Los siguientes días los pasé como solía pasarlos antes de conocer a Juliette. Iba de casa a la universidad, de la universidad a casa, y en medio, la biblioteca era mi segundo hogar. Las palabras me parecían estúpidas, y cuando no tomaba apuntes, me permitía una regresión al pasado, a mi portal, a sus labios. Era mi refugio cuando me aburría, cuando me sentía cansada. Mis padres salían y entraban de casa sin que yo me percatase. Seguía viviendo casi sola. Era la vida de antaño, la vida de soledad que tanto me había gustado y que ahora comenzaba a parecerme vacía de sentido, de vida. El ambiente que me rodeaba era frío, y comenzó a parecerme una obsesión casi insana el recuerdo del beso. El primer beso. MI primer beso. 

Traté de eludir a Juliette y todo lo que hiciese referencia a ella. No quería descentrarme, perderme como persona. No quería pensar en Marcos. No quería pensar en nada. Y aun así, me era imposible obviarlo. ¿Por qué? ¿Por qué? En qué momento había elegido el cambio. En qué lugar había decidido escoger la desviación a mi camino principal. Un corto sendero, unos pocos pasos, y al mirar atrás no era capaz de encontrar el sendero en sentido inverso de vuelta a mi vida. Sin embargo, seguía siendo quien era, seguía mostrándome al mundo como hace poco tiempo, nadie veía el cambio, porque nadie me veía. Sin embargo, podía notar en el rincón de mi corazón, bajo la válvula tricúspide, un pequeño color negro teñirme una pequeña porción del tejido cardíaco.
Duré tan solo tres días escapando de la pelirroja, de sus garras, sus miradas, sus palabras. Cuando ella venía hacia mí, yo conseguía escapar. Cuando me gritaba, yo desaparecía tras una puerta, por otro pasillo, huía, sin embargo, ese día no pude escapar, no tuve opción a enfrentarme al cambio, a sus ojos, al beso, no tuve opción de enfrentarme a la vida, a Juliette.
Eran las dos de la tarde y acababa de salir de clase. Cogí la misma ruta de siempre para llegar al coche sin que Juliette me encontrase. Al paso me salió de un aula aquella pelirroja, con su pelo suelto, su sonrisa desenvuelta, sola. Enrojecí. Ella olió mi vergüenza, sabía que pasaba por ahí, me había estado esperando. Le sonreí cordial. Me devolvió la sonrisa, no parecía que fuese a dejarme pasar impune. Estaba de pie, quieta, y yo también me paré.
-Hombre! Alma!
-Hola Juliette – la miré a los ojos, me daba vergüenza que me leyese el alma, que leyese que me había besado con su amigo, que me había gustado. ¿Por qué? No lo sabía, pero no podía evitar sentir desasosiego.
-¿Qué tal estás? – se acercó a mí.
-Bien…- caminé hacia atrás, tanta distancia como pasos recorrió Juliette. - ¿Y tú?
-Oh, yo bien. Aunque algo preocupada porque una conocida mía no hace más que eludirme y esas cosas – me costó aguantarle la mirada mientras clavaba su pupila en mi pupila, pero conseguí mantener el reto. - ¿Por qué me huyes?
-¿yo?
-Sí. Y no me digas que no lo haces.
-Yo…
-Tú, tú, tú. – se sonrió y de nuevo avanzó hacia mí. Esta vez me mantuve inmóvil – No te preocupes, se que Marcos te besó, y que tú le respondiste. – palidecí, lo supe porque el corazón dejó de bombear sangre hasta mi cabeza. Incluso me mareé. Ella también lo supo, supo que era cierto lo que acababa de inventarse, supo que me avergonzaba de que lo supiese, y supo que me estaba quedando sin aire. – Pero no te preocupes, no voy a decírselo a nadie – Me guiñó un ojo, haciéndome sentir como una niña, una inmadura, una estúpida. La miré con falso agradecimiento. Que ella lo supiese ya era para mí todo el bochorno que podía soportar. Me sentía avergonzada por mí misma. Incluso podría decirse que decepcionada. Lo que no podría decirse, por que lo negaría siempre, era que me gustaba esa sensación de haber infringido las reglas, de haberme dejado llevar mínimamente por mis impulsos, por lo que de veras quería.
-¿Te importa?
-¿A mí? Qué va. No estoy saliendo con él – pero sus ojos no parecían decir lo mismo. Había resquemor, había envidia, dolor, tristeza, en aquellas pupilas que se escondían en su propia oscuridad para no encontrarlas reveladoras. Por una vez, decidí fingir que creía a su voz, a lo que ella quería que yo creyese. Le sonreí inocente, y su expresión cambió rápida a una sonrisa sencilla - ¿Te apetece salir a dar una vuelta esta tarde? - Me sentía animada tras esta pequeña charla, incluso me apetecía salir con ella.
-Claro, por qué no. – Hasta Juliette se sorprendió de mi respuesta tan contundente. No había dudado al contestar y eso quizá la confundió. Tardó un par de segundos en contestar, y sin embargo, parecía tan natural que llegué a olvidar ese silencio de sorpresa.
-¿Paso a por ti esta tarde?
-Vale. ¿Dónde vamos a ir?
-Será sorpresa. Tenías cámara de fotos, no?– esta vez fui yo la que me quedé estupefacta. No recordaba aquella cámara que había dejado abandonada en un cajón, ni tampoco recordaba que la primera vez que había visto a Juliette había sido en aquella salida a callejear en una neura radical que me había surgido de la nada. Asentí – Cógela, por si acaso. Yo cogeré mi cámara también.
-Vale. ¿Pasas a las cinco?
-Por ejemplo. Ponte guapa, ¿vale?
-Vale – giró sobre sus talones y echó a andar en sentido contrario al que yo debía seguir para llegar al coche. Estaba bastante aturdida. Había pasado de evitar a toda costa a Juliette a haber quedado con ella para esta tarde, sin saber exactamente qué iba hacer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario