viernes, 9 de septiembre de 2011

Una huida hacia delante. 12.2

- ¿Has entendido lo que te he dicho? ¿Aunque no lo hayas sentido? – me dolió aquella última pregunta. Era como si no fuera humana, como si fuese incapaz de sentir. Aquel pinchazo fue la respuesta a la pregunta.
- Sí – contesté sin explayarme.
-Aunque no crea en la monogamia, quiero a Juliette. Es abierta, es divertida, desinhibida. Es quizá por ello por lo que debí saber que no debía encapricharme con ella – no supe exactamente qué era lo que sentí con aquellas palabras. Después de mucho tiempo, echo la mirada atrás y se que era envidia lo que hervía por mis venas aquella sangre que parecía ser fría a ojos del mundo. - ¿Sabes qué?
-Dime
– tenía la mirada fija al suelo, las manos en los bolsillos, y caminaba solo por inercia. Recuerdo que pensaba en la soledad y el amor, en cómo estaba tan cerca de una como lejos de la otra, y notaba despertar esa parte más humana que había dejado apartada a cambio de ser el orgullo de mis padres. Estaba volviendo a nacer en aquel momento, y supuse que, como si fuese un parto verdadero, tardaría en madurar aquel feto emocional que parecía salir de mí.
-Creo que no eres tan fría como aparentas. Que tienes mucho amor dentro, contenido. – me paré en seco. Él se paró, se puso frente a mí, cara a cara – creo que me gustas – me sonrió y me puso una mano en la mejilla. Se fue acercando, mirándome a los ojos, lento, muy lento, como si no quisiese asustar a la presa que iba a cazar. Mi única respuesta fue quitar su mano de mi rostro y soltarlo con fuerza hacia el vacío, me eché hacia atrás.
- ¿Cómo eres capaz de decirme eso después de haberme contado que quieres a Juliette?
-También te he dicho que no creo en la monogamia.
-Ya, pero yo sí.
-¿En serio?
-Quizá. Pero eso no evita que me sienta como un segundo plato. Además de conocernos de un día.
-Por eso mismo, porque nos conocemos de un día, no te pido amor eterno. Solo te digo que CREO que me gustas
– fue ese verbo, esa duda que ofrecía, la que creó confusión en mi interior hasta el punto de relajarme, porque no sabía qué sentir.

La conversación la zanjé ahí, y retomé la marcha hacia mi casa, acelerando el paso. Marcos iba detrás de mí, implorándome de vez en cuando que parase, que no habíamos terminado. Yo no lo creí así, e ignoré sus peticiones.

