lunes, 14 de marzo de 2011

Recaída en la fantasía 2.1

- Nueve años después -

Habían pasado nueve años desde el accidente de tráfico de mis abuelos, y dos años desde que había ingresado en la Facultad de Medicina sin problemas. En todo ese período de tiempo mi vida se basó en facilitar la existencia a mis padres con nulos quebraderos de cabeza, sometiéndome al futuro que ellos escribían por mí. Me dejaba llevar por sus decisiones, poniendo por mi parte el estudio y las calificaciones brillantes. Sin duda, fui una hija modelo. Ellos lo decían a sus amigos, me elogiaban mientras yo, en una esquina, casi oculta de la luz y la sociedad, leía Romeo y Julieta y soñaba con que un hombre se enamoraría de mi apariencia dulce y frágil, de mi cerebro trabajado, sin tener que trabajar, sin tener que hacer nada. Me daba igual si mi sueño coincidía con la novela o no, mi imaginación tergiversaba su propia historia, su propio clásico, a partir de las palabras del ilustre Shakespeare.

Un día de aquel año, sin saber el motivo exacto, decidí hacer limpieza de mi cuarto, que había permanecido intacto en cuanto a decoración durante todo este tiempo, acumulando recuerdos que me asfixiaban e impedían que los pocos acontecimientos que sucedían en mi día a día se fuesen quedando guardados. Creí conveniente empezar por el pasado más olvidado. De modo que compré cajas de cartón para guardar todo aquello que perteneciese a mi pasado, y me encaré con un armario, que a pesar de la abundancia de objetos que guardaba en su interior, se encontraba perfectamente ordenado, como reflejo de mi vida y el paso de esta. Suspiré y me puse las manos en la cintura, haciendo tiempo hasta comenzar con el vaciado. Aquel arranque de necesidad de eliminar posesiones materiales, que simbólicamente representaban posesiones metafísicas que iban más allá de lo perceptible por cualquier otra persona que no fuese yo, podría haber sido interpretado por algunos como la búsqueda de cambiar mi vida, y que para ello yo había optado por darle un giro a todo, borrar principios, correcciones, pasar de ser perfecta a la imperfección completa. Pero yo no quería cambiar mi vida, era la vida la que me quería cambiar a mí. Estaba tranquila en mi habitación, con mis recuerdos guardados, con mi presente escrito en libros y libros de medicina que constituían los pilares de mis tardes, el único pasatiempo que con el tiempo había hecho mi motivo de existencia, mi vida entera.

Conté uno, dos, tres, y me senté frente a la parte más baja de aquel armario, cruzando las piernas cual experta en meditación. Alargué el brazo y acerqué la caja que más próxima tenía. Agaché el cuerpo hacia delante y comencé a sacar objetos. Lo primero que obtuve de aquel baúl de los recuerdos con forma de armario fue una bufanda que había pertenecido a mi abuela, doblada con el cuidado que yo misma profesaba hacia los objetos agenos. Aguanté la respiración. Hacía muchos años que había decidido cerrar la puerta a aquel oscuro día, y jugar a que aquellos dos ancianos de sonrisa afable y buenas palabras estaban de viaje. Con 20 años y la bufanda de mi abuela plegada sobre las palmas de mis manos se me hacía imposible seguir con aquel ficticio juego. Con las manos temblorosas, reencontrándome con los lamentos silenciados por la necesidad de hacerme fuerte, comencé lentamente a desplegar aquella prenda naranja, dejando escapar poco a poco el aroma a mi infancia y a mi abuela que había ido guardando en sus fibras desde que decidí guardarla. Me la acerqué rápidamente a la nariz, solo por la necesidad de recordar a qué olía ella. Escuché que algo cayó al cambiar la posición de mis brazos. Miré hacia abajo con aquella bufanda todavía pegada a la nariz y vi sobre mis piernas unos papeles rectangulares. Me anudé la bufanda al cuello, desestructurando por unos segundos mi madurez para volver a sentir en mí una niña necesitada de su abuela. Y con la terrible inocencia que me venía caracterizando desde pequeña, cogí un papel de los caídos y le di la vuelta, para encontrarme frente a frente con mi infancia, la cual había querido eliminar sin escrúpulos evitando recordarla durante mucho tiempo, y con mi sueño, que en estado latente había permanecido desde que abandoné la fotografía, por la obligación de olvidarme de vivir en favor de lo que me habían hecho entender que era madurar.

Y ahí estaba yo, retratada en aquel espejo de cuerpo entero, con mi vestido favorito, morado, con un dibujo blanco a la altura de la cintura, y aquella cámara. Levanté la siguiente fotografía, casi idéntica a la anterior, quizá un poco más desplazada a la izquierda. Poco a poco iba recordando todo lo que olvidé en su momento, lo que bloqueé en mi mente para evitar que me doliese. Una lágrima resbaló por mi mejilla, dejándome desconcertada. Hacía mucho tiempo que no lloraba, pues de pequeña determiné que era un lujo que no debía permitirme desde que vi lo que le dolía a mi madre en aquella habitación de Hospital, la 121.

Recogí todas las fotos caídas sin atreverme a mirarlas, mientras me secaba aquella dichosa lágrima. Las coloqué una encima de otra, perfectamente alineadas en una esquina de la caja. Haciendo acopio de mis fuerzas, retiré también la bufanda, inspirando profundamente aquel olor por última vez antes de guardarla en la caja junto a las fotografías. Me recogí mi pelo rizado en una coleta, recordando el mote de mi abuela. Si ahora me viese, tan recta al andar, con el pelo con matices rojizos en vez del rubio que me gastaba de pequeña, quizá ya no me llamaría pingüinita. Respecto a mi pelo, desde que se hizo perceptible aquel cambio de color, me preguntaba cómo era posible que del rubio más rubio hubiesen salido reflejos rojos que amenazaban con cubrir mi cabeza entera. Aunque se mantenían ocultos en las partes más tupidas de mi melena. No me gustaba la posibilidad de que pudiese llegar a suceder aquel cambio en mi aspecto, pues el pelo rubio uniforme me daba toda la seriedad que necesitaba en aquella postura que había adoptado para afrontar la vida.

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