. Cuando terminé de examinar el lugar miré interrogante a Juliette - ¿Te da vergüenza cambiarte conmigo delante? – me sonrojé. – Va, no seas tonta. Mira, empiezo yo – Se quitó la camiseta, lanzándola a la maleta. Su piel me deslumbraba. Daba la sensación de ser más suave que el lino, que la seda, y más brillante incluso que el sol… Me dieron ganas de acariciarla, de dibujar carreteras sobre ese país deshabitado, solo por la curiosidad de cómo sería su tacto. Quizá llegué a mirarla con deseo. – Si me sigues mirando así vas a hacer que me sonroje – fui yo la que se sonrojó cuando salí de aquel viaje interespacial por los poros de su piel – te toca
-Juliette… me da… 
-¿Te ayudo? – se acercó con los brazos extendidos. 
-Yo… - di un paso hacia atrás, indecisa. 
-Vamos, Alma. No voy a violarte. – alcanzó con sus manos mis caderas. En ese momento, los minutos de fijación con las letras de Vetusta Morla surgieron a la luz, y en mi cabeza sonó una frase *dejarse llevar suena demasiado bien…* Fue casi una orden para mí. Dejé que fuese levantándome lentamente la camiseta, sin yo saber muy bien dónde mirar. Ella no dejaba de sonreír mientras iba dejando al descubierto mi vientre. No pude evitar aguantar la respiración conforme sus manos ascendían. Era tan bochornoso para mí, que incluso podría decirse que me resultaba morboso. Unos instantes antes de que la camiseta pasase por mi cuello, la miré a los ojos, y quedé hipnotizada. 
Terminó de sacarme la camiseta por los brazos. Ahora era yo la que la miraba, y ella la que eludía mi mirada, la que se perdía por mi piel, con sus pupilas dilatadas, las llamas asomándose por ellas, jugando a enseñarme lo que no quería ver. Lanzó la camiseta en la misma dirección en la que había lanzado la suya, y volvió a poner sus manos en mi cintura, dejándolas conducir por las carreteras de mi cintura hacia el cinturón. Comenzó a desabrocharlo cuando volví en mí. Fue como si alguien hubiese apagado de golpe esa canción de Vetusta Morla, dejando a mitad esa frase que me había dejado inconsciente en lo que a la razón se trataba, y me eché hacia atrás – Ya puedo yo, gracias. – me giré para ponerme el cinturón. 

Notaba el orgullo de Juliette dolido, pero la confusión era demasiado grande como para tratar de remediarlo. El área de mi cintura en la que había posado sus manos todavía ardía, y a su alrededor el vello se erizaba buscándola a ella.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Vergüenza, humillación, y una sonrisa. 13.2

Eché a caminar hacia el aparcamiento, ahora con algo más de prisa. Si quería ponerme guapa, como ella había dicho, tendría que darme prisa en llegar a casa y comer, para poder tener tiempo suficiente para arreglarme… ¿Arreglarme? No tenía muy claro si sabía lo que significaba en concreto aquel verbo. Me maldije a mí misma en la soledad de mi mente. ¿Qué habría querido decir Juliette con que me arreglase? ¿Debería maquillarme? Palidecí solo de pensarlo. No tenía pinturas, y en el caso de que decidiese usar las de mi madre, no tenía ni idea de por dónde debería empezar a desdibujarme, más allá del simple colorete olvidado de mi madre que había terminado por apropiarme. Intentar reconstruir mentalmente un proceso sin saber nada sobre él me agotaba. Me decanté por que el encanto de un rostro al natural, sin colorete, sin largos minutos frente a un espejo debatiéndome entre empezar de una manera u otra.

Mientras conducía a casa, me planteaba qué ropa me pondría. El trayecto era corto, tanto como la decisión a tomar. Todos mis pantalones eran vaqueros, así que la duda por esa prenda quedaba básicamente descartada. Pensé en una camiseta de cuello barca azul. Contrastaría con el tono claro de mi piel, seguro. ¿Se referiría con eso a ponerse guapa?

Llevaba ya un desorden importante en lo que respectaba a mi vida en aquel momento cuando aparqué el coche. Entré a casa con la intención de comer rápido e ir corriendo a la ducha.

Al llegar a la cocina me encontré con un plató frío de pasta dura y tomate precocinado en el banco. Ni siquiera una nota con instrucciones, saludándome o cualquier trivialidad. Metí la comida 45 segundos al microondas a calentar y encendí la televisión. Ese día, en vez de ver las noticias, decidí poner uno de esos canales que veía todo el mundo, solo por curiosidad.

Cuando terminé de vestirme tras una buena ducha, llegó la hora de arreglarme, y debía empezar por el pelo. Fui al baño de mis padres, donde mi madre tenía espuma para cabello rizado. Bajo el chorro de agua caliente, desenjabonándome, había decidido cambiar hoy de peinado y acentuar unos rizos que ni siquiera tenía claro si poseía.
Leí las instrucciones que no quedaban nada claras y pasé a imitar a mi madre. Agité el bote y apreté el botón, dejando salir sobre la parte de mi mano aquella sustancia espumosa blanca. Cuando consideré que había puesto demasiada espuma en mi mano, dejé el bote en su sitio, y con la mano que me quedó libre comencé a aplicarme la espuma en el pelo, eligiendo un mechón de pelo y apretándolo en un puño junto con la espuma.

Cuando terminé me miré en el espejo semi-empañado, tenía buena pinta. Saqué el secador y apliqué un poco de aire frío al pelo para acelerar que se secase, pero sin destrozar los rizos potenciales. Agradecía que mis padres no estuvieran en casa, pensarían que me había vuelto loca.
Marzo en los almendros

Observándome vestida, no terminaba de convencerme aquel aspecto. Fui al cajón de mi madre donde guardaba las camisetas bonitas, esperando que hubiese alguna que me gustase. Con mucho cuidado empecé a rebuscar hasta que encontré en el fondo del cajón una camiseta que no le había visto jamás. Cuando la saqué me di cuenta que todavía llevaba la etiqueta. Me la probé. Para mi sorpresa, me gustaba cómo me quedaba. Era una camiseta negra que remarcaba mi cintura, acentuándola. Encantada, me di cuenta de que aquel escote que arrastraba la camiseta hacía que pareciese que tenía los pechos más grandes de lo normal. Con el sujetador intenté levantarmelos un poco más; no estaba tan mal después de todo.

Estuve pavoneando delante del espejo un buen rato, hasta que miré el reloj. Las cinco menos cuarto. Rápida, limpié el baño en diez minutos, cogí el abrigo marrón, un bolso negro de mi madre en el cual metí mi cámara con un par de carretes, el móvil, las llaves y algo de dinero, y bajé corriendo para salir. De refilón vi una nota que hizo que me parase. La cogí y salí a la calle.

La nota era de mi madre.

Alma, tu padre y yo nos hemos tenido que ir a un congreso a Suecia. Volveremos en un par de semanas más o menos. Sentimos no haberte avisado con antelación. Cuídate. Te pondremos dinero en la tarjeta para que te compres comida cuando necesites. No despistes tu trabajo.

Te queremos, tesoro.

Mamá”



Me reí en un segundo de manera irónica. ¿Te queremos? ¿Tesoro? Aquello no era más que un sentimiento de culpabilidad, una manera de remediar lo poco que les importaba. Tampoco me afectaba en esos momentos. Arrugué la nota y la tiré a una papelera que tenía cerca. Volví a mirar el reloj. Las cinco. En seguida llegaría Juliette. Me humedecí los labios, resecos por el frío. ¿Qué habría planeado aquella loca? ¿Qué esperaba que hiciese?
Marzo en los almendros

Cinco o diez minutos después de pensar en qué íbamos a hacer aquella tarde, vi aparecer al principio de la calle un coche rojo, el de Juliette. Esta vez no iba nadie más en él.