Saqué las llaves de mi bolsillo unos segundos antes de llegar a mi portal con la intención de abrir rápidamente y entrar antes de que Marcos tuviese tiempo de alcanzarme, frenarme, hablarme con su voz de bohemio seductor. Pero él también se percató, y antes de entrar al portal él ya me había alcanzado.
Me giré de golpe con la intención de gritarle, y me encontré de frente con su pecho. Sus brazos, a ambos lados de mi cuerpo no hacían más que arrinconarme, y su cuerpo me instaba a que anduviese hacia atrás hasta que mi espalda se topó con la puerta. Tragué saliva, y en aquel momento me pareció obscenamente sonoro.
-No se qué es de ti. Tu rectitud. Tu decoro. Tu orgullo. Tu razón. Ese corazón que oigo palpitar aunque quieras esconderlo… No se qué es, pero me gusta.
-No haces más que decir tonterías.
-Es posible. Pero son ciertas.
– volví a tragar saliva. Parecía que mi garganta se había propuesto llevar a cabo unos cuantos recitales en vez de silenciarse – Déjame conocerte. Déjame que me olvide del mundo, de Juliette. Déjate hacerme olvidar. – me temblaba el labio inferior. Lo supe porque Marcos lo frenó con su dedo. Suave, cálido. Sabía que me miraba la boca por que yo miraba sus ojos, me perdía en ellos, como me perdía en sus palabras, como me perdía en su olor que, de la proximidad de nuestros cuerpos, me envolvía sin compasión y me hacía no querer parar de respirar.
-Marcos, yo no soy así…
-No sabes que lo eres.
-Llevo muchos años viviendo conmigo.
-Eso no era vivir. Déjame que te enseñe la vida.
-Marcos, no…
- bajó una mano a mi cintura, lentamente, casi no me di cuenta hasta que se posó en mi ropa, hasta que el calor que desprendía penetró aquella tela fina y chocó con el invierno que había en mi piel. Aguanté la respiración. Se acercó a mí. Pretendí echarme hacia atrás, pero no pude, aunque en el fondo, tampoco quise, la puerta me frenaba. Puse una mano en su pecho, un límite que eliminó al quitar su mano de mi rostro y ponerla sobre la mía. La condujo hasta su hombro, después fue ella sola, como si se supiese el camino de memoria, como si supiese lo que había que hacer, lo que iba a venir ahora. Le habría rogado que me dijese al oído todo lo que sabía, porque yo vivía desconocida.
-Un beso.
-Marcos…
-Solo uno.
-Marcos yo no…
-No me importa.
– Se acercó lentamente. Sus ojos iban de su boca a los míos, se paseaban, se entretenían con mi nariz, y volvían a moverse. Los míos se fueron cerrando, mi cerebro no quería ver lo que pasaba, no hacía más que decirme que escapase, que le pegase, que huyese de ese mundo, de esa compañía, pero sin saberlo acababa de descubrir que aquella barrera que la cabeza imponía sobre el corazón era fácilmente rompible, y que con el mismo uso de la cabeza podía derrotarla. La fuerza de voluntad se me escapaba a montones por la nariz, con cada respiración. Mientras mis párpados caídos se negaban a mostrarme la imagen que a cámara lenta se sucedía en el exterior de mi cuerpo, mi boca no paraba de repetir las mismas palabras, una y otra vez, bajo las órdenes de un cerebro roto por la desobediencia de un cuerpo que solo anhelaba actuar acorde a lo que quería, no a lo que debía querer.
-Marcos… No,… por favor… Marcos… - ni siquiera sentía lo que decía, no lo sabía, porque una pequeña batalla se libraba en mi interior, y esas palabras no eran más que el coro del bando vencido que pretendía herir hasta el último momento, hasta que tuviese que retirarse a favor del vencedor. ¿Quién era el vencedor? ¿Por qué no lo había conocido? El vencedor era aquella parte de mí, oculta, un pequeño resquicio de sentimiento que había permanecido ahogado en las entrañas de un corazón amurallado, frío, congelado. El vencedor era el deseo, la libertad, era romper con lo que hasta ahora era mi vida. Y aunque fue solo una pequeña parte, un centímetro de anhelo el que asomó por mi alma, fue capaz de romper las defensas de una vida dedicada a la huida de lo humano, de lo que debilitaba. El vencedor era aquel elemento oculto. Era sed, era hambre. Me entregué al pequeño resquicio del vencedor.
Y me besó.
En los labios.
Besó los labios.
Se separó.
Abrí los ojos. Su nariz junto a la mía. Sus ojos abiertos también. Mirándome. Estaba aturdida, descolocada, quizá asustada. Imaginé a Blancanieves, imaginé a la Bella Durmiente. Imaginé a Julieta rota en los brazos de Romeo, y al revés.
-¿Tienes miedo?
-¿De qué?
-Del beso.
-No.
- mentí
-¿Puedo repetir?
-No.
–mentí.
-Quieres que me vaya.
-Por favor
– mentí.
-¿Puedo volver a verte?
-No
– mentí.
-No te librarás de mí.
-Ojalá
– mentí.
Se separó de mí y sonrió. Fue rápido al intentar volver a besarme, pero más rápida fui yo al girar la cabeza hacia un lado. De nuevo los muros se habían reestablecido, pero la grieta estaba hecha, y me dolió todo el cuerpo cuando sus labios solo rozaron mi mejilla. Lo controlé.

Esperé frente a la puerta a que se marchase. Recé por que dedicase una última mirada hacia atrás, pero no lo hizo, nunca. Se fue, caminando, con los brazos dejados caer, muertos, cansados. Iba envuelto en una manta de victoria, y aunque no lo pude ver, sabía que en su rostro una enorme sonrisa decoraba aquellos ojos en los que me podría perder mil vidas.

Cuando desapareció, entré en casa, y lo primero que hice fue mirarme en el espejo, sabía que mis padres estaban en casa. Mi boca parecía brillar, rojo fosforescente, y mi nariz daba la impresión de medir kilómetros por mentir. Me acaricié los labios, todavía tenían su calor, brillaban por el roce. ¿Por qué pasaba? Sonreí sin más y entré del todo en la casa.

-¿Dónde has estado? – preguntó mi padre. Nada sobre mis labios, nada sobre mi nariz. Nada sobre el monstruo desatado en mi interior. Para él todo seguía igual.
-Me agobié y salí a dar una vuelta – contesté. Ni rastro del vencedor, todo muro, todo frío, ladrillos, cemento, soledad.
-Ah. Si quieres comer algo hay sobras en la nevera – se giró, dejó de mirarme.
-No tengo hambre – silencio - ¿Y mamá?
-Tenía que trabajar hasta tarde, no creo que la veas llegar
- ¿Por qué era tan frío? ¿Por qué era tan distante? Yo tenía recuerdos suyos riendo, recuerdos felices. ¿Por qué era una estatua? ¿Por qué su interior era gélido? Era una estatua de hielo.

