viernes, 9 de septiembre de 2011

Una huída hacia delante. 12.1

Pasamos todos un buen rato en silencio. Aquello era un vacío incómodo, pero inevitable. Solo el ruido del motor y el aire pasando fugaz entre nosotros rompían aquel ambiente hostil amenizándolo con su rugido suave en nuestros oídos. Más de una vez intenté conversar con Juliette, o con Marcos, pero las miradas, el silencio, nos echaba hacia atrás, nos retraían y cohibían. Nosotros mismos nos partíamos en silencio en reproches oculares.
-Alma, te importa si en vez de dejarte en tu portal, te dejo un par de calles más allá? – Juliette rompió el silencio de una vez por todas. La miré sin saber qué decir – Estarás a cinco minutos de tu casa, no más.
-Ah, claro, claro, no importa – dije, con una pequeña sonrisa dibujándose en mis labios.
-Yo me bajo con ella – miré de golpe a Marcos, sorprendida. Él me miró – si no te importa.
-No, no me importa, tranquilo. – Juliette nos miró preocupada a través del retrovisor. Buscó contacto visual con Marcos, pero él no se lo otorgó Como si la castigase, como si quisiese hacerla pagar por aquel beso que habíamos visto en la playa. ¿No era él tan abierto? Si la amaba ¿por qué no se lo había dicho y se evitaba aquel sufrimiento? Quizá si Juliette supiese lo que él sentía por ella, trataría de moderarse cuando estuviese con él, o quizá terminasen juntos, como un precioso cuento de hadas en el que el príncipe y la princesa comen perdices… Cuando lo pensé, un pinchazo de envidia me oprimió el estómago. Lo dejé salir con un suspiro, y una débil sonrisa para fingir que no pensaba en cosas importantes. El ambiente volvió a cerrarse en una burbuja asfixiante que nos cerraba el paso de oxígeno haciéndonos jadear por dentro mientras por fuera, nuestros poros exudaban la necesidad de salir corriendo de allí.

Tardamos más de lo que yo habría querido en llegar al destino propuesto. Me bajé del coche y un segundo después Marcos también se bajó. Me quedé mirando a Juliette con intención de despedirme, pero las palabras se aglutinaron en mi boca de manera desordenada, sin conseguir salir. Me encogí de hombros y me di la vuelta para comenzar a andar. Ni siquiera esperé a que ella dijese algo, o a que se fuesen. Noté su mirada en mi espalda, como si Juliette sí que esperase algo de mí más allá que el irme, pero preferí no hacerle caso. Por fin escuché al dar cuatro pasos el ruido de unas ruedas acelerando sin compasión sobre el asfalto, queriendo dejar atrás la incomodidad, el desasosiego. Marcos se puso a mi lado al caminar, y como Juliette, no dijo nada. Parecía esperar a que yo dijese algo. No parecía saber que era bastante negada en las relaciones interpersonales. Aun así, me esforcé, notaba la incomodidad, me molestaba, no la quería cerca de mí.
-¿No te pilla esto muy lejos de casa? – fue la única pregunta coherente que me salió de la cabeza, y ni siquiera me molesté en mirarlo cuando pronuncié cada sílaba. Mantuve la mirada al frente, la cabeza bien alta. Por el contrario, noté su mirada en mi sien, perforándome la cabeza, intentando leer lo que pasa por mis neuronas.
-No me importa caminar – contestó de manera que no daba más pie a una conversación que podría haber nacido. Sentí la frustración de aquel intento muy cerca, y una vez más el silencio se apoderó de aquella atmósfera, envenenándola lentamente de pensamientos que divergían. – Te explicaría lo que siento en estos momentos, Alma. Te haría partícipe de mi rabia, de mi miedo, de mis ansias, de mis necesidades, de verdad que lo haría, pero para eso necesitaría que alguna vez en tu vida te hubieses enamorado, mínimamente. Y tú misma has dicho que no lo has hecho. Si no partimos de esa base, no puedo explicarte nada, de verdad. Puedo intentarlo, pero no lo entenderías – fue como si un dispositivo se encendiese en su cabeza, como si algo le dijese que estaba mal lo que había dicho, que por algún extraño motivo yo me merecía una explicación, aunque no la hubiese pedido.
- Hazlo, no te prometo nada, pero te sorprenderías de mi capacidad de comprensión.- me miró escéptico, yo le miré segura y firme. Quizá fue eso lo que le convenció para hablar.

Posiblemente me omitiese detalles, se olvidasen momentos y las palabras en algún momento fuesen equivocadas, pero cuando comenzó a hablarme sobre el amor aminoré el paso de modo que pude retrasar la llegada a mi casa todo lo que los sentimientos de un hombre explicados como si fuesen poemas pudiesen durar en se contados. Me empezó a hablar de las mariposas en el estómago, como nauseas que gustan a la vez que molestan, la chispa de inocencia en las pupilas de los enamorados que se regalan con solo establece contacto visual, las sonrisas tontas que se te escapan cuando viajas en autobús y vas mirando por la ventanilla, los acelerones que sufren las pulsaciones del corazón cuando las pieles se rozan, cuando las palabras se entrecruzan, cuando lo pierdes de vista. Me contó que vivía enamorado de la vida, que amaba a Juliette casi tanto como a la vida, pero comprendía que la monogamia era un sacrificio por el que él mismo no pensaba pasar. Me contó que en su corazón cabían muchos amores tan intensos como el de Juliette. Me contó que los besos son sellos de amor, y que cada beso para él era una palabra, una frase no dicha, que se pasaba de boca en boca en secreto, sin que el mundo se entere, pasando a ser solo de los dos confidentes que han decidido compartirla. Confieso que poco a poco me enamoré de aquella historia del amor, de aquel sentimiento que era tan nuevo como compartir momentos con un hombre que no le importaba mostrarse débil.

1 comentario:

  1. Me encanta como escribes, en serio ^^
    Y Marcos es genial... Sigo esperando a que Alma "despierte" y empiece a rebelarse cada vez más contra su vida cuadriculada :)
    ¡Un beso!

    ResponderEliminar