-No se puede comparar la inteligencia, visible, mesurable, calificable, con una invención humana.
-Dicen que la inteligencia es solo humana también.
-No es cierto, los delfines y monos también poseen inteligencia.
-Pero seguro que es mucho más inferior que la del ser humano.
-En efecto.
-Por lo que la inteligencia del ser humano sería un Dios, y la de estos dos animales, serían sus angelitos de la guardia. – dibujó una sonrisa socarrona en su rostro, y se carcajeó sonoramente, haciendo que Andreu se girase para ver qué es lo que pasaba. Yo fruncí el ceño – Una mujer inteligente como tú, creyendo en Dioses. – suspiré intentando mantenerme impasible ante sus comentarios, pero cierto era que cada vez que abría aquel chico sus carnosos labios mi cerebro se ponía en alerta ante sus comentarios. Tenía un pensamiento tan abstracto, tan intangible, que suscitaba interés a mi perspectiva racional del mundo.
-Eres muy poeta
-Gracias. Tú eres muy racional.
-Gracias. – me guiñó un ojo dibujando media sonrisa. Creí que no le había caído mal, y resultaba un alivio haber pasado aquella primera prueba. - ¿qué estudias? – me aventuré en un terreno más personal siguiendo un instinto social que pocas veces había tenido
-La vida.
-¿Y en la Universidad? – ya había aprendido a contener a aquella bestia de lo inmaterial.
-Bellas artes.
-Como Juliette.
-Sí, voy a la misma clase que ella.
-¿En serio? No tienes 18 años ni de casualidad.
-No, llevo repitiendo… unos cuantos años. – se sonrió. En aquel momento hubiese dado cualquier cosa por saber qué estaba pasando por la mente de aquel tipo, que quizá hasta tuviese más años que yo.
-Lo dices como si fuese para colgarse una medalla.
-Tampoco es para colgarse una medalla el pasar cada año de curso – lo miré interrogante – Lo hace mucha gente, no es nada inusual. En cambio, lo mío es… diferente.
-Más bien, estúpido.
-No trates lo diferente como algo estúpido. Los diferentes abrimos puertas. Soy un valiente, un visionario. Amo lo que hago y lo repito cuanto puedo – se encogió de hombros, como si aquellas palabras tuviesen que servirme de explicación a su vida académica. Claro que a mí realmente no me interesaba, o no debía interesarme. Desvié la mirada y apoyé mi cabeza en mi brazo, recostado sobre la ventanilla, para observar el paisaje pasar, difuminarse los verdes arbustos cercanos a la carretera.
Juliette seguía hablando con Andreu, el cual parecía disfrutar de la brisa agitando su pelo. Me giré hacia Marcus, dispuesta a darle una segunda oportunidad. Lo vi sacando dos cigarros. Y él vió que lo veía.
-¿Quieres? – me tendió el cigarro.
-No fumo.
-Tú te lo pierdes- Se encogió de hombros y dejó su segundo cigarro sobre su oreja. Encendió el otro y le dio la primera calada, lentamente, como si disfrutase de aquella droga de olor molesto. - ¿Lo has probado alguna vez?
-¿Cómo?
-Que si has probado el tabaco.
-Ah, no. Para nada.
-¿Tienes amigos?
-¿A qué viene esa pregunta?
-Normalmente en un grupo de amigos siempre hay un pequeño porcentaje que fuma, aunque sea en ocasiones especiales. Y los de su alrededor, terminan probándolo en una noche loca, o tranquila, o yo que se.
-Pues sí que tengo amigos. – mentí -Y ninguno fuma
-No me lo creo.
-Pues no lo hagas, a mí qué más me da.
-Vale, vale. Te creo. – dijo con media sonrisa en la boca. Le gustaba discutir conmigo. - ¿Alguna vez te has enfadado de verdad?
-Muchas veces – dije algo confusa. No entendía la pregunta.
-Pero, ¿de verdad? O simplemente te has puesto digna y has ignorado al otro.
-En eso consiste enfadarse en el mundo maduro. – dije, permitiéndome cierto deje de superioridad repelente que incluso a mí terminó por sorprenderme.
-Oh.
-¿Qué?
-¿Nunca has sentido la rabia hervirte la sangre?
-Pues… no. – me sentía orgullosa de mi respuesta, de mi autocontrol, en cambio, él, me miró con cierta pena.
-¿Alguna vez has sentido algo?
-Claro.
-El qué? – me callé. ¿Qué había sentido? ¿Amor? No ¿Odio? No ¿Miedo? No. Había sentido indiferencia. ¿Eso se podía sentir?
-No se… ¿Qué consideras tú sentir?
-Sentir para mí es… hacer que se te acelere el corazón, que la sangre te hierva, que el cerebro se te colapse, bloquee, y solo consiga pensar en ello. Como con la rabia, la pasión, el amor, el miedo, la histeria, la valentía… Dime, has sentido todo eso alguna vez?
-No.
-Entonces, nunca has sentido de verdad – y con esas palabras, con esa pequeña sonrisa de filósofo respondón que había dejado acabado a algún gran pensador, con aquel cigarro que iba y venía de sus labios, me dejó hundida, doliéndome el pecho. Empezaba a sentir algo, empezaba a sentir lástima.
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sábado, 6 de agosto de 2011
Una sonrisa, una palabra, y un cigarro. 10.1
Eran las cinco de la tarde cuando decidí que era hora de comenzar a arreglarme. Me metí en la ducha sin cerrar la puerta del baño. Me parecía inútil, dado que, una vez más, mis padres estaban fuera de mi vista. Mientras el agua resbalaba impune por mi cuerpo sin condena, reflexioné sobre mí misma, sobre mi vida, sobre mis padres. Siempre tan sola, tan autosuficiente. Por muy fría que pudiese ser mi coraza, por dentro necesitaba una madre que viniese y me abrazase. Que me llamase por motes cariñosos, como me llamaba mi abuela, y se tumbase conmigo en la cama a mirar el techo sin necesidad de decirnos nada, tener una conexión auténtica, madre e hija. Echaba de menos tener una familia.
Salí de la ducha y me cepillé el pelo. Era tan largo que casi me llegaba a la cintura. Quizá era hora de cortármelo, pero no encontraba el momento. Lo sequé con secador, y aun así, se me quedó rizado. Más bien ondulado. Pensé en el mar, un mar revuelto pero accesible… Me gustaría ir a la playa.
Me lo recogí en una coleta, cuidando que cada mechón de pelo se colocase en el lugar correcto, fijándolo al resto. De mi armario, además de la ropa interior, cogí unos vaqueros y una camiseta a rayas rojas y blancas, de manga corta. Miré el reloj, quedaba media hora.
Me eché perfume, unas pocas gotas, y me volví a arreglar el pelo. Me puse un poco de colorete, a penas perceptible, ya que era una tonalidad muy similar a mi piel, y me comí una onza de chocolate. No me gustaba pintarme los labios, pero con el paso de los años había descubierto que cuando comía chocolate los labios se me enrojecían de manera natural, así que aproveché ese flujo de sangre.
Cuando quedaban cinco minutos para las siete bajé al portal y esperé a Juliette apoyada en la puerta. Comencé a divagar qué clase de amigos me presentaría. En estos momentos ya no me parecía tan horrendo pasar una tarde con aquella chica. Imaginé con timidez que gracias a ella quizá conocería a un Romeo perfecto para mí. Poco a poco fui construyendo castillos de aire en mi mente, incluso suspiré de amor ante aquella fantasía de cristal. En el fondo, era una romántica, una Julieta. Solo necesitaba conocer al príncipe, al Romeo indicado.
Por fin apareció a lo lejos el coche rojo de Juliette, y me erguí respirando hondo. Sin embargo, aquel mundo frágil se rompió instantáneamente cuando el automóvil estaba lo suficientemente cerca para ver a los que transportaba. Ninguno de los ocupantes respondía a mi idea de Romeo. Al menos en primera instancia. Me recordé que desde siempre me habían enseñado que no debía prejuzgar a nadie y aventuré a imaginar que quizá, más allá de aquel aspecto desaliñado del chico de atrás, que parecía que iba a ser mi acompañante en aquella tarde de, por lo visto, parejas, se encontraba un hombre capaz de enamorarme. Aunque me resultaba una opción francamente remota.
Frenaron justo en frente de mí, y el que viajaba de copiloto se levantó y echó el asiento hacia atrás para que yo entrase. Me sonrió cuando terminó el proceso y se acercó a mí, que permanecía impasible en el mismo lugar en el que había estado esperándolos.
-Hola, me llamo Andreu – y acercó su rostro para darme dos besos, quedándose en posición hasta que reaccioné, como si despertase sobresaltada de un sueño.
-Hola, yo soy Alma.
-Lo se. – me sonrió y extendió el brazo en dirección al coche - ¿Subes?
-Claro. – le devolví la sonrisa.
-Buenas, Alma! – exclamó Juliette. Miré al retrovisor hasta chocarme con sus ojos sonrientes, y trate de imitarla, tímida ante la presencia a mi lado de un chico que me observaba con detenimiento. Me daba la impresión de que me devoraría en cuestión de segundos.
-Hola, me llamo Marcos – su voz era grave, melódica, quizá algo rasposa, aunque aquello carecía de importancia. Lo miré directamente a los ojos, que eran tan verdes que habría jurado estar mirando directamente un mar de septiembre, tormentoso. Eran enigmáticos, hipnóticos, y sabían hablar. Aunque no entendía exactamente qué decían.
-Soy Alma.
-¿Eres o te llamas? – el coche arrancó, y me puse el cinturón, delante, Juliette y Andreu charlaban tranquilamente, daba la sensación que el viaje iba a ser relativamente largo.
-¿Cómo?
-Eres Alma, o te llamas Alma.
-No entiendo la diferencia – se sonrió.
-Ser un nombre, es identificarte por completo con él, y todo lo que conlleva. ¿Tú te identificas con tu nombre? – me quedé pensativa, asimilando lo que me había dicho.
-Todo eso es muy metafísico. Un nombre es un modo de identificación entre toda la masa de seres humanos, una marca para poder diferenciarnos unos de otros… aunque suelan repetirse estos.
-¿Y entonces…?
-¿Qué?
-¿Te identificas con tu nombre? ¿O solo es una manera de llamarte?
-Es una manera de llamarme.
-Entonces, no te presentes diciendo que eres Alma. – lo miré alzando una ceja y se rió.
-Es muy abstracto para mí.
-Eso es porque no estás acostumbrada a tratar con cosas abstractas. – comenzaba a sentirme algo irritada ante aquel tono de superioridad que se marcaba el chico moreno.
-Porque no me hace falta.
-A todos nos hace falta.
-Eso no es cierto.
-¿Alguna vez has rezado?
-Nunca.
-¿Creído en algún Dios?
-No.
-¿Y en la inteligencia?
-Claro.
-La inteligencia es el Dios de los sabios.
Salí de la ducha y me cepillé el pelo. Era tan largo que casi me llegaba a la cintura. Quizá era hora de cortármelo, pero no encontraba el momento. Lo sequé con secador, y aun así, se me quedó rizado. Más bien ondulado. Pensé en el mar, un mar revuelto pero accesible… Me gustaría ir a la playa.
Me lo recogí en una coleta, cuidando que cada mechón de pelo se colocase en el lugar correcto, fijándolo al resto. De mi armario, además de la ropa interior, cogí unos vaqueros y una camiseta a rayas rojas y blancas, de manga corta. Miré el reloj, quedaba media hora.
Me eché perfume, unas pocas gotas, y me volví a arreglar el pelo. Me puse un poco de colorete, a penas perceptible, ya que era una tonalidad muy similar a mi piel, y me comí una onza de chocolate. No me gustaba pintarme los labios, pero con el paso de los años había descubierto que cuando comía chocolate los labios se me enrojecían de manera natural, así que aproveché ese flujo de sangre.
Cuando quedaban cinco minutos para las siete bajé al portal y esperé a Juliette apoyada en la puerta. Comencé a divagar qué clase de amigos me presentaría. En estos momentos ya no me parecía tan horrendo pasar una tarde con aquella chica. Imaginé con timidez que gracias a ella quizá conocería a un Romeo perfecto para mí. Poco a poco fui construyendo castillos de aire en mi mente, incluso suspiré de amor ante aquella fantasía de cristal. En el fondo, era una romántica, una Julieta. Solo necesitaba conocer al príncipe, al Romeo indicado.
Por fin apareció a lo lejos el coche rojo de Juliette, y me erguí respirando hondo. Sin embargo, aquel mundo frágil se rompió instantáneamente cuando el automóvil estaba lo suficientemente cerca para ver a los que transportaba. Ninguno de los ocupantes respondía a mi idea de Romeo. Al menos en primera instancia. Me recordé que desde siempre me habían enseñado que no debía prejuzgar a nadie y aventuré a imaginar que quizá, más allá de aquel aspecto desaliñado del chico de atrás, que parecía que iba a ser mi acompañante en aquella tarde de, por lo visto, parejas, se encontraba un hombre capaz de enamorarme. Aunque me resultaba una opción francamente remota.
Frenaron justo en frente de mí, y el que viajaba de copiloto se levantó y echó el asiento hacia atrás para que yo entrase. Me sonrió cuando terminó el proceso y se acercó a mí, que permanecía impasible en el mismo lugar en el que había estado esperándolos.
-Hola, me llamo Andreu – y acercó su rostro para darme dos besos, quedándose en posición hasta que reaccioné, como si despertase sobresaltada de un sueño.
-Hola, yo soy Alma.
-Lo se. – me sonrió y extendió el brazo en dirección al coche - ¿Subes?
-Claro. – le devolví la sonrisa.
-Buenas, Alma! – exclamó Juliette. Miré al retrovisor hasta chocarme con sus ojos sonrientes, y trate de imitarla, tímida ante la presencia a mi lado de un chico que me observaba con detenimiento. Me daba la impresión de que me devoraría en cuestión de segundos.
-Hola, me llamo Marcos – su voz era grave, melódica, quizá algo rasposa, aunque aquello carecía de importancia. Lo miré directamente a los ojos, que eran tan verdes que habría jurado estar mirando directamente un mar de septiembre, tormentoso. Eran enigmáticos, hipnóticos, y sabían hablar. Aunque no entendía exactamente qué decían.
-Soy Alma.
-¿Eres o te llamas? – el coche arrancó, y me puse el cinturón, delante, Juliette y Andreu charlaban tranquilamente, daba la sensación que el viaje iba a ser relativamente largo.
-¿Cómo?
-Eres Alma, o te llamas Alma.
-No entiendo la diferencia – se sonrió.
-Ser un nombre, es identificarte por completo con él, y todo lo que conlleva. ¿Tú te identificas con tu nombre? – me quedé pensativa, asimilando lo que me había dicho.
-Todo eso es muy metafísico. Un nombre es un modo de identificación entre toda la masa de seres humanos, una marca para poder diferenciarnos unos de otros… aunque suelan repetirse estos.
-¿Y entonces…?
-¿Qué?
-¿Te identificas con tu nombre? ¿O solo es una manera de llamarte?
-Es una manera de llamarme.
-Entonces, no te presentes diciendo que eres Alma. – lo miré alzando una ceja y se rió.
-Es muy abstracto para mí.
-Eso es porque no estás acostumbrada a tratar con cosas abstractas. – comenzaba a sentirme algo irritada ante aquel tono de superioridad que se marcaba el chico moreno.
-Porque no me hace falta.
-A todos nos hace falta.
-Eso no es cierto.
-¿Alguna vez has rezado?
-Nunca.
-¿Creído en algún Dios?
-No.
-¿Y en la inteligencia?
-Claro.
-La inteligencia es el Dios de los sabios.
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