Me fui a mi cuarto, cerré la puerta por primera vez en mucho tiempo. Tumbada en la cama, con un dedo en los labios, tal como Marcos había hecho, me quedé dormida. Ni siquiera recuerdo si soñé, pero si lo hice, posiblemente fue con aquel beso.

Una huída hacia delante. 12.1

Pasamos todos un buen rato en silencio. Aquello era un vacío incómodo, pero inevitable. Solo el ruido del motor y el aire pasando fugaz entre nosotros rompían aquel ambiente hostil amenizándolo con su rugido suave en nuestros oídos. Más de una vez intenté conversar con Juliette, o con Marcos, pero las miradas, el silencio, nos echaba hacia atrás, nos retraían y cohibían. Nosotros mismos nos partíamos en silencio en reproches oculares.
-Alma, te importa si en vez de dejarte en tu portal, te dejo un par de calles más allá? – Juliette rompió el silencio de una vez por todas. La miré sin saber qué decir – Estarás a cinco minutos de tu casa, no más.
-Ah, claro, claro, no importa – dije, con una pequeña sonrisa dibujándose en mis labios.
-Yo me bajo con ella – miré de golpe a Marcos, sorprendida. Él me miró – si no te importa.
-No, no me importa, tranquilo. – Juliette nos miró preocupada a través del retrovisor. Buscó contacto visual con Marcos, pero él no se lo otorgó Como si la castigase, como si quisiese hacerla pagar por aquel beso que habíamos visto en la playa. ¿No era él tan abierto? Si la amaba ¿por qué no se lo había dicho y se evitaba aquel sufrimiento? Quizá si Juliette supiese lo que él sentía por ella, trataría de moderarse cuando estuviese con él, o quizá terminasen juntos, como un precioso cuento de hadas en el que el príncipe y la princesa comen perdices… Cuando lo pensé, un pinchazo de envidia me oprimió el estómago. Lo dejé salir con un suspiro, y una débil sonrisa para fingir que no pensaba en cosas importantes. El ambiente volvió a cerrarse en una burbuja asfixiante que nos cerraba el paso de oxígeno haciéndonos jadear por dentro mientras por fuera, nuestros poros exudaban la necesidad de salir corriendo de allí.

Tardamos más de lo que yo habría querido en llegar al destino propuesto. Me bajé del coche y un segundo después Marcos también se bajó. Me quedé mirando a Juliette con intención de despedirme, pero las palabras se aglutinaron en mi boca de manera desordenada, sin conseguir salir. Me encogí de hombros y me di la vuelta para comenzar a andar. Ni siquiera esperé a que ella dijese algo, o a que se fuesen. Noté su mirada en mi espalda, como si Juliette sí que esperase algo de mí más allá que el irme, pero preferí no hacerle caso. Por fin escuché al dar cuatro pasos el ruido de unas ruedas acelerando sin compasión sobre el asfalto, queriendo dejar atrás la incomodidad, el desasosiego. Marcos se puso a mi lado al caminar, y como Juliette, no dijo nada. Parecía esperar a que yo dijese algo. No parecía saber que era bastante negada en las relaciones interpersonales. Aun así, me esforcé, notaba la incomodidad, me molestaba, no la quería cerca de mí.
-¿No te pilla esto muy lejos de casa? – fue la única pregunta coherente que me salió de la cabeza, y ni siquiera me molesté en mirarlo cuando pronuncié cada sílaba. Mantuve la mirada al frente, la cabeza bien alta. Por el contrario, noté su mirada en mi sien, perforándome la cabeza, intentando leer lo que pasa por mis neuronas.
-No me importa caminar – contestó de manera que no daba más pie a una conversación que podría haber nacido. Sentí la frustración de aquel intento muy cerca, y una vez más el silencio se apoderó de aquella atmósfera, envenenándola lentamente de pensamientos que divergían. – Te explicaría lo que siento en estos momentos, Alma. Te haría partícipe de mi rabia, de mi miedo, de mis ansias, de mis necesidades, de verdad que lo haría, pero para eso necesitaría que alguna vez en tu vida te hubieses enamorado, mínimamente. Y tú misma has dicho que no lo has hecho. Si no partimos de esa base, no puedo explicarte nada, de verdad. Puedo intentarlo, pero no lo entenderías – fue como si un dispositivo se encendiese en su cabeza, como si algo le dijese que estaba mal lo que había dicho, que por algún extraño motivo yo me merecía una explicación, aunque no la hubiese pedido.
- Hazlo, no te prometo nada, pero te sorprenderías de mi capacidad de comprensión.- me miró escéptico, yo le miré segura y firme. Quizá fue eso lo que le convenció para hablar.