Vergüenza, humillación, y una sonrisa. 13.1


Los siguientes días los pasé como solía pasarlos antes de conocer a Juliette. Iba de casa a la universidad, de la universidad a casa, y en medio, la biblioteca era mi segundo hogar. Las palabras me parecían estúpidas, y cuando no tomaba apuntes, me permitía una regresión al pasado, a mi portal, a sus labios. Era mi refugio cuando me aburría, cuando me sentía cansada. Mis padres salían y entraban de casa sin que yo me percatase. Seguía viviendo casi sola. Era la vida de antaño, la vida de soledad que tanto me había gustado y que ahora comenzaba a parecerme vacía de sentido, de vida. El ambiente que me rodeaba era frío, y comenzó a parecerme una obsesión casi insana el recuerdo del beso. El primer beso. MI primer beso. Marzo en los almendros

Traté de eludir a Juliette y todo lo que hiciese referencia a ella. No quería descentrarme, perderme como persona. No quería pensar en Marcos. No quería pensar en nada. Y aun así, me era imposible obviarlo. ¿Por qué? ¿Por qué? En qué momento había elegido el cambio. En qué lugar había decidido escoger la desviación a mi camino principal. Un corto sendero, unos pocos pasos, y al mirar atrás no era capaz de encontrar el sendero en sentido inverso de vuelta a mi vida. Sin embargo, seguía siendo quien era, seguía mostrándome al mundo como hace poco tiempo, nadie veía el cambio, porque nadie me veía. Sin embargo, podía notar en el rincón de mi corazón, bajo la válvula tricúspide, un pequeño color negro teñirme una pequeña porción del tejido cardíaco.

Duré tan solo tres días escapando de la pelirroja, de sus garras, sus miradas, sus palabras. Cuando ella venía hacia mí, yo conseguía escapar. Cuando me gritaba, yo desaparecía tras una puerta, por otro pasillo, huía, sin embargo, ese día no pude escapar, no tuve opción a enfrentarme al cambio, a sus ojos, al beso, no tuve opción de enfrentarme a la vida, a Juliette.

Eran las dos de la tarde y acababa de salir de clase. Cogí la misma ruta de siempre para llegar al coche sin que Juliette me encontrase. Al paso me salió de un aula aquella pelirroja, con su pelo suelto, su sonrisa desenvuelta, sola. Enrojecí. Ella olió mi vergüenza, sabía que pasaba por ahí, me había estado esperando. Le sonreí cordial. Me devolvió la sonrisa, no parecía que fuese a dejarme pasar impune. Estaba de pie, quieta, y yo también me paré.
-Hombre! Alma!
-Hola Juliette – la miré a los ojos, me daba vergüenza que me leyese el alma, que leyese que me había besado con su amigo, que me había gustado. ¿Por qué? No lo sabía, pero no podía evitar sentir desasosiego.
-¿Qué tal estás? – se acercó a mí.
-Bien…- caminé hacia atrás, tanta distancia como pasos recorrió Juliette. - ¿Y tú?
-Oh, yo bien. Aunque algo preocupada porque una conocida mía no hace más que eludirme y esas cosas – me costó aguantarle la mirada mientras clavaba su pupila en mi pupila, pero conseguí mantener el reto. - ¿Por qué me huyes?
-¿yo?
-Sí. Y no me digas que no lo haces.
-Yo…
-Tú, tú, tú. – se sonrió y de nuevo avanzó hacia mí. Esta vez me mantuve inmóvil – No te preocupes, se que Marcos te besó, y que tú le respondiste. – palidecí, lo supe porque el corazón dejó de bombear sangre hasta mi cabeza. Incluso me mareé. Ella también lo supo, supo que era cierto lo que acababa de inventarse, supo que me avergonzaba de que lo supiese, y supo que me estaba quedando sin aire. – Pero no te preocupes, no voy a decírselo a nadie – Me guiñó un ojo, haciéndome sentir como una niña, una inmadura, una estúpida. La miré con falso agradecimiento. Que ella lo supiese ya era para mí todo el bochorno que podía soportar. Me sentía avergonzada por mí misma. Incluso podría decirse que decepcionada. Lo que no podría decirse, por que lo negaría siempre, era que me gustaba esa sensación de haber infringido las reglas, de haberme dejado llevar mínimamente por mis impulsos, por lo que de veras quería.
-¿Te importa?
-¿A mí? Qué va. No estoy saliendo con él – pero sus ojos no parecían decir lo mismo. Había resquemor, había envidia, dolor, tristeza, en aquellas pupilas que se escondían en su propia oscuridad para no encontrarlas reveladoras. Por una vez, decidí fingir que creía a su voz, a lo que ella quería que yo creyese. Le sonreí inocente, y su expresión cambió rápida a una sonrisa sencilla - ¿Te apetece salir a dar una vuelta esta tarde? - Me sentía animada tras esta pequeña charla, incluso me apetecía salir con ella.
-Claro, por qué no. – Hasta Juliette se sorprendió de mi respuesta tan contundente. No había dudado al contestar y eso quizá la confundió. Tardó un par de segundos en contestar, y sin embargo, parecía tan natural que llegué a olvidar ese silencio de sorpresa.
-¿Paso a por ti esta tarde?
-Vale. ¿Dónde vamos a ir?
-Será sorpresa. Tenías cámara de fotos, no?– esta vez fui yo la que me quedé estupefacta. No recordaba aquella cámara que había dejado abandonada en un cajón, ni tampoco recordaba que la primera vez que había visto a Juliette había sido en aquella salida a callejear en una neura radical que me había surgido de la nada. Asentí – Cógela, por si acaso. Yo cogeré mi cámara también.
-Vale. ¿Pasas a las cinco?
-Por ejemplo. Ponte guapa, ¿vale?
-Vale – giró sobre sus talones y echó a andar en sentido contrario al que yo debía seguir para llegar al coche. Estaba bastante aturdida. Había pasado de evitar a toda costa a Juliette a haber quedado con ella para esta tarde, sin saber exactamente qué iba hacer.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Una huida hacia delante. 12.2

- ¿Has entendido lo que te he dicho? ¿Aunque no lo hayas sentido? – me dolió aquella última pregunta. Era como si no fuera humana, como si fuese incapaz de sentir. Aquel pinchazo fue la respuesta a la pregunta.
- – contesté sin explayarme.
-Aunque no crea en la monogamia, quiero a Juliette. Es abierta, es divertida, desinhibida. Es quizá por ello por lo que debí saber que no debía encapricharme con ella – no supe exactamente qué era lo que sentí con aquellas palabras. Después de mucho tiempo, echo la mirada atrás y se que era envidia lo que hervía por mis venas aquella sangre que parecía ser fría a ojos del mundo. - ¿Sabes qué?
-Dime
– tenía la mirada fija al suelo, las manos en los bolsillos, y caminaba solo por inercia. Recuerdo que pensaba en la soledad y el amor, en cómo estaba tan cerca de una como lejos de la otra, y notaba despertar esa parte más humana que había dejado apartada a cambio de ser el orgullo de mis padres. Estaba volviendo a nacer en aquel momento, y supuse que, como si fuese un parto verdadero, tardaría en madurar aquel feto emocional que parecía salir de mí.
-Creo que no eres tan fría como aparentas. Que tienes mucho amor dentro, contenido. – me paré en seco. Él se paró, se puso frente a mí, cara a cara – creo que me gustas – me sonrió y me puso una mano en la mejilla. Se fue acercando, mirándome a los ojos, lento, muy lento, como si no quisiese asustar a la presa que iba a cazar. Mi única respuesta fue quitar su mano de mi rostro y soltarlo con fuerza hacia el vacío, me eché hacia atrás.
- ¿Cómo eres capaz de decirme eso después de haberme contado que quieres a Juliette?
-También te he dicho que no creo en la monogamia.
-Ya, pero yo sí.
-¿En serio?
-Quizá. Pero eso no evita que me sienta como un segundo plato. Además de conocernos de un día.
-Por eso mismo, porque nos conocemos de un día, no te pido amor eterno. Solo te digo que CREO que me gustas
– fue ese verbo, esa duda que ofrecía, la que creó confusión en mi interior hasta el punto de relajarme, porque no sabía qué sentir.

