Al llegar al hospital, mi madre bajó rápidamente del coche sin prestar a penas atención a si yo bajaba o no. Cerró la puerta con fuerza al tiempo que yo abría la mía. Me dio la sensación de que si no llegamos a sincronizarnos a la hora de abrir y cerrar, quizá el interior del coche habría explotado por algún tipo de presión. Suspiré aliviada, sentía como si acabase de sobrevivir a un accidente de la magnitud de un desastre nuclear, o de la desaparición de tu muñeca favorita, en mi caso, de mi polaroid.
Bajé y ví a mi madre esperándome impaciente - Va, Alma, date prisa - Cerré la puerta suavemente y caminé hacia ella mientras las luces del coche parpadeaban, mi madre lo había cerrado. Di un par de saltitos para acelerar, y en cuanto llegué a su lado, ella arrancó a caminar con grandes zancadas, cogiéndome la mano con fiereza y arrastrándome tras ella. A penas tocaba el suelo para caminar, parecía que volaba a su voluntad como si fuese un globo de helio a medio llenar. O a medio deshinchar. Entramos al hospital conmigo todavía por los cielos, aquellos hombres metidos en batas blancas nos miraron (me miraron) de forma extraña. Cogí mi polaroid y les hice una captura al aire, sonriendo. Cuando mi madre paró, yo seguía flotando inmersa en la fotografía que acababa de tomar, claro que flotaba en una dimensión paralela. En la realidad, mi cuerpo reposaba sobre el suelo al lado de mi madre. De aquella situación externa en la que mi madre hablaba con la que quizá fuese la... ¿recepcionista? del hospital, solo me llegaron dos palabras: Habitación 121. Y acto seguido volvía a ser llevada como pez por el río a través del hospital. Los sonidos de los respiradores poco a poco me sacaron de mi mundo de la fotografía, de aquellas caras sorprendidas de médicos impresionados por la espontaneidad de la captura, hasta que aterricé en la realidad frente a la puerta que nos separaba del dolor de una visión hiriente. Apreté la mano de mi madre, y ella me la apretó. Temblorosa, abrió la puerta, y yo inspiré fuertemente antes de entrar para aguantar el aire dentro de mí y no recibir el golpe de olor a enfermedad en mi interior. Traspasamos el umbral y nos metimos en aquella atmósfera gris que caracteriza a la enfermedad.
Nos quedamos quietas, una al lado de la otra, observando el triste paisaje que ofrecía la visión de la combinación entre la figura marchita de mi abuela y los aparatos médicos. A mí no me daban la sensación de estar manteniéndole la vida, sino que a cada segundo que pasaba observándola, veía cómo su color característico desaparecía absorbido por todos aquellos tubos, que la hacían pequeña, insignificante, a como la veía yo. Mi madre corrió a su lado, dejándome atrás mientras yo cerraba la puerta con cuidado sin apartar la mirada de la escena que estaba teniendo lugar en aquella habitación. Lentamente caminé hasta ponerme a los pies de la cama, desde donde eran visibles tanto la expresión arrugada, apagada de mi abuela, como las lágrimas de mi madre, su boca curvada en una mueca de dolor.
Miré a mi alrededor, hacia la derecha, al frente, hacia atrás, hacia la izquierda... Buscaba a mi abuelo, esperaba verlo sentado en un sofá dormido y no haber reparado antes en su presencia, o quizá detrás mío, apoyado en la pared... Tal vez esperaba verlo entrar en cualquier momento por la puerta, con algo de comida y sonriente, cambiando aquella atmósfera repugnante que ahogaba mi alegría. Pero no era así, segundo que pasaba, segundo que perdía en una espera incesante de un milagro imposible. Nunca creí en Dios, y en aquellos instantes, sentía que si hubiese creído lo habría maldecido mil veces por no sacarme de aquella pesadilla que contenía los tendones y músculos de mi rostro impasibles. Mi único método de expresión era mi cámara, a la cual abracé instintivamente entre los lloros de mi madre. La alcé y la llevé a mi cara sin saber qué hacía, solo sentía que debía hacer una foto, algo me decía que sería la última que haría a mi abuela, y razón no me faltaba. Disparé el obturador. Salió el papel con un cuadrado negro, del cual iban dibujándose muy lentamente los contornos de la escena fotografiada. Mi madre se giró rápidamente hacia mí, con los ojos encendidos y expresión colerizada. - Alma, ¡¿Quieres dejar la puta camarita de una vez?! ¿No te das cuenta de lo que pasa o qué? - su voz se apagó al tiempo que el brillo de ira de sus ojos. Bajó la mirada y giró su cuerpo, dándome la espalda. Quizá por arrepentimiento, por no verme los ojos anegados de lágrimas que amenazaban con desbordarse (porque los gritos de mi madre siempre tenían aquel efecto en mí), quizá por controlarse.
