viernes, 11 de marzo de 2011

Prólogo.

¿Sabéis lo que es tener un sueño? ¿Algo por lo que luchar cada día? ¿Que te hace saborear la vida? ¿Que deseas sobre todas las cosas, y que darías todo por conseguirlo? Quien más, quien menos, tiene algo por lo que seguir, algo que conseguir, a corto o largo plazo. A veces ese sueño es coherente con nosotros, con nuestra personalidad, nuestra manera de ver el mundo, de comportarnos. Otras veces ese sueño escapa a nuestra cotidianidad, se escapa de los parámetros que hemos establecido socialmente para nosotros, y nos eleva a un séptimo cielo en el cual algo o todo es diferente a aquí abajo. Es algo etéreo que, lo sepamos o no, nos mueve a actuar, nos hace reaccionar, elegir una cosa u otra. Reflexionad, unos instantes, tomaos vuestro tiempo. Mirad fuera, al cielo... ¿nublado? ¿Despejado? ¿Calor? ¿Frío? ¿Cuál es vuestro sueño? No tenéis por qué decirlo, tan solo pensadlo. ¿No sonreís cuando pensáis en él? ¿Cuando os imagináis realizándolo? Si consigue arrancaros una expresión de emoción en vuestras caras de reflexión, es un deseo, un sueño.

La primera cámara que tuve entre mis manos fue una Polaroid de mis abuelos. Me la dejaron entre mis pequeñas y escurridizas manos cuando había alcanzado la tierna edad de cinco años. Y me quedé allí, observándola en silencio. Maravillada por las formas, por lo nuevo de aquel objeto que en nada se parecía a lo que yo utilizaba para jugar. Era un juguete de mayores, y estaba en mis manos. Os puedo asegurar que jamás me sentí tan poderosa como cuando tuve ese artefacto entre mis manos. Temblaba sin saber lo que hacer. Las arrugadas manos de mi abuela colocaron la cinta de seguridad en torno a mi delicado cuello mientras seguía paralizada de la emoción. Fue entonces cuando, sin saberlo, estaba naciendo mi sueño.
Me moví por fin cuando sentí que ya no corría peligro aquella maravilla. La tomé entre mis manos como hacían mis abuelos y me la acerqué a los ojos. A través de aquel objetivo, mi realidad se distorsionó hasta alcanzar un nivel de perfección y hermosura que jamás logré alcanzar si no miraba a través de él. Me giré lentamente, observando mi entorno con aquel filtro de fantasía, hasta que di con mi familia. En aquel momento me enamoré del ser humano a través de un cristal. - Vamos! haz la foto, pingüinita - me presionaban. Instintivamente llevé mi dedo hasta el botón indicado. Clik. Con ese sonido, además de haberme enamorado en 30 segundos del ser humano, me había enamorado de la fotografía.

Separé la cámara de mi rostro y con cuidado la dejé en suspensión, dependiente de mi cuello. Sentir el peso del aparato me hacía sentir grande. Cogí la foto antes de que se callese. Y me quedé mirándola fijamente, notando cómo por mi boca abierta corría el aire a su antojo. No me atrevía ni a respirar por la nariz. Se fueron dibujando las formas, y con ellas, mis ojos fueron abriéndose más y más. Estaba teniendo lugar ante mi rostro un espectáculo de magia del cual me sigo maravillando hoy. - ¿Cómo ha salido, pingüinita? ¿Salimos bonitos? - me preguntaba mi abuela. Había cogido la manía de llamarme pingüinita por como andaba cuando llevaba pañales. Fui siempre su pingüinita desde mi nacimiento hasta su muerte.
Asentí sin dejar de mirar la foto hasta que me la arrancaron de mis manos, como si me arrancasen un pedazo de alma. Alababan mi capacidad innata para la fotografía. ¿Y yo qué sabía de eso? Con cinco años, lo único que sabía es que quería salir a la calle, con mis amigos, y hacer mil fotos, una tras otra, sin parar. Quería guardar el día en aquellos papelitos mágicos, y que apareciesen ante mí cuando lo pidiese.

1 comentario:

  1. Me gusta como escribes :)

    Te sigo! :)
    Ya iré leyendo por aquí cuando termine de todo el lio de exámenes, selectividad y todas esas cosas que me traen tan de cabeza :)

    Un beso!

    ResponderEliminar