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martes, 15 de marzo de 2011

Recaída en la fantasía 2.2

Agité la cabeza de un lado a otro con fuerza, intentando echar de mi cabeza todo pensamiento que me pudiese hacer desistir de guardar mi pasado en un trastero, incluso tirarlo y borrarlo de por vida. No me gustaba, no quería tenerlo en mí. Me dolía, y más ahora que me había encontrado de frente con él, en vez de que todo hubiese ido según el cobarde plan que había pensado. Cuando me vi preparada para continuar, volví a meter la mano en aquel armario sin mirar lo que me podía encontrar. Mis dedos se chocaron con algo frío, resbaladizo, agradable al tacto. Lo cogí con las yemas de mis dedos, adhiriéndome a aquel objeto con la piel. Tiré de mi brazo y saqué de la oscuridad aquella forma indefinida que se dibujó con la luz del cuarto hasta aparecer ante mis ojos en forma de cámara. La tuve unos segundos suspendida en el aire, cogida únicamente por mis dedos, y con su cordón colgando. Me ardía el contacto con ella, me dolía y a la vez me gustaba. La puse segura, apoyada en mi pierna derecha, y le quité el polvo con cuidado, dejándole de nuevo con el color que por mis vanos recuerdos borrosos podría haber afirmado que era el original.

Me la colgué al cuello, volviendo a sentir la misma inocencia infantil que cuando me puse la bufanda. Acaricié el contorno del aparato, conteniendo la respiración mientras mi piel estaba en contacto con la superficie de este. Mis dedos se movían solos, como gusanos hábiles que conocían el camino, lo que debían hacer en cada instante, y se dispusieron preparados para accionar el mecanismo de captura de la imagen. Antes de que lo hicieran, y sin saber si la cámara funcionaría o no, me levanté rauda y me asomé a la ventana de mi cuarto. Había almendros en flor decorando el paisaje visible a través de ese agujero cristalizado. Me llevé la cámara a la cara y, click, fotografié los árboles como fotografiaba las nubes cuando tenía cinco años. El corazón me iba a mil por hora, bombeando la sangre a una velocidad vertiginosa. Me encontraba excitada, alterada, como si tuviese necesidad de una droga, una necesidad que había guardado durante años, y que ahora salía disparada llenando mi cuerpo de un éxtasis que me volvió loca por un instante. Me acaricié el cuello para tranquilizarme, entrando en contacto el calor de este con el frío de mi mano. Me quité la cámara con cuidado, pensando unos instantes si guardarla en la caja y abandonarla al polvo del recuerdo. o dejarla fuera y volver a aquellos tiempos de la magia vista a través de un cristal.

Finalmente aquella pasión enfermiza que había nacido en mi cuerpo cuando había entrado en contacto con aquel aparato pudo más que mi determinación por poner orden en el pasado y guardar todo aquello que me evocase su existencia. Ni siquiera sabía si quedaba más papel para continuar haciendo capturas de la realidad, o si me quedaba algo pero estaba caducado e inservible. Quizá la fotografía que acababa de hacer salía mal, o quizá tenía suerte y al menos esa se salvaba de mi ineptitud por no haber mirado antes si estaba en condiciones de ser utilizada o no. No sabía nada de todo esto en aquel momento, y tenía la extraña sensación de que si hacía por averiguar hasta dónde podría durar la funcionalidad de esa cámara, entraría en un ciclo, una espiral auto-destructiva que entraría en contradicción con lo que era en aquel momento. Me daba miedo romper con mi sobria estabilidad por encontrarme con algo de frente que fuese incapaz de tumbar, de derrotar, por encontrarme con un deseo que escapaba a lo que me habían enseñado que debía buscar. Estabilidad, formalidad, dinero.

