Lo primero que pensé cuando salí a la calle es que no tenía a dónde dirigirme. Con el poco tiempo que había pasado en explorar los alrededores de mi casa, no tenía un sitio propio, no había conocido lugares hermosos, y en consecuencia, no sabía qué fotografiar. De todas maneras, tampoco me quedaba papel para muchas fotos, quizá una, quizá dos. No lo sabía con exactitud, aunque determiné que en breves lo sabría. Y así, sin tener idea de dónde ir para fotografiar algo digno de ello, me dejé llevar por la espontaneidad de mis pasos, que me llevaron sin saber mi mente dónde iba. Con el paso del tiempo y de los metros comencé a oir unas voces gritando, pasos acelerados sobre cemento y una superficie acolchada. El muro al lado del cual caminaba terminó por fin, descubriéndose tras él un parque que parecía reciente. Con mis manos rodeé los barrotes que formaban una de las dos puertas que me separaban de aquel paraíso infantil.
Un largo tobogán rojo encabezaba el conjunto de mecanismos de diversión. Al lado de este, un par de columpios verdes que mecían a dos niños extasiados de risas y diversión. Un par de metros a un lado, una red para escalar de pequeñas dimensiones conectaba el suelo con un puente que parecía llevar a otra dimensión, pues cuando los niños terminaban de atravesarlo, parecían salir convertidos en piratas, corsarios, vaqueros o indios. Sus risas eran contagiosas, como la atmósfera inocente y despreocupada que los envolvía, y que contrastaba con las miradas protectoras de las madres que temían que se hiciesen daño. Sin duda, me pareció una bonita imagen, tan bonita como para hacer mi primera fotografía.
Me llevé la cámara a la cara despacio, saboreando la realidad que mis ojos me daban, la alegría visible, hasta que el objetivo se puso frente a mi pupila. Y la imagen cambió hacia un mundo cristalizado en el cual la luz se fragmentaba de manera delicada y constituía para mi cerebro una delicia de colores distorsionados que quedaron atrapados en aquel papel de fotografía en el mismo instante en el que mis dedos presionaron el botón. Bajé la cámara, la dejé colgando sobre mi cuello y cogí la futura fotografía antes de que cayese. El ambiente no había cambiado después de capturarlo, sin embargo algo en mí sí que había cambiado. Sentía el estómago encogido, y no puedo negar que mi mente no dejaba de dar vueltas a la asignatura cuyo libro me esperaba cerrado en el escritorio de mi cuarto. Sin embargo, el viento en mi cara conseguía aliviar esas ganas de correr hacia mi habitación y aislarme del exterior.
Me llevé la cámara a la cara despacio, saboreando la realidad que mis ojos me daban, la alegría visible, hasta que el objetivo se puso frente a mi pupila. Y la imagen cambió hacia un mundo cristalizado en el cual la luz se fragmentaba de manera delicada y constituía para mi cerebro una delicia de colores distorsionados que quedaron atrapados en aquel papel de fotografía en el mismo instante en el que mis dedos presionaron el botón. Bajé la cámara, la dejé colgando sobre mi cuello y cogí la futura fotografía antes de que cayese. El ambiente no había cambiado después de capturarlo, sin embargo algo en mí sí que había cambiado. Sentía el estómago encogido, y no puedo negar que mi mente no dejaba de dar vueltas a la asignatura cuyo libro me esperaba cerrado en el escritorio de mi cuarto. Sin embargo, el viento en mi cara conseguía aliviar esas ganas de correr hacia mi habitación y aislarme del exterior.
Miré la fotografía mientras echaba a caminar. Se iban dibujando lentamente las figuras, contornos, colores, y finalmente las expresiones. Si bien aparecían movidos los cuerpos, el arrastre del color de sus rostros, de sus camisetas y pantalones le daba aún más alegría a la instantánea. Me sentí satisfecha con mi trabajo, que, aun pobre en técnica y precisión, engatusaba a mi mirada.
