-Mira, ya estás sintiendo algo. Rabia.
-¿Eso es lo que piensas decirme?
-¿Quieres que me disculpe?
-Pues sí. Eso no era una pregunta educada y exijo una disculpa.
-Perdóneme usted, pensaba que debido a su inmensa madurez mental sería capaz de tratar el tema con una madurez adecuada y no se exaltaría ante preguntas referentes a un acto natural de reproducción que responde a nuestros impulsos – la mire confundida ante aquella muestra de dominio de la lengua de una manera improvisada, como si me sorprendiese que fuese capaz de formular una frase con tono y vocabulario culto más allá del empleado de normal. Y me dejó sin palabras, anonadada, ojiplática. - ¿Te sorprendes de mi léxico? ¿De mi capacidad verbal? ¿De mi labia? – me guiñó un ojo. Tenía razón.
-Está bien, pero que lo preguntes así me parece una falta de respeto muy grande.
-¿Y cómo lo pregunto? ¿Has realizado alguna vez el coito? – me reí, no pude evitarlo, y con aquella risa salió por mi boca adherido al aire toda la tensión acumulada en un solo instante sin un motivo realmente sostenible más que la indignación momentánea por su manera de expresarse.
-Aun así, no entiendo por qué me lo preguntas.
-Simple curiosidad. Es por comprobar una cosa.
-¿El qué?
-Yo he preguntado antes.
-Vale, pues no, no me he acostado nunca con nadie.
-Lo sabía.
-¿Qué sabías? ¿qué querías comprobar? – le grité mientras echaba a correr por la orilla del mar, persiguiéndolo mientras se reía. – Eeeeeeeeh! Espera! que yo no corro tanto! – y cambió de dirección, echando a correr hacia mí, y en consecuencia, yo también me giré. Huía. Escuchaba sus pisadas. Sus zancadas. Gritaba. Corría. Más, más, más. Una mano. Presión hacia atrás. Me tuvo cogida en menos de lo que yo esperaba. Me elevó con solo un brazo, y después con el otro. Los dos a la vez. Y grité. Admito que también me reí. – Para, para! – me bajó al suelo después de dar vueltas y correr cargando conmigo, mientras yo parecía volar sujetada por su fuerza. Me abrazó, y yo sin saber por qué, le abracé. Acercó su boca a mi oído.
-Me perdonas, entonces?
-Claro.
-Gracias – se calló y me dio el último apretujón, que servía de punto y final a aquel abrazo, aunque algo en mí me pedía que no separase su cuerpo del mío, y que siguiese hablándome al oído. Me había gustado que se me erizase el vello del cuello por sus palabras aterciopeladas que, aunque escasas, habían conseguido provocarme algo que no entendía, más allá de las reacciones químicas que me sabía de memoria. Y se separó. Mi piel lo llamó a gritos. – Venga, vayamos rápido que a este paso no llegamos nunca al chiringuito.
-¿Sabes qué? Da igual el agua. Me aguantaré, volvamos.
-Pero si estamos a mitad de camino…
-Da igual, no quiero agua. – me miró a los ojos alzando una ceja – de verdad, no importa.
-Está bien – dijo algo confuso. Y echó a caminar en dirección al origen, a mi lado. De nuevo se hizo el silencio entre ambos por un corto lapso de tiempo hasta que Marcus no pudo soportar más el caminar con el simple sonido del agua azotándonos las piernas, hecho que en cierto modo le agradecí, aunque el sonido del mar fuese gratificante. – Creo que has dicho lo del agua solo para separarme de Juliette y Andreu y así poder violarme. Lo que no me cuadra es que todavía no me hayas violado – le miré con cara de misterio.
-La gracia está en cogerte por sorpresa – dije encogiéndome de hombros, volviendo a mirar al frente mientras me dibujaba una media sonrisa en el perfil que estaba oculto a su visión. Y aceleré el paso para poder reírme en silencio a gusto. Él decidió acelerar también, y me vio reir, aunque me pusiese seria en cuanto me percaté de su presencia a mi lado de nuevo.
-¡Já! Te has reído.
-No es cierto.
-Sí que lo es.
-¡No! – y eché a correr. Esta vez, Marcos me dejó ventaja, tanta ventaja que no llegó a cogerme en toda la carrera hasta nuestro pequeño picnic. – No me mires el culo! – le grité un par de veces, a lo que él solo se reía. No se si significaba que me lo seguiría mirando o que no lo miraba en ningún momento, pero no me importó. Yo solo seguí corriendo hasta que estuve cerca del lugar de origen.
Me paré en seco cuando distinguí a Juliette y a Andreu. Se besaban. Sentados uno junto al otro. Sus manos en sus pelos y caderas. Sin importarles nada más. Era precioso. Y me sonreí, tapándome la boca. Sin embargo, cuando Marcos llegó a mi lado, no quedó igual de maravillado que yo por el ambiente tan íntimo y especial de la escena. Es más, parecía molestarle, pues cuando dirigí mi mirada hacia su rostro buscando la complicidad de quienes han comprendido minimamente el significado de una obra de arte abstracta, su mandíbula estaba apretada, en tensión. Carraspeó. Los amantes se separaron. Yo seguí con mi sonrisa. Me miraron primero a mí, algo avergonzados. No miraron a Marcos. No entendí la situación.
-Habéis tardado mucho. – La voz de Juliette era casi la de una disculpa.
-No parece que os haya importado – inquirió agresivo Marcos. Se hizo el silencio, y nadie más volvió a mencionar el tema. Pasamos media hora más sentados. Juliette y Andreu miraban a todas partes menos a cualquiera de nuestros rostros, y Marcos intentaba hablarme de manera normal, y por no contradecirle, aceptaba los vasos de cerveza que me iba tendiendo, hasta que a la de tres no pude más y lo rechacé. Entonces, se calló, haciendo que el ambiente se volviese casi insoportable. Era un silencio pesado, de castigo, que aunque no pretendía incluirme, me veía afectada como daño colateral, entre aquel regusto amargo que ahora me hacía tener ganas de reír, y el silencio y tristeza de no poder hacerlo acompañada, o quizá de no poder hacerlo por el simple hecho de que no era el momento ni el lugar indicado, aunque mi razón fuese incapaz de explicarme por qué no lo eran.
-Creo que es hora de irnos.
- Crees bien.
Y en efecto, en escasos minutos todos los objetos estaban ya en el maletero. El viaje se hizo en silencio, aunque pude advertir por el retrovisor cómo los amantes se intercambiaban miradas que poco decían de puro amor, y palabras mudas de diversión. Por el contrario, cuando miraba a Marcos para intentar mantener una conversación, no encontraba más que su espalda en mi dirección, y un aura de resentimiento hacia el mundo en la cual no me atrevía a adentrarme.
Fue un viaje aburrido, copado por la música alternativa de una radio que no conocía, pero que amenizaba aquel ambiente enrarecido. Miré el paisaje y me puse a recordar el día. Después de todo, quizá en Marcos hubiese algún Romeo, aunque no parecía estar hecho para esta Julieta. Sobre todo porque sus ojos, por lo que pude ver, pertenecían a una Julieta más francesa. A Juliette. Me resigné, había vivido perfectamente estos años, y no necesitaba a nadie más para seguir viviendo. ¿O no? No sabía diferenciar la coraza de la realidad, y me preocupaba.
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