Pasé toda la tarde seleccionando objetos, decidiendo si quedármelos o guardarlos en la caja, mientras la cámara me llamaba constantemente a utilizarla, me incitaba a abandonar aquel propósito firme de re-estructurar mi armario y dejarlo de nuevo ordenado, pero mas vacío, con vistas a llenarlo pero sin saber de qué. Terminé por quedarme las fotografías que en un principio había guardado, y la bufanda naranja, que todavía olía a mi abuela a pesar de haber estado en contacto con el aire y que este le hubiese arrebatado parte de su encanto y aroma. También me quedé con la cámara, y un par de libros de niños que fueron mis favoritos cuando aprendí a leer. Por lo demás, camisetas, más libros, collares, diademas... todo fue abandonado en las cajas de cartón, con destino de viaje el olvido de mi mente. Vacié también un cajón de madera de los cuatro que tenía en mi cuarto, en el cual había tenido hasta ahora folios en blanco perfectamente alineados, que fueron a parar a una estantería, al lado de un bote del mismo color madera que los cajones y que el resto del mobiliario la habitación, en el cual solo habían bolígrafos negros. En aquel cajón guardé todo lo que me había quedado, estableciendo un orden paranoico de cada una de las piezas, las cuales tenían su lugar exacto, medido, en la superficie de madera de su nuevo hogar, el cajón.

Con tres cajas de cartón llenas de objetos, ordenados igual que en el cajón, como si fuese un tetris, con una simetría y exactitud que con años me había afanado en practicar y desenrollar, di por terminado el borrado de mi pasado de aquella habitación. Cerré el armario y me giré hacia el resto de la habitación. Habría retirado objetos de esta si los hubiese tenido, pero en aquel habitáculo en el que había pasado mañanas tardes y noches poco quedaba que le diese subjetividad al lugar. En ocasiones me daba la sensación de vivir en una habitación preparada por alguna tienda, y lo más extraño es que me sentía orgullosa de ello. De la pulcritud que destilaba el maniático orden con el que mantenía todo objeto puramente útil distribuido por el lugar. No había fotografías, no había libros más allá de los didácticos que poco a poco, año tras año, poblaban mis estanterías.

Bajé las cajas al trastero, una por una. Tres viajes tuve que hacer al final del todo. Con la última caja me quedé expectante, rodeada de la humedad del lugar en el que iba a dejar los recuerdos físicos. Escribí en ellas con rotulador negro "Infancia Alma - frágil", por si alguna vez quería volver a empaparme del pasado, recordar lo que había olvidado. Mientras observaba las cajas unos últimos segundos, quería pensar que las cajas se moverían, que me gritarían que no las olvidase. Lo quería, durante unos breves segundos. Cuando tuve consciencia de lo que mi mente se figuraba, cerré rápida la puerta, tratando de explicarme objetivamente por qué estaba haciendo eso, y me convencí. Apagué las luces, y subí lentamente al comedor, olvidando voluntariamente qué es lo que me había quedado, para no caer en sus garras.

lunes, 14 de marzo de 2011

Recaída en la fantasía 2.1

- Nueve años después -

Habían pasado nueve años desde el accidente de tráfico de mis abuelos, y dos años desde que había ingresado en la Facultad de Medicina sin problemas. En todo ese período de tiempo mi vida se basó en facilitar la existencia a mis padres con nulos quebraderos de cabeza, sometiéndome al futuro que ellos escribían por mí. Me dejaba llevar por sus decisiones, poniendo por mi parte el estudio y las calificaciones brillantes. Sin duda, fui una hija modelo. Ellos lo decían a sus amigos, me elogiaban mientras yo, en una esquina, casi oculta de la luz y la sociedad, leía Romeo y Julieta y soñaba con que un hombre se enamoraría de mi apariencia dulce y frágil, de mi cerebro trabajado, sin tener que trabajar, sin tener que hacer nada. Me daba igual si mi sueño coincidía con la novela o no, mi imaginación tergiversaba su propia historia, su propio clásico, a partir de las palabras del ilustre Shakespeare.

Un día de aquel año, sin saber el motivo exacto, decidí hacer limpieza de mi cuarto, que había permanecido intacto en cuanto a decoración durante todo este tiempo, acumulando recuerdos que me asfixiaban e impedían que los pocos acontecimientos que sucedían en mi día a día se fuesen quedando guardados. Creí conveniente empezar por el pasado más olvidado. De modo que compré cajas de cartón para guardar todo aquello que perteneciese a mi pasado, y me encaré con un armario, que a pesar de la abundancia de objetos que guardaba en su interior, se encontraba perfectamente ordenado, como reflejo de mi vida y el paso de esta. Suspiré y me puse las manos en la cintura, haciendo tiempo hasta comenzar con el vaciado. Aquel arranque de necesidad de eliminar posesiones materiales, que simbólicamente representaban posesiones metafísicas que iban más allá de lo perceptible por cualquier otra persona que no fuese yo, podría haber sido interpretado por algunos como la búsqueda de cambiar mi vida, y que para ello yo había optado por darle un giro a todo, borrar principios, correcciones, pasar de ser perfecta a la imperfección completa. Pero yo no quería cambiar mi vida, era la vida la que me quería cambiar a mí. Estaba tranquila en mi habitación, con mis recuerdos guardados, con mi presente escrito en libros y libros de medicina que constituían los pilares de mis tardes, el único pasatiempo que con el tiempo había hecho mi motivo de existencia, mi vida entera.