Caminaba ensimismada hacia mi casa, ahogada en el recuerdo de la foto, como normalmente me ahogaba en mis utopías. Por fuera yo era cisne blanco, pero cuando mi subconsciente tomaba el control, una faceta que desconocía asomaba por las sombras para dejarse adivinar vagamente, mostrándome imágenes sobre algo que no entendía pero que una parte oculta de mi alma deseaba fervientemente. Y luego desaparecía, sumiéndome en la incertidumbre, el desasosiego, la perdición de no tener controlado todo lo que pasaba por mi mente.
Suspiré exasperada mientras seguía caminando, observándome los cordones de los zapatos. Me paré en seco y me agaché para atármelos. Alguien me dio un golpe fuerte en un hombro, haciendo que me cayese hacia atrás, quedando sentada en el suelo. Abrí los brazos indignada al mismo tiempo que subía la mirada para ver quién había tropezado conmigo. - ¡Eh! ¡Cuidado! ¡Mira por dónde vas! - exclamé, terminando por encontrarme con un rostro femenino algo bronceado que me miraba con expresión de disculpa.
-Perdona, tía - me dijo como pudo, con un cigarro en la boca y tendiéndome sus dos manos para ayudarme a incorporarme. Rechacé con desdén su oferta de ayuda levantándome yo sola.
-No soy tu tía - dije con tono irritado, golpeándome levemente el pantalón para quitar el polvo que haya podido coger al caer.
-¿Te ayudo? - preguntó a la vez que me tiraba el humo a la cara, quizá sin querer, quizá queriendo. No me dio tiempo ni siquiera a pensarme la respuesta, pues enseguida tenía su mano golpeando mi trasero, cosa que me incomodaba y a la vez me irritaba considerablemente.
-¡Para! ¡Para! - exclamé, apartándome de ella - ¡No he dicho que me ayudes!
-Lo siento, ¿eh? - dijo apartándose, llevándose una mano a sus labios pintados rojos carmesí, que contrastaban con su piel un tanto morena y su pelo moreno con reflejos rojos. En sus grises iris podía ver mi imagen indignada. Me tiró el humo de nuevo a la cara, a la vez que empezaba a sonar una melodía que me resultaba conocida pero que no sabía ponerle nombre.
LA chica se dejó el cigarro en los labios para buscar con ambas manos , en su mochila llena de dibujos estrafalarios hechos en rotulador, lo que sonaba, que debía ser el móvil - Joder, joder, joder, joder, ¿dónde está? -
Me crucé de brazos impaciente. ¿Qué hacía esperando? Me agaché rápido para hacer el nudo en los cordones que se había quedado a mitad. Arranqué a caminar de nuevo cuando la música del móvil paraba. La voz de la chica me detuvo - ¡Espera, espera! - exclamó alzando la voz. Sacó al fin el móvil de la mochila. - Joder, no he llegado a tiempo - Me dedicó una sonrisa que me resultó curiosa. Sus dientes caninos montados, desalineados respecto al resto de la dentadura le daban un toque travieso a aquella imagen caótica que arrastraba. El color blanco nieve de su dentadura dejaba atrás el color amarillento que se espera de los fumadores, además de hacer el rojo de sus labios aún más rojo. Me tendió la mano mientras guardaba el móvil.
-Soy Juliette - Se presentó. Le miré la mano tendida sin moverme. Después alcé la mirada hasta su rostro. Había algo en él, sus ojos grises, sus labios rojos o su piel morena, que despertaba esa sombra de bestia que ocultaba a la bella, y me incitaba a fotografiarla eternamente. Y sin embargo me quedé quieta, mirándola a los ojos, perdiéndome en ellos sin quererlo realmente. Bajó su mano.
- ¿Te has hecho daño? - Preguntó, aguantándome la mirada y dando otra calada al cigarro, y tirándolo al suelo para pisarlo. Y tiró el humo hacia arriba.
-Lo siento, me tengo que ir - dije, desviando la mirada hacia otro lado, y echando a andar. Me habían enseñado a no hablar con desconocidos. La voz de la chica, de Juliette, esta vez no me detuvo. Cuando me giré para deleitar a la bestia con la figura curiosa y atractiva a mi parte oculta de fotógrafa enfermiza, ya no estaba. Y seguí caminando al frente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario