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lunes, 14 de marzo de 2011

Mi primer marzo 1.2

Al llegar al hospital, mi madre bajó rápidamente del coche sin prestar a penas atención a si yo bajaba o no. Cerró la puerta con fuerza al tiempo que yo abría la mía. Me dio la sensación de que si no llegamos a sincronizarnos a la hora de abrir y cerrar, quizá el interior del coche habría explotado por algún tipo de presión. Suspiré aliviada, sentía como si acabase de sobrevivir a un accidente de la magnitud de un desastre nuclear, o de la desaparición de tu muñeca favorita, en mi caso, de mi polaroid.
Bajé y ví a mi madre esperándome impaciente - Va, Alma, date prisa - Cerré la puerta suavemente y caminé hacia ella mientras las luces del coche parpadeaban, mi madre lo había cerrado. Di un par de saltitos para acelerar, y en cuanto llegué a su lado, ella arrancó a caminar con grandes zancadas, cogiéndome la mano con fiereza y arrastrándome tras ella. A penas tocaba el suelo para caminar, parecía que volaba a su voluntad como si fuese un globo de helio a medio llenar. O a medio deshinchar. Entramos al hospital conmigo todavía por los cielos, aquellos hombres metidos en batas blancas nos miraron (me miraron) de forma extraña. Cogí mi polaroid y les hice una captura al aire, sonriendo. Cuando mi madre paró, yo seguía flotando inmersa en la fotografía que acababa de tomar, claro que flotaba en una dimensión paralela. En la realidad, mi cuerpo reposaba sobre el suelo al lado de mi madre. De aquella situación externa en la que mi madre hablaba con la que quizá fuese la... ¿recepcionista? del hospital, solo me llegaron dos palabras: Habitación 121. Y acto seguido volvía a ser llevada como pez por el río a través del hospital. Los sonidos de los respiradores poco a poco me sacaron de mi mundo de la fotografía, de aquellas caras sorprendidas de médicos impresionados por la espontaneidad de la captura, hasta que aterricé en la realidad frente a la puerta que nos separaba del dolor de una visión hiriente. Apreté la mano de mi madre, y ella me la apretó. Temblorosa, abrió la puerta, y yo inspiré fuertemente antes de entrar para aguantar el aire dentro de mí y no recibir el golpe de olor a enfermedad en mi interior. Traspasamos el umbral y nos metimos en aquella atmósfera gris que caracteriza a la enfermedad.

Nos quedamos quietas, una al lado de la otra, observando el triste paisaje que ofrecía la visión de la combinación entre la figura marchita de mi abuela y los aparatos médicos. A mí no me daban la sensación de estar manteniéndole la vida, sino que a cada segundo que pasaba observándola, veía cómo su color característico desaparecía absorbido por todos aquellos tubos, que la hacían pequeña, insignificante, a como la veía yo. Mi madre corrió a su lado, dejándome atrás mientras yo cerraba la puerta con cuidado sin apartar la mirada de la escena que estaba teniendo lugar en aquella habitación. Lentamente caminé hasta ponerme a los pies de la cama, desde donde eran visibles tanto la expresión arrugada, apagada de mi abuela, como las lágrimas de mi madre, su boca curvada en una mueca de dolor.

Miré a mi alrededor, hacia la derecha, al frente, hacia atrás, hacia la izquierda... Buscaba a mi abuelo, esperaba verlo sentado en un sofá dormido y no haber reparado antes en su presencia, o quizá detrás mío, apoyado en la pared... Tal vez esperaba verlo entrar en cualquier momento por la puerta, con algo de comida y sonriente, cambiando aquella atmósfera repugnante que ahogaba mi alegría. Pero no era así, segundo que pasaba, segundo que perdía en una espera incesante de un milagro imposible. Nunca creí en Dios, y en aquellos instantes, sentía que si hubiese creído lo habría maldecido mil veces por no sacarme de aquella pesadilla que contenía los tendones y músculos de mi rostro impasibles. Mi único método de expresión era mi cámara, a la cual abracé instintivamente entre los lloros de mi madre. La alcé y la llevé a mi cara sin saber qué hacía, solo sentía que debía hacer una foto, algo me decía que sería la última que haría a mi abuela, y razón no me faltaba. Disparé el obturador. Salió el papel con un cuadrado negro, del cual iban dibujándose muy lentamente los contornos de la escena fotografiada. Mi madre se giró rápidamente hacia mí, con los ojos encendidos y expresión colerizada. - Alma, ¡¿Quieres dejar la puta camarita de una vez?! ¿No te das cuenta de lo que pasa o qué? - su voz se apagó al tiempo que el brillo de ira de sus ojos. Bajó la mirada y giró su cuerpo, dándome la espalda. Quizá por arrepentimiento, por no verme los ojos anegados de lágrimas que amenazaban con desbordarse (porque los gritos de mi madre siempre tenían aquel efecto en mí), quizá por controlarse.

Me sorbí los mocos y encaminé mi sendero hacia la puerta. Cogí el pomo de esta dispuesta a marcharme como, si de una película se tratase, una voz entrecortada me llamó de aquella manera en la que solo podía llamarme esa voz - Pingüinita, has venido con tu mami - Me giré de golpe, pues no esperaba que despertase hoy, ni siquiera que despertase. Mi madre estaba igual de impactada que yo. Me acerqué rápidamente al otro lado de la cama y le cogí la mano. No estaba tan cálida como de costumbre, pero las arrugas me tranquilizaban a pesar de ello. - ¿Cómo estás? - me preguntó con una sonrisa triste, forzosa, cansada. Suspiré y apreté con fuerza su mano, intentando no llorar. Tragué fuerte y recibí a respuesta de mi apretón una leve caricia que me desalentó. - Abu, estoy bien. - mi voz temblaba de manera sobrenatural. Bajé la mirada. Fue su mano fría la que hizo que alzase la mirada. Y me sonrió, incorporándose levemente, poniendo en tensión todos aquellos cables odiosos que la tenían paralizada, al tiempo que con vida. Cogió la cámara y la levantó con esfuerzos, estaba demasiado débil. - Pingüinita, ¿Por qué no nos hace tu madre una foto a las dos juntas? Como aquella que tenemos de cuando eras un bebito - asentí y me quité la cámara del cuello. Mi madre me esperaba con la mano tendida para coger la cámara, con los ojos vidriosos y sin apenas creer lo que estaba ocurriendo. Me senté en el borde de la cama y me recosté despacio, manteniendo en tensión mi abdominal para no dejar caer todo mi peso sobre la almohada. Mi abuela me abrazó por sorpresa, haciendo que contuviese el aliento. Fue entonces cuando se tomó la foto. Mi madre permaneció con la cámara pegada a la cara a pesar de que ya había tomado la foto. Quizá hubiese descubierto un nuevo mundo, más hermoso, a través del objetivo, como yo había hecho tiempo atrás. Pasó un enfermero por la puerta y mi abuela le gritó como pudo - Enfermero, por favor, ven, ven! - el chico entró corriendo, con la respiración agitada, quizá era nuevo y no esperaba enfrentarse con ningún problema en los primeros días. - Disculpa, ¿Podrías hacerme una foto con mi hija y mi nieta? - El enfermero tartamudeó, y terminó por determinar que la haría con un asentimiento inseguro. Mi madre le ofreció la cámara y se puso al otro lado de la cama. Pude escuchar a mi abuela susurrarle al oído palabras bonitas, como 'mi chiquita', 'mi linda niña', 'siempre fuiste, eres y serás', 'la más hermosa', 'mi pequeña flor'. Giré mi cabeza para intentar captar mejor lo que le decía, sentía que aquellas palabras también eran para mí. Y en esa posición nos retrató el enfermero, yo mirando a mi abuela, mi abuela hablándole a mi madre, y ella con las lágrimas regándole aquel huerto de rosas que tenía por mejillas.

Nos marchamos de allí cuando nos echaron los del hospital. Mi madre le prometió volver al día siguiente mientras salíamos por la puerta, entre lloros y besos lanzados al aire. Mi abuela agitaba suavemente la mano medio suspendida en el aire, con expresión de paz en el rostro. Cuando salimos cerró los ojos y respiró profundamente. Mi madre volvía siempre que podía, hasta que cuatro días después, mi abuela falleció, y con ella, la pingüinita que siempre había sido. Enterramos a mis dos abuelos el mismo día. No llevé mi polaroid, me recordaba demasiado a ellos. La guardé en un cajón mientras crecía, me hacía adolescente, avanzaba cursos, sumaba años, sucesos, risas, lloros. Me olvidé de ella durante diez años, y con ella, me olvidé de todo lo que implicaba poco a poco, creciendo en una burbuja que yo me afanaba por no pinchar. Me convertí en la hija modelo para una madre destrozada desde aquel día de marzo. Fui la hija perfecta, sin sueños ni utopías, la niña perfecta ante los ojos de mi madre, durante diez años.

domingo, 13 de marzo de 2011

Mi primer marzo 1.1

- Seis años después -

Fue un quince de marzo, frío, nublado, del color de la tristeza hiriente. Tenía once años por entonces, y todavía mis tardes estaban inundadas de inocencia y niñez. Hacía seis años que había tocado la primera cámara, aquella polaroid que me robó el corazón desde el primer instante que rozó la piel de mis manos. Tras un par de meses de abusar de ella, mis abuelos decidieron que estaría mejor bajo mi cuidado, pues ellos a penas le daban uso. Pasó a ser mi posesión más preciada. Antes de dormir, la observaba durante unos minutos, detalle a detalle, examinando que no tuviese ninguna raya, ningún desperfecto, que estuviese como nueva. Y al despertarme, lo primero que tenía ante mis ojos era de nuevo aquella máquina, la cual alcanzaba al alargar mi brazo. Saber que era mía me provocaba una gran sensación de dependencia. Sentía que debía llevarla constantemente conmigo, cuidarla. Y así lo hacía siempre que tenía tiempo. Así lo hice hasta que tuve que reemplazarla.

Fue un quince de marzo, lluvioso, inestable, sensible. Las calles se inundaban por el agua que caía imparable de las nubes, mojándolo todo sin remordimientos. Era festivo, y mis abuelos iban a venir a comer a mi casa. Tenía pensado regalarles una foto mía, de modo que con mi vestido morado, de falda con vuelo y un pequeño dibujo blanco a la altura de la cintura (regalado por mi abuela) me dirigí hacia el cuarto de mis padres, el único lugar de la casa donde había espejo completo. Faltaba poco para que llegasen y debía darme prisa. Me coloqué delante del espejo, aunque no me convencía hacerle una foto a mi reflejo. Sin embargo, quería regalarles una foto mía hecha por mí, de cuerpo entero, para que observasen siempre que quisiesen ese vestido colocado sobre mi cuerpo. Me llevé el objetivo al ojo despacio, saboreando aquel cambio de perspectiva como si fuese un dulce caro y delicioso. En el momento en el que la cámara capturaba mi figura, sonó el teléfono de casa.

Escuchaba a mi madre hablar, quizá tartamudear. Saqué otra foto, intentando que fuese lo más idéntica posible. quería que ambos tuviesen la misma fotografía. Una vez estuvieron las dos hechas, dejé caer la cámara de modo que quedó en suspensión desde mi cuello, y agitando las fotografías suavemente como me había enseñado mi abuelo, fui hacia la cocina, donde estaba mi madre. Cuando entré la encontré con la cara tapada por las manos y el teléfono al lado. No oía ningún ruido, y ahora que lo recapacito se me encoge el alma al pensar en el silencio sepulcral que escondía sus lágrimas y lloros - Mira mama, se las voy a regalar a los abus - le tendí las fotos con una sonrisa dibujada en la cara.

Entonces ella levantó el rostro, con una serenidad que me transmitió una tormenta de sentimientos que no entendí. Y sentí miedo, confusión. Cogí, en un impulso irracional, mi cámara, como queriendo protegerla de un desastre mundial. Mi madre se pasó las manos por sus ojos, lentamente, arrastrando las lágrimas de modo que las espinas que estas tenían pudiesen clavarse a gusto en su piel, y hacerle daño. Noté su dolor en aquel momento, porque algo a mí también me dolía. Dejé las fotos en la mesa, y por primera vez en seis años, dejé, con la luz del día reinando en mi realidad, la cámara en la mesa, separándola de mí, para abrazar a mi madre. - Mami no llores. Si quieres te puedo hacer una foto a ti. Con lo guapa que eres, les gustará mucho a los abus - dije convencida. Por primera vez en mi vida, vi, escuché, sentí llorar a mi madre. Y mi corazón se encogió hasta que me dolió la reducción de tamaño. Me apretaba el tejido de la tensión que acumulaba su contracción, y una lágrima comenzó a nacer en mis ojos. Fue entonces cuando dejé de abrazar a mi madre, para pasar a que me abrazase ella. Unos instantes después se separó de mí, desviando la mirada y sorbiendo los mocos. Cuando dirigió de nuevo su mirada a la mía, vi en su pupila una mujer descompuesta, rota, intentando fingir un muro indestructible que acababa de ser derribado. Vi su necesidad de mantenerse fuerte conmigo, de hablar con mi padre, de caer en sus brazos y que él la meciese como siempre hacía cuando ella se encontraba mal.

Se secó las lágrimas rápido, y me sonrió como pudo. Fue la sonrisa más triste que jamás había podido ver hasta entonces. La verdad es que a lo largo de mi vida he visto muchas sonrisas tristes, pero ninguna me dolió tanto como la suya. Era la sonrisa que surgía de la necesidad de recomponerse de manera inmediata a algo desmesuradamente doloroso - Alma... - me puso las manos en los hombros, y yo no entendía nada - Los abuelos no van a venir... - notaba la duda en su voz. Se callaba más de lo que decía. La miré, conectando sus pupilas con las mías, hasta el punto en el que estuve segura que con solo mirarla entendió que quería una explicación - Acaban de tener un accidente con el coche y... - Hizo una pausa mientras observaba mi reacción. O quizá la ausencia de tal. La palabra accidente precediendo a coche hizo que evocase todas aquellas imágenes de las noticias, accidentes mortales, en carreras de coches o en una simple carretera de un pueblo, todo ellos terribles, desastrosos, mortales, y siempre descritos con esas dos palabras.

- Tengo que ir al hospital - terminó por decir sin querer aclararme nada. - La abu está allí. Te dejaré en casa de la vecina y cuando hable con los médicos vendré a por ti - volvió a sorberse los mocos mientras se levantaba y dirigía hacia el vestíbulo a por su abrigo. Había dicho que mi abuela estaba allí. Pero no había dicho nada de mi abuelo. - Mamá, quiero ir contigo - dije con tono serio, guardándome las fotos en un bolsito que llevaba siempre conmigo para poder guardar la cámara en cualquier momento, con el máximo cuidado posible - quiero verlos - mi voz me sorprendió. No tenía matices de niña en aquel momento. Si no fuese porque estaba oyendo las mismas palabras que tendrían que salir de mi boca, habría jurado que hablaba otra persona.

En lo más profundo de mi condición humana sabía lo que había pasado, lo que estaba pasando, y posiblemente lo que pasaría, pero me negaba a reconocerlo. Quería verlos, y descubrir que no había pasado nada, que todo volvería a su cauce normal en una o dos semanas. Mi madre se quedó quieta en el vestíbulo, sin saber bien qué hacer, hasta que al final sacó del armario mi chaqueta de los días de frío, de color rojo, mi color favorito. Me tendió el móvil - llama a tu padre y dile que vamos al hospital - dijo seria mientras caminaba hacia el coche. En su voz no había ni un ápice de sensibilidad, sencillamente objetividad, pues se debatía todavía entre llevarme o dejarme. Antes de que se decantase por la opción de marchar sola, fui al coche y me subí en el asiento del copiloto, dejándola atrás mientras caminaba hacia el vehículo. Una vez dentro, llamé a mi padre. No supe explicarle nada, y para cuando mi madre entró en el coche yo ya había colgado.

El trayecto hasta el hospital lo hicimos en absoluto silencio. Mi madre intentaba contenerse las lágrimas, evitar echarse a llorar y tener que parar para desfogarse. Yo intentaba concederle una cierta intimidad en su tristeza mirando el agua que resbalaba por la ventanilla. En estado de incredulidad, lo mejor que podía hacer era olvidarme de la realidad y mirar carreras de gotas. Mi madre estaba destrozada por algo que no me atrevía a concebir aunque lo sabía. Como también sabía que lo mejor era no pensar.