Me sorbí los mocos y encaminé mi sendero hacia la puerta. Cogí el pomo de esta dispuesta a marcharme como, si de una película se tratase, una voz entrecortada me llamó de aquella manera en la que solo podía llamarme esa voz - Pingüinita, has venido con tu mami - Me giré de golpe, pues no esperaba que despertase hoy, ni siquiera que despertase. Mi madre estaba igual de impactada que yo. Me acerqué rápidamente al otro lado de la cama y le cogí la mano. No estaba tan cálida como de costumbre, pero las arrugas me tranquilizaban a pesar de ello. - ¿Cómo estás? - me preguntó con una sonrisa triste, forzosa, cansada. Suspiré y apreté con fuerza su mano, intentando no llorar. Tragué fuerte y recibí a respuesta de mi apretón una leve caricia que me desalentó. - Abu, estoy bien. - mi voz temblaba de manera sobrenatural. Bajé la mirada. Fue su mano fría la que hizo que alzase la mirada. Y me sonrió, incorporándose levemente, poniendo en tensión todos aquellos cables odiosos que la tenían paralizada, al tiempo que con vida. Cogió la cámara y la levantó con esfuerzos, estaba demasiado débil. - Pingüinita, ¿Por qué no nos hace tu madre una foto a las dos juntas? Como aquella que tenemos de cuando eras un bebito - asentí y me quité la cámara del cuello. Mi madre me esperaba con la mano tendida para coger la cámara, con los ojos vidriosos y sin apenas creer lo que estaba ocurriendo. Me senté en el borde de la cama y me recosté despacio, manteniendo en tensión mi abdominal para no dejar caer todo mi peso sobre la almohada. Mi abuela me abrazó por sorpresa, haciendo que contuviese el aliento. Fue entonces cuando se tomó la foto. Mi madre permaneció con la cámara pegada a la cara a pesar de que ya había tomado la foto. Quizá hubiese descubierto un nuevo mundo, más hermoso, a través del objetivo, como yo había hecho tiempo atrás. Pasó un enfermero por la puerta y mi abuela le gritó como pudo - Enfermero, por favor, ven, ven! - el chico entró corriendo, con la respiración agitada, quizá era nuevo y no esperaba enfrentarse con ningún problema en los primeros días. - Disculpa, ¿Podrías hacerme una foto con mi hija y mi nieta? - El enfermero tartamudeó, y terminó por determinar que la haría con un asentimiento inseguro. Mi madre le ofreció la cámara y se puso al otro lado de la cama. Pude escuchar a mi abuela susurrarle al oído palabras bonitas, como 'mi chiquita', 'mi linda niña', 'siempre fuiste, eres y serás', 'la más hermosa', 'mi pequeña flor'. Giré mi cabeza para intentar captar mejor lo que le decía, sentía que aquellas palabras también eran para mí. Y en esa posición nos retrató el enfermero, yo mirando a mi abuela, mi abuela hablándole a mi madre, y ella con las lágrimas regándole aquel huerto de rosas que tenía por mejillas.
Nos marchamos de allí cuando nos echaron los del hospital. Mi madre le prometió volver al día siguiente mientras salíamos por la puerta, entre lloros y besos lanzados al aire. Mi abuela agitaba suavemente la mano medio suspendida en el aire, con expresión de paz en el rostro. Cuando salimos cerró los ojos y respiró profundamente. Mi madre volvía siempre que podía, hasta que cuatro días después, mi abuela falleció, y con ella, la pingüinita que siempre había sido. Enterramos a mis dos abuelos el mismo día. No llevé mi polaroid, me recordaba demasiado a ellos. La guardé en un cajón mientras crecía, me hacía adolescente, avanzaba cursos, sumaba años, sucesos, risas, lloros. Me olvidé de ella durante diez años, y con ella, me olvidé de todo lo que implicaba poco a poco, creciendo en una burbuja que yo me afanaba por no pinchar. Me convertí en la hija modelo para una madre destrozada desde aquel día de marzo. Fui la hija perfecta, sin sueños ni utopías, la niña perfecta ante los ojos de mi madre, durante diez años.
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