La conversación la zanjé ahí, y retomé la marcha hacia mi casa, acelerando el paso. Marcos iba detrás de mí, implorándome de vez en cuando que parase, que no habíamos terminado. Yo no lo creí así, e ignoré sus peticiones.

Saqué las llaves de mi bolsillo unos segundos antes de llegar a mi portal con la intención de abrir rápidamente y entrar antes de que Marcos tuviese tiempo de alcanzarme, frenarme, hablarme con su voz de bohemio seductor. Pero él también se percató, y antes de entrar al portal él ya me había alcanzado.
Me giré de golpe con la intención de gritarle, y me encontré de frente con su pecho. Sus brazos, a ambos lados de mi cuerpo no hacían más que arrinconarme, y su cuerpo me instaba a que anduviese hacia atrás hasta que mi espalda se topó con la puerta. Tragué saliva, y en aquel momento me pareció obscenamente sonoro.
-No se qué es de ti. Tu rectitud. Tu decoro. Tu orgullo. Tu razón. Ese corazón que oigo palpitar aunque quieras esconderlo… No se qué es, pero me gusta.
-No haces más que decir tonterías.
-Es posible. Pero son ciertas.
– volví a tragar saliva. Parecía que mi garganta se había propuesto llevar a cabo unos cuantos recitales en vez de silenciarse – Déjame conocerte. Déjame que me olvide del mundo, de Juliette. Déjate hacerme olvidar. – me temblaba el labio inferior. Lo supe porque Marcos lo frenó con su dedo. Suave, cálido. Sabía que me miraba la boca por que yo miraba sus ojos, me perdía en ellos, como me perdía en sus palabras, como me perdía en su olor que, de la proximidad de nuestros cuerpos, me envolvía sin compasión y me hacía no querer parar de respirar.
-Marcos, yo no soy así…
-No sabes que lo eres.
-Llevo muchos años viviendo conmigo.
-Eso no era vivir. Déjame que te enseñe la vida.
-Marcos, no…
- bajó una mano a mi cintura, lentamente, casi no me di cuenta hasta que se posó en mi ropa, hasta que el calor que desprendía penetró aquella tela fina y chocó con el invierno que había en mi piel. Aguanté la respiración. Se acercó a mí. Pretendí echarme hacia atrás, pero no pude, aunque en el fondo, tampoco quise, la puerta me frenaba. Puse una mano en su pecho, un límite que eliminó al quitar su mano de mi rostro y ponerla sobre la mía. La condujo hasta su hombro, después fue ella sola, como si se supiese el camino de memoria, como si supiese lo que había que hacer, lo que iba a venir ahora. Le habría rogado que me dijese al oído todo lo que sabía, porque yo vivía desconocida.
-Un beso.
-Marcos…
-Solo uno.
-Marcos yo no…
-No me importa.
– Se acercó lentamente. Sus ojos iban de su boca a los míos, se paseaban, se entretenían con mi nariz, y volvían a moverse. Los míos se fueron cerrando, mi cerebro no quería ver lo que pasaba, no hacía más que decirme que escapase, que le pegase, que huyese de ese mundo, de esa compañía, pero sin saberlo acababa de descubrir que aquella barrera que la cabeza imponía sobre el corazón era fácilmente rompible, y que con el mismo uso de la cabeza podía derrotarla. La fuerza de voluntad se me escapaba a montones por la nariz, con cada respiración. Mientras mis párpados caídos se negaban a mostrarme la imagen que a cámara lenta se sucedía en el exterior de mi cuerpo, mi boca no paraba de repetir las mismas palabras, una y otra vez, bajo las órdenes de un cerebro roto por la desobediencia de un cuerpo que solo anhelaba actuar acorde a lo que quería, no a lo que debía querer.
-Marcos… No,… por favor… Marcos… - ni siquiera sentía lo que decía, no lo sabía, porque una pequeña batalla se libraba en mi interior, y esas palabras no eran más que el coro del bando vencido que pretendía herir hasta el último momento, hasta que tuviese que retirarse a favor del vencedor. ¿Quién era el vencedor? ¿Por qué no lo había conocido? El vencedor era aquella parte de mí, oculta, un pequeño resquicio de sentimiento que había permanecido ahogado en las entrañas de un corazón amurallado, frío, congelado. El vencedor era el deseo, la libertad, era romper con lo que hasta ahora era mi vida. Y aunque fue solo una pequeña parte, un centímetro de anhelo el que asomó por mi alma, fue capaz de romper las defensas de una vida dedicada a la huida de lo humano, de lo que debilitaba. El vencedor era aquel elemento oculto. Era sed, era hambre. Me entregué al pequeño resquicio del vencedor.
Y me besó.
En los labios.
Besó los labios.
Se separó.
Abrí los ojos. Su nariz junto a la mía. Sus ojos abiertos también. Mirándome. Estaba aturdida, descolocada, quizá asustada. Imaginé a Blancanieves, imaginé a la Bella Durmiente. Imaginé a Julieta rota en los brazos de Romeo, y al revés.
-¿Tienes miedo?
-¿De qué?
-Del beso.
-No.
- mentí
-¿Puedo repetir?
-No.
–mentí.
-Quieres que me vaya.
-Por favor
– mentí.
-¿Puedo volver a verte?
-No
– mentí.
-No te librarás de mí.
-Ojalá
– mentí.
Se separó de mí y sonrió. Fue rápido al intentar volver a besarme, pero más rápida fui yo al girar la cabeza hacia un lado. De nuevo los muros se habían reestablecido, pero la grieta estaba hecha, y me dolió todo el cuerpo cuando sus labios solo rozaron mi mejilla. Lo controlé.

Esperé frente a la puerta a que se marchase. Recé por que dedicase una última mirada hacia atrás, pero no lo hizo, nunca. Se fue, caminando, con los brazos dejados caer, muertos, cansados. Iba envuelto en una manta de victoria, y aunque no lo pude ver, sabía que en su rostro una enorme sonrisa decoraba aquellos ojos en los que me podría perder mil vidas.

Cuando desapareció, entré en casa, y lo primero que hice fue mirarme en el espejo, sabía que mis padres estaban en casa. Mi boca parecía brillar, rojo fosforescente, y mi nariz daba la impresión de medir kilómetros por mentir. Me acaricié los labios, todavía tenían su calor, brillaban por el roce. ¿Por qué pasaba? Sonreí sin más y entré del todo en la casa.

-¿Dónde has estado? – preguntó mi padre. Nada sobre mis labios, nada sobre mi nariz. Nada sobre el monstruo desatado en mi interior. Para él todo seguía igual.
-Me agobié y salí a dar una vuelta – contesté. Ni rastro del vencedor, todo muro, todo frío, ladrillos, cemento, soledad.
-Ah. Si quieres comer algo hay sobras en la nevera – se giró, dejó de mirarme.
-No tengo hambre – silencio - ¿Y mamá?
-Tenía que trabajar hasta tarde, no creo que la veas llegar
- ¿Por qué era tan frío? ¿Por qué era tan distante? Yo tenía recuerdos suyos riendo, recuerdos felices. ¿Por qué era una estatua? ¿Por qué su interior era gélido? Era una estatua de hielo.

Me fui a mi cuarto, cerré la puerta por primera vez en mucho tiempo. Tumbada en la cama, con un dedo en los labios, tal como Marcos había hecho, me quedé dormida. Ni siquiera recuerdo si soñé, pero si lo hice, posiblemente fue con aquel beso.

Una huída hacia delante. 12.1

Pasamos todos un buen rato en silencio. Aquello era un vacío incómodo, pero inevitable. Solo el ruido del motor y el aire pasando fugaz entre nosotros rompían aquel ambiente hostil amenizándolo con su rugido suave en nuestros oídos. Más de una vez intenté conversar con Juliette, o con Marcos, pero las miradas, el silencio, nos echaba hacia atrás, nos retraían y cohibían. Nosotros mismos nos partíamos en silencio en reproches oculares.
-Alma, te importa si en vez de dejarte en tu portal, te dejo un par de calles más allá? – Juliette rompió el silencio de una vez por todas. La miré sin saber qué decir – Estarás a cinco minutos de tu casa, no más.
-Ah, claro, claro, no importa – dije, con una pequeña sonrisa dibujándose en mis labios.
-Yo me bajo con ella – miré de golpe a Marcos, sorprendida. Él me miró – si no te importa.
-No, no me importa, tranquilo. – Juliette nos miró preocupada a través del retrovisor. Buscó contacto visual con Marcos, pero él no se lo otorgó Como si la castigase, como si quisiese hacerla pagar por aquel beso que habíamos visto en la playa. ¿No era él tan abierto? Si la amaba ¿por qué no se lo había dicho y se evitaba aquel sufrimiento? Quizá si Juliette supiese lo que él sentía por ella, trataría de moderarse cuando estuviese con él, o quizá terminasen juntos, como un precioso cuento de hadas en el que el príncipe y la princesa comen perdices… Cuando lo pensé, un pinchazo de envidia me oprimió el estómago. Lo dejé salir con un suspiro, y una débil sonrisa para fingir que no pensaba en cosas importantes. El ambiente volvió a cerrarse en una burbuja asfixiante que nos cerraba el paso de oxígeno haciéndonos jadear por dentro mientras por fuera, nuestros poros exudaban la necesidad de salir corriendo de allí.

Tardamos más de lo que yo habría querido en llegar al destino propuesto. Me bajé del coche y un segundo después Marcos también se bajó. Me quedé mirando a Juliette con intención de despedirme, pero las palabras se aglutinaron en mi boca de manera desordenada, sin conseguir salir. Me encogí de hombros y me di la vuelta para comenzar a andar. Ni siquiera esperé a que ella dijese algo, o a que se fuesen. Noté su mirada en mi espalda, como si Juliette sí que esperase algo de mí más allá que el irme, pero preferí no hacerle caso. Por fin escuché al dar cuatro pasos el ruido de unas ruedas acelerando sin compasión sobre el asfalto, queriendo dejar atrás la incomodidad, el desasosiego. Marcos se puso a mi lado al caminar, y como Juliette, no dijo nada. Parecía esperar a que yo dijese algo. No parecía saber que era bastante negada en las relaciones interpersonales. Aun así, me esforcé, notaba la incomodidad, me molestaba, no la quería cerca de mí.
-¿No te pilla esto muy lejos de casa? – fue la única pregunta coherente que me salió de la cabeza, y ni siquiera me molesté en mirarlo cuando pronuncié cada sílaba. Mantuve la mirada al frente, la cabeza bien alta. Por el contrario, noté su mirada en mi sien, perforándome la cabeza, intentando leer lo que pasa por mis neuronas.
-No me importa caminar – contestó de manera que no daba más pie a una conversación que podría haber nacido. Sentí la frustración de aquel intento muy cerca, y una vez más el silencio se apoderó de aquella atmósfera, envenenándola lentamente de pensamientos que divergían. – Te explicaría lo que siento en estos momentos, Alma. Te haría partícipe de mi rabia, de mi miedo, de mis ansias, de mis necesidades, de verdad que lo haría, pero para eso necesitaría que alguna vez en tu vida te hubieses enamorado, mínimamente. Y tú misma has dicho que no lo has hecho. Si no partimos de esa base, no puedo explicarte nada, de verdad. Puedo intentarlo, pero no lo entenderías – fue como si un dispositivo se encendiese en su cabeza, como si algo le dijese que estaba mal lo que había dicho, que por algún extraño motivo yo me merecía una explicación, aunque no la hubiese pedido.
- Hazlo, no te prometo nada, pero te sorprenderías de mi capacidad de comprensión.- me miró escéptico, yo le miré segura y firme. Quizá fue eso lo que le convenció para hablar.

Posiblemente me omitiese detalles, se olvidasen momentos y las palabras en algún momento fuesen equivocadas, pero cuando comenzó a hablarme sobre el amor aminoré el paso de modo que pude retrasar la llegada a mi casa todo lo que los sentimientos de un hombre explicados como si fuesen poemas pudiesen durar en se contados. Me empezó a hablar de las mariposas en el estómago, como nauseas que gustan a la vez que molestan, la chispa de inocencia en las pupilas de los enamorados que se regalan con solo establece contacto visual, las sonrisas tontas que se te escapan cuando viajas en autobús y vas mirando por la ventanilla, los acelerones que sufren las pulsaciones del corazón cuando las pieles se rozan, cuando las palabras se entrecruzan, cuando lo pierdes de vista. Me contó que vivía enamorado de la vida, que amaba a Juliette casi tanto como a la vida, pero comprendía que la monogamia era un sacrificio por el que él mismo no pensaba pasar. Me contó que en su corazón cabían muchos amores tan intensos como el de Juliette. Me contó que los besos son sellos de amor, y que cada beso para él era una palabra, una frase no dicha, que se pasaba de boca en boca en secreto, sin que el mundo se entere, pasando a ser solo de los dos confidentes que han decidido compartirla. Confieso que poco a poco me enamoré de aquella historia del amor, de aquel sentimiento que era tan nuevo como compartir momentos con un hombre que no le importaba mostrarse débil.

lunes, 8 de agosto de 2011

De tu boca a la mía. 11.2

-Mira, ya estás sintiendo algo. Rabia.
-¿Eso es lo que piensas decirme?
-¿Quieres que me disculpe?
-Pues sí. Eso no era una pregunta educada y exijo una disculpa.
-Perdóneme usted, pensaba que debido a su inmensa madurez mental sería capaz de tratar el tema con una madurez adecuada y no se exaltaría ante preguntas referentes a un acto natural de reproducción que responde a nuestros impulsos
– la mire confundida ante aquella muestra de dominio de la lengua de una manera improvisada, como si me sorprendiese que fuese capaz de formular una frase con tono y vocabulario culto más allá del empleado de normal. Y me dejó sin palabras, anonadada, ojiplática. - ¿Te sorprendes de mi léxico? ¿De mi capacidad verbal? ¿De mi labia? – me guiñó un ojo. Tenía razón.
-Está bien, pero que lo preguntes así me parece una falta de respeto muy grande.
-¿Y cómo lo pregunto? ¿Has realizado alguna vez el coito?
– me reí, no pude evitarlo, y con aquella risa salió por mi boca adherido al aire toda la tensión acumulada en un solo instante sin un motivo realmente sostenible más que la indignación momentánea por su manera de expresarse.
-Aun así, no entiendo por qué me lo preguntas.
-Simple curiosidad. Es por comprobar una cosa.
-¿El qué?
-Yo he preguntado antes.
-Vale, pues no, no me he acostado nunca con nadie.
-Lo sabía.
-¿Qué sabías? ¿qué querías comprobar? –
le grité mientras echaba a correr por la orilla del mar, persiguiéndolo mientras se reía. – Eeeeeeeeh! Espera! que yo no corro tanto! – y cambió de dirección, echando a correr hacia mí, y en consecuencia, yo también me giré. Huía. Escuchaba sus pisadas. Sus zancadas. Gritaba. Corría. Más, más, más. Una mano. Presión hacia atrás. Me tuvo cogida en menos de lo que yo esperaba. Me elevó con solo un brazo, y después con el otro. Los dos a la vez. Y grité. Admito que también me reí. – Para, para! – me bajó al suelo después de dar vueltas y correr cargando conmigo, mientras yo parecía volar sujetada por su fuerza. Me abrazó, y yo sin saber por qué, le abracé. Acercó su boca a mi oído.
-Me perdonas, entonces?
-Claro.
-Gracias
– se calló y me dio el último apretujón, que servía de punto y final a aquel abrazo, aunque algo en mí me pedía que no separase su cuerpo del mío, y que siguiese hablándome al oído. Me había gustado que se me erizase el vello del cuello por sus palabras aterciopeladas que, aunque escasas, habían conseguido provocarme algo que no entendía, más allá de las reacciones químicas que me sabía de memoria. Y se separó. Mi piel lo llamó a gritos. – Venga, vayamos rápido que a este paso no llegamos nunca al chiringuito.
-¿Sabes qué? Da igual el agua. Me aguantaré, volvamos.
-Pero si estamos a mitad de camino…
-Da igual, no quiero agua.
– me miró a los ojos alzando una ceja – de verdad, no importa.
-Está bien –
dijo algo confuso. Y echó a caminar en dirección al origen, a mi lado. De nuevo se hizo el silencio entre ambos por un corto lapso de tiempo hasta que Marcus no pudo soportar más el caminar con el simple sonido del agua azotándonos las piernas, hecho que en cierto modo le agradecí, aunque el sonido del mar fuese gratificante. – Creo que has dicho lo del agua solo para separarme de Juliette y Andreu y así poder violarme. Lo que no me cuadra es que todavía no me hayas violado – le miré con cara de misterio.
-La gracia está en cogerte por sorpresa – dije encogiéndome de hombros, volviendo a mirar al frente mientras me dibujaba una media sonrisa en el perfil que estaba oculto a su visión. Y aceleré el paso para poder reírme en silencio a gusto. Él decidió acelerar también, y me vio reir, aunque me pusiese seria en cuanto me percaté de su presencia a mi lado de nuevo.
-¡Já! Te has reído.
-No es cierto.
-Sí que lo es.
-¡No!
– y eché a correr. Esta vez, Marcos me dejó ventaja, tanta ventaja que no llegó a cogerme en toda la carrera hasta nuestro pequeño picnic. – No me mires el culo! – le grité un par de veces, a lo que él solo se reía. No se si significaba que me lo seguiría mirando o que no lo miraba en ningún momento, pero no me importó. Yo solo seguí corriendo hasta que estuve cerca del lugar de origen.
Me paré en seco cuando distinguí a Juliette y a Andreu. Se besaban. Sentados uno junto al otro. Sus manos en sus pelos y caderas. Sin importarles nada más. Era precioso. Y me sonreí, tapándome la boca. Sin embargo, cuando Marcos llegó a mi lado, no quedó igual de maravillado que yo por el ambiente tan íntimo y especial de la escena. Es más, parecía molestarle, pues cuando dirigí mi mirada hacia su rostro buscando la complicidad de quienes han comprendido minimamente el significado de una obra de arte abstracta, su mandíbula estaba apretada, en tensión. Carraspeó. Los amantes se separaron. Yo seguí con mi sonrisa. Me miraron primero a mí, algo avergonzados. No miraron a Marcos. No entendí la situación.
-Habéis tardado mucho. – La voz de Juliette era casi la de una disculpa.
-No parece que os haya importado – inquirió agresivo Marcos. Se hizo el silencio, y nadie más volvió a mencionar el tema. Pasamos media hora más sentados. Juliette y Andreu miraban a todas partes menos a cualquiera de nuestros rostros, y Marcos intentaba hablarme de manera normal, y por no contradecirle, aceptaba los vasos de cerveza que me iba tendiendo, hasta que a la de tres no pude más y lo rechacé. Entonces, se calló, haciendo que el ambiente se volviese casi insoportable. Era un silencio pesado, de castigo, que aunque no pretendía incluirme, me veía afectada como daño colateral, entre aquel regusto amargo que ahora me hacía tener ganas de reír, y el silencio y tristeza de no poder hacerlo acompañada, o quizá de no poder hacerlo por el simple hecho de que no era el momento ni el lugar indicado, aunque mi razón fuese incapaz de explicarme por qué no lo eran.
-Creo que es hora de irnos.
- Crees bien.

Y en efecto, en escasos minutos todos los objetos estaban ya en el maletero. El viaje se hizo en silencio, aunque pude advertir por el retrovisor cómo los amantes se intercambiaban miradas que poco decían de puro amor, y palabras mudas de diversión. Por el contrario, cuando miraba a Marcos para intentar mantener una conversación, no encontraba más que su espalda en mi dirección, y un aura de resentimiento hacia el mundo en la cual no me atrevía a adentrarme.
Fue un viaje aburrido, copado por la música alternativa de una radio que no conocía, pero que amenizaba aquel ambiente enrarecido. Miré el paisaje y me puse a recordar el día. Después de todo, quizá en Marcos hubiese algún Romeo, aunque no parecía estar hecho para esta Julieta. Sobre todo porque sus ojos, por lo que pude ver, pertenecían a una Julieta más francesa. A Juliette. Me resigné, había vivido perfectamente estos años, y no necesitaba a nadie más para seguir viviendo. ¿O no? No sabía diferenciar la coraza de la realidad, y me preocupaba.

De tu boca a la mía. 11.1

El resto del viaje lo pasé pensando mientras los tres amigos charlaban agitadamente, gritaban, reían. De vez en cuando notaba las miradas de Marcos o Juliette posarse en mi nuca mientras yo me dedicaba a reflexionar sobre mis sentimientos mientras veía el paisaje desaparecer a toda velocidad. Nadie se atrevía a romper mi estado de reflexión, y los entendía. Yo tampoco me atrevía a rompérmelo.
A la que me di cuenta el coche frenó, y tomé consciencia del cambio de aire. Ahora era húmedo, más fresco, y había un ruido ambiente que era muy diferente a la melodía de la ciudad. Estábamos en la playa.
Bajaron del coche Juliette y Andreu para dejarnos paso a Marcus y a mí. Me arreglé la ropa nada más ponerme de pie, alisándola con mis manos y suspirando. Volví a peinarme con la mano, haciéndome una coleta, y ayudé a descargar del maletero lo que fuera que estaban sacando de él para llevarlo a la arena.
En cuanto me di cuenta estábamos sentados sobre un trozo de tela, lo suficientemente ancho como para caber los cuatro, unos paquetes de comida y tres botellas de cerveza, pero lo suficientemente pequeño como para tener que estar en contacto constante con alguna parte del cuerpo si no queríamos salirnos de la tela, como era mi caso. Me senté entre Juliette y Marcos, con Andreu en frente. Formábamos un círculo en conjunto.
Sacaron cuatro vasos y sirvieron cerveza en ellos. Miré incómoda a Juliette, que parecía ignorarme por completo mientras hablaba de nuevo con Andreu. La observé unos instantes, y me di cuenta de cómo jugueteaba con su pelo cuando hablaba, cómo reía sin más las gracias de aquel chico con el que a penas había mantenido conversación. Suspiré y se me pusieron los ojos en blanco. Hoy no iba a contar con Juliette para nada. Quizá me habría usado para entretener a Marcus mientras ella atacaba a Andreu. Lo miré, y vi como él también los observaba con cierta envidia en el rostro. Me dio pena, yo no iba a coquetear con él. Y acto seguido me miró y sonrió. Cogió dos vasos y me tendió uno.
-No, no. No me gusta.
-¿La has probado?
-No pero…
-¿Entonces?
– me ponía a prueba constantemente - ¿Cómo vas a ser una científica bien hecha si no te atreves a probar las cosas antes de emitir un juicio? – conseguía pillarme sin defensas en seguida. Accedí en silencio, sin desviar mis ojos de los suyos y extendí mi mano hasta alcanzar el vaso. Rocé sus dedos. Me sonrió. – Prueba, y si no te gusta, podemos acercarnos en un momento a algún bar a comprarte agua o lo que prefieras.
-Está bien
– y bebí. No sabría decir qué es lo que me pareció, porque era la primera vez que bebía algo así. Lo que sí que puedo decir es que más allá del sabor amargo que dejó en mi boca y que no era mucho de mi agrado, noté cierto deseo de más cerveza naciendo dentro de mí. Como un demonio al que no se le ha alimentado desde hace mucho tiempo y ahora acaba de oler su comida. Negué, y puse la mejor cara de asco fingida que sabía. Cogió el vaso y me miró, sin creerse en absoluto mi expresión.
- ¿No te lo vas a terminar si quiera? – dijo mientras miraba el vaso medio vacío que le había devuelto. La tentación me superaba. Y le sonreí.
-¿Si me lo termino me acompañas a comprar agua?
-Por supuesto
– y me volvió a tender el vaso. Sin apartar la mirada de su rostro me terminé el vaso de un trago, ahorrándome muecas de asco.
-Vamos a por el agua- Marcos estaba asombrado, pero aun así supo hacer caso a mi petición en un relativamente corto lapso de tiempo. Cuando nos levantamos, Juliette y Andreu nos miraron confundidos, y a ella pude notarle cierto brillo de astucia en aquella mirada, un interrogante hacia algo que no había prestado mucha atención.
-¿Dónde vais? – preguntó con una voz que parecía insinuar algo que no entendí.
-A por agua, que a Alma no le gusta la cerveza. – Juliette levantó ambas cejas y me miró.
-Perdón Alma! no contaba con… tus gustos. – negué con la cabeza, como diciendo *no importa, todo está bien*, aunque aquella pausa me había mosqueado ligeramente - ¿Queréis que os acompañemos o…?
-No, quedaos para cuidar las cosas, ya sabemos ir solos. ¿Conocéis algún bar por aquí cerca o algo?
-Sí, a dos o tres minutos andando a paso ligero por la orilla del mar tenéis el bar más cercano. Es un chiringuito pero seguro que os venden alguna botella grande de agua.
-Bueno, ya llegaremos, que no tenemos prisa, ¿no?
– me miró. Negué. No se si me apetecía pasar mucho tiempo a solas con Marcos, sin la protección de Juliette si conseguía sacarme de mis casillas, o me preguntaba algo incómodo. Claro que hasta ahora, ella había estado ausente, ignorándome, así que si había podido sobrevivir este tiempo, podría continuar. Miré el reloj, ya no sabía ni qué hora era… Quizá en breves debiese volver a casa, claro que hoy era jornada intensiva para mis padres, y la oscuridad y fría soledad de mi casa se me antojaba en esos mismos instantes poco apetecible en comparación con lo que estaba viviendo.
Arrancamos a andar al mismo tiempo en la dirección que Juliette nos había indicado. Las olas mojaban nuestros pies, jugueteaban entre ellos y de vez en cuando reptaban por nuestras piernas hasta llegar a nuestras rodillas o algo más. Me arremangué los bajos de los pantalones antes de acercarnos a la orilla, hasta la mitad de la pierna. Aun así no pude evitar que alguna ola caprichosa llegase hasta ellos y los mojase con alguna gota, era un riesgo que había elegido correr.
-¿De verdad no te ha gustado la cerveza?
-No es que no me haya gustado…
-¿Entonces?
-Es que prefiero el agua.
-Está bien… Antes de irnos, ¿Brindarás conmigo?
-Tú que eres tan metafísico, y vas y le quitas la magia a la sorpresa…
-Está bien, dejo de hablar de esto, volvamos a las preguntas.
-No, no, que si quieres puedes seguir dándole vueltas a la cerveza…
-¿Te has enamorado?
-No
– contesté sin dar rodeos, sabía que podía alargarse más de la cuenta. Fui directa, aunque a él no parecía afectarle en absoluto mi tono agresivo.
-¿Y te han besado? ¿O has follado?
-¡¡Marcos!!
– me contuve de pegarle un golpe en la mejilla, pero notaba la rabia y la vergüenza comenzar a hervir en mis mejillas, haciendo que mi rostro cambiase de color hacia un rojo carmesí que delataba lo que se sucedía en mi interior. - ¿Cómo te atreves a preguntarme eso!? – paré en seco de caminar y apreté los puños, tratando de matarlo con la mirada.
Él mismo se sorprendió de mi reacción, quizá no tanto como yo, y también se paró en seco, frente a mí, mirándome fijamente sin saber exactamente qué hacer. Tenía la mirada confusa, y se rascó la cabeza. Después de ese momento de confusión se sonrió, haciendo que me exasperase.

sábado, 6 de agosto de 2011

Una sonrisa, una palabra, y un cigarro. 10.2

-No se puede comparar la inteligencia, visible, mesurable, calificable, con una invención humana.
-Dicen que la inteligencia es solo humana también.
-No es cierto, los delfines y monos también poseen inteligencia.
-Pero seguro que es mucho más inferior que la del ser humano.
-En efecto.
-Por lo que la inteligencia del ser humano sería un Dios, y la de estos dos animales, serían sus angelitos de la guardia.
– dibujó una sonrisa socarrona en su rostro, y se carcajeó sonoramente, haciendo que Andreu se girase para ver qué es lo que pasaba. Yo fruncí el ceño – Una mujer inteligente como tú, creyendo en Dioses. – suspiré intentando mantenerme impasible ante sus comentarios, pero cierto era que cada vez que abría aquel chico sus carnosos labios mi cerebro se ponía en alerta ante sus comentarios. Tenía un pensamiento tan abstracto, tan intangible, que suscitaba interés a mi perspectiva racional del mundo.
-Eres muy poeta
-Gracias. Tú eres muy racional.
-Gracias.
– me guiñó un ojo dibujando media sonrisa. Creí que no le había caído mal, y resultaba un alivio haber pasado aquella primera prueba. - ¿qué estudias? – me aventuré en un terreno más personal siguiendo un instinto social que pocas veces había tenido
-La vida.
-¿Y en la Universidad?
– ya había aprendido a contener a aquella bestia de lo inmaterial.
-Bellas artes.
-Como Juliette.
-Sí, voy a la misma clase que ella.
-¿En serio? No tienes 18 años ni de casualidad.
-No, llevo repitiendo… unos cuantos años.
– se sonrió. En aquel momento hubiese dado cualquier cosa por saber qué estaba pasando por la mente de aquel tipo, que quizá hasta tuviese más años que yo.
-Lo dices como si fuese para colgarse una medalla.
-Tampoco es para colgarse una medalla el pasar cada año de curso
– lo miré interrogante – Lo hace mucha gente, no es nada inusual. En cambio, lo mío es… diferente.
-Más bien, estúpido.
-No trates lo diferente como algo estúpido. Los diferentes abrimos puertas. Soy un valiente, un visionario. Amo lo que hago y lo repito cuanto puedo
– se encogió de hombros, como si aquellas palabras tuviesen que servirme de explicación a su vida académica. Claro que a mí realmente no me interesaba, o no debía interesarme. Desvié la mirada y apoyé mi cabeza en mi brazo, recostado sobre la ventanilla, para observar el paisaje pasar, difuminarse los verdes arbustos cercanos a la carretera.
Juliette seguía hablando con Andreu, el cual parecía disfrutar de la brisa agitando su pelo. Me giré hacia Marcus, dispuesta a darle una segunda oportunidad. Lo vi sacando dos cigarros. Y él vió que lo veía.
-¿Quieres? – me tendió el cigarro.
-No fumo.
-Tú te lo pierdes
- Se encogió de hombros y dejó su segundo cigarro sobre su oreja. Encendió el otro y le dio la primera calada, lentamente, como si disfrutase de aquella droga de olor molesto. - ¿Lo has probado alguna vez?
-¿Cómo?
-Que si has probado el tabaco.
-Ah, no. Para nada.
-¿Tienes amigos?
-¿A qué viene esa pregunta?
-Normalmente en un grupo de amigos siempre hay un pequeño porcentaje que fuma, aunque sea en ocasiones especiales. Y los de su alrededor, terminan probándolo en una noche loca, o tranquila, o yo que se.
-Pues sí que tengo amigos
. – mentí -Y ninguno fuma
-No me lo creo.
-Pues no lo hagas, a mí qué más me da.
-Vale, vale. Te creo.
– dijo con media sonrisa en la boca. Le gustaba discutir conmigo. - ¿Alguna vez te has enfadado de verdad?
-Muchas veces
– dije algo confusa. No entendía la pregunta.
-Pero, ¿de verdad? O simplemente te has puesto digna y has ignorado al otro.
-En eso consiste enfadarse en el mundo maduro.
– dije, permitiéndome cierto deje de superioridad repelente que incluso a mí terminó por sorprenderme.
-Oh.
-¿Qué?
-¿Nunca has sentido la rabia hervirte la sangre?
-Pues… no.
– me sentía orgullosa de mi respuesta, de mi autocontrol, en cambio, él, me miró con cierta pena.
-¿Alguna vez has sentido algo?
-Claro.
-El qué?
– me callé. ¿Qué había sentido? ¿Amor? No ¿Odio? No ¿Miedo? No. Había sentido indiferencia. ¿Eso se podía sentir?
-No se… ¿Qué consideras tú sentir?
-Sentir para mí es… hacer que se te acelere el corazón, que la sangre te hierva, que el cerebro se te colapse, bloquee, y solo consiga pensar en ello. Como con la rabia, la pasión, el amor, el miedo, la histeria, la valentía… Dime, has sentido todo eso alguna vez?
-No.
-Entonces, nunca has sentido de verdad
– y con esas palabras, con esa pequeña sonrisa de filósofo respondón que había dejado acabado a algún gran pensador, con aquel cigarro que iba y venía de sus labios, me dejó hundida, doliéndome el pecho. Empezaba a sentir algo, empezaba a sentir lástima.

Una sonrisa, una palabra, y un cigarro. 10.1

Eran las cinco de la tarde cuando decidí que era hora de comenzar a arreglarme. Me metí en la ducha sin cerrar la puerta del baño. Me parecía inútil, dado que, una vez más, mis padres estaban fuera de mi vista. Mientras el agua resbalaba impune por mi cuerpo sin condena, reflexioné sobre mí misma, sobre mi vida, sobre mis padres. Siempre tan sola, tan autosuficiente. Por muy fría que pudiese ser mi coraza, por dentro necesitaba una madre que viniese y me abrazase. Que me llamase por motes cariñosos, como me llamaba mi abuela, y se tumbase conmigo en la cama a mirar el techo sin necesidad de decirnos nada, tener una conexión auténtica, madre e hija. Echaba de menos tener una familia.
Salí de la ducha y me cepillé el pelo. Era tan largo que casi me llegaba a la cintura. Quizá era hora de cortármelo, pero no encontraba el momento. Lo sequé con secador, y aun así, se me quedó rizado. Más bien ondulado. Pensé en el mar, un mar revuelto pero accesible… Me gustaría ir a la playa.
Me lo recogí en una coleta, cuidando que cada mechón de pelo se colocase en el lugar correcto, fijándolo al resto. De mi armario, además de la ropa interior, cogí unos vaqueros y una camiseta a rayas rojas y blancas, de manga corta. Miré el reloj, quedaba media hora.
Me eché perfume, unas pocas gotas, y me volví a arreglar el pelo. Me puse un poco de colorete, a penas perceptible, ya que era una tonalidad muy similar a mi piel, y me comí una onza de chocolate. No me gustaba pintarme los labios, pero con el paso de los años había descubierto que cuando comía chocolate los labios se me enrojecían de manera natural, así que aproveché ese flujo de sangre.
Cuando quedaban cinco minutos para las siete bajé al portal y esperé a Juliette apoyada en la puerta. Comencé a divagar qué clase de amigos me presentaría. En estos momentos ya no me parecía tan horrendo pasar una tarde con aquella chica. Imaginé con timidez que gracias a ella quizá conocería a un Romeo perfecto para mí. Poco a poco fui construyendo castillos de aire en mi mente, incluso suspiré de amor ante aquella fantasía de cristal. En el fondo, era una romántica, una Julieta. Solo necesitaba conocer al príncipe, al Romeo indicado.
Por fin apareció a lo lejos el coche rojo de Juliette, y me erguí respirando hondo. Sin embargo, aquel mundo frágil se rompió instantáneamente cuando el automóvil estaba lo suficientemente cerca para ver a los que transportaba. Ninguno de los ocupantes respondía a mi idea de Romeo. Al menos en primera instancia. Me recordé que desde siempre me habían enseñado que no debía prejuzgar a nadie y aventuré a imaginar que quizá, más allá de aquel aspecto desaliñado del chico de atrás, que parecía que iba a ser mi acompañante en aquella tarde de, por lo visto, parejas, se encontraba un hombre capaz de enamorarme. Aunque me resultaba una opción francamente remota.
Frenaron justo en frente de mí, y el que viajaba de copiloto se levantó y echó el asiento hacia atrás para que yo entrase. Me sonrió cuando terminó el proceso y se acercó a mí, que permanecía impasible en el mismo lugar en el que había estado esperándolos.
-Hola, me llamo Andreu – y acercó su rostro para darme dos besos, quedándose en posición hasta que reaccioné, como si despertase sobresaltada de un sueño.
-Hola, yo soy Alma.
-Lo se.
– me sonrió y extendió el brazo en dirección al coche - ¿Subes?
-Claro.
– le devolví la sonrisa.
-Buenas, Alma! – exclamó Juliette. Miré al retrovisor hasta chocarme con sus ojos sonrientes, y trate de imitarla, tímida ante la presencia a mi lado de un chico que me observaba con detenimiento. Me daba la impresión de que me devoraría en cuestión de segundos.
-Hola, me llamo Marcos – su voz era grave, melódica, quizá algo rasposa, aunque aquello carecía de importancia. Lo miré directamente a los ojos, que eran tan verdes que habría jurado estar mirando directamente un mar de septiembre, tormentoso. Eran enigmáticos, hipnóticos, y sabían hablar. Aunque no entendía exactamente qué decían.
-Soy Alma.
-¿Eres o te llamas?
– el coche arrancó, y me puse el cinturón, delante, Juliette y Andreu charlaban tranquilamente, daba la sensación que el viaje iba a ser relativamente largo.
-¿Cómo?
-Eres Alma, o te llamas Alma.
-No entiendo la diferencia
– se sonrió.
-Ser un nombre, es identificarte por completo con él, y todo lo que conlleva. ¿Tú te identificas con tu nombre? – me quedé pensativa, asimilando lo que me había dicho.
-Todo eso es muy metafísico. Un nombre es un modo de identificación entre toda la masa de seres humanos, una marca para poder diferenciarnos unos de otros… aunque suelan repetirse estos.
-¿Y entonces…?
-¿Qué?
-¿Te identificas con tu nombre? ¿O solo es una manera de llamarte?
-Es una manera de llamarme.
-Entonces, no te presentes diciendo que eres Alma.
– lo miré alzando una ceja y se rió.
-Es muy abstracto para mí.
-Eso es porque no estás acostumbrada a tratar con cosas abstractas.
– comenzaba a sentirme algo irritada ante aquel tono de superioridad que se marcaba el chico moreno.
-Porque no me hace falta.
-A todos nos hace falta.
-Eso no es cierto.
-¿Alguna vez has rezado?
-Nunca.
-¿Creído en algún Dios?
-No.
-¿Y en la inteligencia?
-Claro.
-La inteligencia es el Dios de los sabios.