Conté uno, dos, tres, y me senté frente a la parte más baja de aquel armario, cruzando las piernas cual experta en meditación. Alargué el brazo y acerqué la caja que más próxima tenía. Agaché el cuerpo hacia delante y comencé a sacar objetos. Lo primero que obtuve de aquel baúl de los recuerdos con forma de armario fue una bufanda que había pertenecido a mi abuela, doblada con el cuidado que yo misma profesaba hacia los objetos agenos. Aguanté la respiración. Hacía muchos años que había decidido cerrar la puerta a aquel oscuro día, y jugar a que aquellos dos ancianos de sonrisa afable y buenas palabras estaban de viaje. Con 20 años y la bufanda de mi abuela plegada sobre las palmas de mis manos se me hacía imposible seguir con aquel ficticio juego. Con las manos temblorosas, reencontrándome con los lamentos silenciados por la necesidad de hacerme fuerte, comencé lentamente a desplegar aquella prenda naranja, dejando escapar poco a poco el aroma a mi infancia y a mi abuela que había ido guardando en sus fibras desde que decidí guardarla. Me la acerqué rápidamente a la nariz, solo por la necesidad de recordar a qué olía ella. Escuché que algo cayó al cambiar la posición de mis brazos. Miré hacia abajo con aquella bufanda todavía pegada a la nariz y vi sobre mis piernas unos papeles rectangulares. Me anudé la bufanda al cuello, desestructurando por unos segundos mi madurez para volver a sentir en mí una niña necesitada de su abuela. Y con la terrible inocencia que me venía caracterizando desde pequeña, cogí un papel de los caídos y le di la vuelta, para encontrarme frente a frente con mi infancia, la cual había querido eliminar sin escrúpulos evitando recordarla durante mucho tiempo, y con mi sueño, que en estado latente había permanecido desde que abandoné la fotografía, por la obligación de olvidarme de vivir en favor de lo que me habían hecho entender que era madurar.

Y ahí estaba yo, retratada en aquel espejo de cuerpo entero, con mi vestido favorito, morado, con un dibujo blanco a la altura de la cintura, y aquella cámara. Levanté la siguiente fotografía, casi idéntica a la anterior, quizá un poco más desplazada a la izquierda. Poco a poco iba recordando todo lo que olvidé en su momento, lo que bloqueé en mi mente para evitar que me doliese. Una lágrima resbaló por mi mejilla, dejándome desconcertada. Hacía mucho tiempo que no lloraba, pues de pequeña determiné que era un lujo que no debía permitirme desde que vi lo que le dolía a mi madre en aquella habitación de Hospital, la 121.

Recogí todas las fotos caídas sin atreverme a mirarlas, mientras me secaba aquella dichosa lágrima. Las coloqué una encima de otra, perfectamente alineadas en una esquina de la caja. Haciendo acopio de mis fuerzas, retiré también la bufanda, inspirando profundamente aquel olor por última vez antes de guardarla en la caja junto a las fotografías. Me recogí mi pelo rizado en una coleta, recordando el mote de mi abuela. Si ahora me viese, tan recta al andar, con el pelo con matices rojizos en vez del rubio que me gastaba de pequeña, quizá ya no me llamaría pingüinita. Respecto a mi pelo, desde que se hizo perceptible aquel cambio de color, me preguntaba cómo era posible que del rubio más rubio hubiesen salido reflejos rojos que amenazaban con cubrir mi cabeza entera. Aunque se mantenían ocultos en las partes más tupidas de mi melena. No me gustaba la posibilidad de que pudiese llegar a suceder aquel cambio en mi aspecto, pues el pelo rubio uniforme me daba toda la seriedad que necesitaba en aquella postura que había adoptado para afrontar la vida.