lunes, 27 de junio de 2011

Dos Romeos y una Julieta

-Ese mismo día, en otro lugar lejos de la habitación de Alma-

-Va, chicos, ¿qué más os da? – Dijo Juliette antes de meterse un par de patatas fritas en la boca. Frente a ella, Andreu y Marcos se miraban indecisos sin saber si acceder o no.
Juliette había aparecido a la hora de comer con la absurda idea de quedar al día siguiente los tres con Alma. Al principio, ninguno de los dos barones sospechaban que aquel nuevo nombre correspondía a aquella chica que se sentaba en primera fila en todas las clases a las que asistía Andreu y que jamás se dignaba a compartir más allá de las palabras necesarias con el resto de compañeros. Tampoco habían pensado que Alma era esa chica que siempre se sentaba en la mesa de enfrente de Marcos, sola, a comer una manzana mientras hundía su cabeza en un libro de bioquímica mientras dejaba que a los de alrededor les llegase un leve flujo a música clásica que hacía que a su alrededor se formase un espacio circular equivalente a la distancia a la cual llegaba esa música. Aunque tampoco parecía importarle.
-Juliette, no se yo… - dijo Andreu, tratando de recordar algún rasgo característico de aquella chica de la que hablaba su amiga. Algo que le llamase la atención, que hiciese que pudiese pensarse de manera seria el acceder a pasar una tarde con ella y los otros dos acompañantes. Lo único que le venía a la mente era su largo pelo rubio con detalles rojizos que pocas veces había tenido la oportunidad de ver suelto, ondeando trastornado al compás del viento. La imagen más viva de aquel pelo que podría ser hermoso si se le dejase libre, era recogido en un moño, marginado, obligado a permanecer estable en una estructura artificial. Pensando en el pelo de Alma, Andreu se preguntó si no sería una metáfora de la vida de aquella chica, si bajo aquel aspecto de chica buena, reprimida, se encontraba una fiera salvaje encarcelada y dispuesta a salir y comerse el mundo. Luego se preguntó qué hacía estudiando medicina con lo poeta que él era.
-Por lo que nos han contado, Juliette, no encajaremos muy bien – razonó Marcos. Aquel chico de 20 años, tez morena y ojos verdes llevaba dos años repitiendo primero de Bellas Artes en la universidad. Decía que amaba aquel curso, y que lo dejaría cuando estuviese preparado para dejarlo. El resto terminaban aquel razonamiento afirmando que sería cuando estuviese preparado para dejar de no hacer nada. Pero él era feliz en su estado constante de año sabático y por el momento no tenía pensado dejarlo. Este año se había encaprichado de Juliette. La veía como una musa para sus pinturas, y en efecto, cuando ella posaba para él, de su pincel salían auténticas obras de arte que reflejaban la lujuria y la pasión que emanaba la propia piel de la chica. Marcos era un bohemio, un enamorado de la vida, defensor del amor libre y de la necesidad de dejarse llevar por los instintos.
-Es por eso, Marcos, por lo diferentes que somos, por lo que estaría bien que quedásemos. – ambos volvieron a mirarla con desconfianza. – Vamos a ver, chicos. Es cierto que tú y yo – señaló a Marcos – nos parecemos bastante, pero yo con Andreu tengo poco en común. – Ambos dieron un bocado a sus hamburguesas.
-En eso tienes razón – concedió Andreu una vez había tragado – tú eres demasiado para mi cuadriculada cabeza.
-Cielo, tú eres un poeta que sueña con volar. Lo único que tienes cuadrados son los huev…
-Vale, lo he entendido Juliette
– dijo riéndose mientras intentaba meterle en la boca a Juliette un par de patatas fritas para callarla antes de escandalizar a los otros comensales de mesas vecinas con su comentario. – De todas maneras, sigo sin convencerme.
-No os tiene que convencer –
dijo Juliette mientras masticaba. Dio un trago a su cerveza – solo tenéis que venir una tarde a hacernos compañía, conocerla un poco… daros a conocer… igual hasta os gusta – dijo con cierto deje lascivo, haciéndole ojitos a Marcos, el cual parecía demasiado concentrado terminándose su hamburguesa. Él la miró y alzó una ceja.
-No empieces con tus intentos de emparejarme con alguien.
-Pero si es una chica encantadora.
-Mira, estoy seguro de que no tiene alas para volar, está demasiado en la tierra, y yo no quiero ahogarme. Y lo sabes.
-Conociéndola no pierdes nada
– insistió Juliette, dándole un último bocado a su hamburguesa. – Además, vosotros, con lo abiertos y modernos que sois, y arrastráis esos prejuicios hacia gente que no lleva el mismo estilo de vida que vosotros… No lo entiendo – se terminó su cerveza.
-¡Está bien! – exclamó Andreu. Marcos lo miró sorprendido – Iremos mañana con esa tal Alma, la conoceremos, sobreactuaremos, pasaremos una tarde aburridamente formal, y luego se acabó. Pero ahora, cállate, pesada.
-Marcos, tú te incluyes, ¿no?
-¿Que remedio me queda?
-¿Sabéis que os quiero con locura?
– preguntó Juliette divertida mientras daba un trago a la cerveza de Marcos. - ¿Pagamos y nos vamos?
-Claro. Me toca a mí, ¿no?
– dijo Andreu. Los otros dos asintieron.


Se levantaron de la mesa y caminaron en dirección a casa de Juliette.
-Mis padres no están en casa.
-Perfecto.
-Oye, qué te ha dado con esa chica?
-Andreu, deja el tema, que si no, no se va a callar en toda la tarde.
-Es que la veo tan sola, y yo soy tan feliz en compañía…
- rodeó las caderas de ambos chicos con sus brazos, estando ella en medio de ellos, haciendo caso omiso del comentario de Marcos – además, tiene algo… que no se.
-Ui, Juliette, ni se te ocurra.
-¿El qué?
-Que te veo la mirada. Mírala, Marco
s, mírala. Se ha encaprichado de ella.
-¿Cómo me voy a encaprichar de una chica que no conozco de nada? A ver, Andreu, piensa. No es mi tipo, sabes que prefiero a los hombres…
-Ya pero los tres conocemos tu tendencia a la ambigüedad…
-Es cierto, pero… ¿Responde ella a las características de las chicas con las que he estado?
-No.
-Ni de lejos.
-Pues entonces, fin del debate. Además, te pega a ti, Marcos.
– dijo con media sonrisa.



Llegaron por fin al portal de la finca de Juliette, y esta abrió mientras observaba por el rabillo del ojo cómo Marcus buscaba alguna respuesta ingeniosa a su último comentario. Pasaron los tres, cerrando las puertas a sus espaldas y caminando hacia el ascensor. Juliette apretó el botón.
-Bueno. En resumen y para concluir, chicos, mañana será mejor que finjamos que Andreu y yo somos pareja – Andreu se sonrió a sí mismo por haber sido elegido para fingir ser pareja de Juliette.
-y yo, ¿qué?
-Tú te encargarás de convencer a Alma de que la vida solitaria no es sana.
-¿Y cómo lo hago? ¿Le meto mano?
-Tú sabrás.
– se metieron los tres al ascensor – improvisa. – Marcos suspiró. Las puertas se fueron cerrando lentamente. – Bueno dejemos este tema de una vez y ocupémonos de lo que nos toca. – Los dos chicos asintieron.

Antes de que la puerta del ascensor se cerrase del todo, se pudo ver el prefacio de aquella película de locos, desdibujada entre besos de Juliette y Andreu y caricias indecentes de Marcos. Sin duda, aquellas bocas unidas no se estaban contando cuentos infantiles, y las manos morenas de Marcos no buscaban sino encontrar tesoros ocultos en la piel de Juliette. La sonrisa de satisfacción de aquella muchacha mientras ambos chicos recorrían con sus bocas su vientre y su cuello fue la última imagen pública de aquella bacanal de opiniones y cuerpos, dejando mucho espacio a la imaginación de cualquiera, pero encauzándola hacia una cama y una larga tarde.