Posiblemente me omitiese detalles, se olvidasen momentos y las palabras en algún momento fuesen equivocadas, pero cuando comenzó a hablarme sobre el amor aminoré el paso de modo que pude retrasar la llegada a mi casa todo lo que los sentimientos de un hombre explicados como si fuesen poemas pudiesen durar en se contados. Me empezó a hablar de las mariposas en el estómago, como nauseas que gustan a la vez que molestan, la chispa de inocencia en las pupilas de los enamorados que se regalan con solo establece contacto visual, las sonrisas tontas que se te escapan cuando viajas en autobús y vas mirando por la ventanilla, los acelerones que sufren las pulsaciones del corazón cuando las pieles se rozan, cuando las palabras se entrecruzan, cuando lo pierdes de vista. Me contó que vivía enamorado de la vida, que amaba a Juliette casi tanto como a la vida, pero comprendía que la monogamia era un sacrificio por el que él mismo no pensaba pasar. Me contó que en su corazón cabían muchos amores tan intensos como el de Juliette. Me contó que los besos son sellos de amor, y que cada beso para él era una palabra, una frase no dicha, que se pasaba de boca en boca en secreto, sin que el mundo se entere, pasando a ser solo de los dos confidentes que han decidido compartirla. Confieso que poco a poco me enamoré de aquella historia del amor, de aquel sentimiento que era tan nuevo como compartir momentos con un hombre que no le importaba mostrarse débil.

lunes, 8 de agosto de 2011

De tu boca a la mía. 11.2

-Mira, ya estás sintiendo algo. Rabia.
-¿Eso es lo que piensas decirme?
-¿Quieres que me disculpe?
-Pues sí. Eso no era una pregunta educada y exijo una disculpa.
-Perdóneme usted, pensaba que debido a su inmensa madurez mental sería capaz de tratar el tema con una madurez adecuada y no se exaltaría ante preguntas referentes a un acto natural de reproducción que responde a nuestros impulsos
– la mire confundida ante aquella muestra de dominio de la lengua de una manera improvisada, como si me sorprendiese que fuese capaz de formular una frase con tono y vocabulario culto más allá del empleado de normal. Y me dejó sin palabras, anonadada, ojiplática. - ¿Te sorprendes de mi léxico? ¿De mi capacidad verbal? ¿De mi labia? – me guiñó un ojo. Tenía razón.
-Está bien, pero que lo preguntes así me parece una falta de respeto muy grande.
-¿Y cómo lo pregunto? ¿Has realizado alguna vez el coito?
– me reí, no pude evitarlo, y con aquella risa salió por mi boca adherido al aire toda la tensión acumulada en un solo instante sin un motivo realmente sostenible más que la indignación momentánea por su manera de expresarse.
-Aun así, no entiendo por qué me lo preguntas.
-Simple curiosidad. Es por comprobar una cosa.
-¿El qué?
-Yo he preguntado antes.
-Vale, pues no, no me he acostado nunca con nadie.
-Lo sabía.
-¿Qué sabías? ¿qué querías comprobar? –
le grité mientras echaba a correr por la orilla del mar, persiguiéndolo mientras se reía. – Eeeeeeeeh! Espera! que yo no corro tanto! – y cambió de dirección, echando a correr hacia mí, y en consecuencia, yo también me giré. Huía. Escuchaba sus pisadas. Sus zancadas. Gritaba. Corría. Más, más, más. Una mano. Presión hacia atrás. Me tuvo cogida en menos de lo que yo esperaba. Me elevó con solo un brazo, y después con el otro. Los dos a la vez. Y grité. Admito que también me reí. – Para, para! – me bajó al suelo después de dar vueltas y correr cargando conmigo, mientras yo parecía volar sujetada por su fuerza. Me abrazó, y yo sin saber por qué, le abracé. Acercó su boca a mi oído.
-Me perdonas, entonces?
-Claro.
-Gracias
– se calló y me dio el último apretujón, que servía de punto y final a aquel abrazo, aunque algo en mí me pedía que no separase su cuerpo del mío, y que siguiese hablándome al oído. Me había gustado que se me erizase el vello del cuello por sus palabras aterciopeladas que, aunque escasas, habían conseguido provocarme algo que no entendía, más allá de las reacciones químicas que me sabía de memoria. Y se separó. Mi piel lo llamó a gritos. – Venga, vayamos rápido que a este paso no llegamos nunca al chiringuito.
-¿Sabes qué? Da igual el agua. Me aguantaré, volvamos.
-Pero si estamos a mitad de camino…
-Da igual, no quiero agua.
– me miró a los ojos alzando una ceja – de verdad, no importa.
-Está bien –
dijo algo confuso. Y echó a caminar en dirección al origen, a mi lado. De nuevo se hizo el silencio entre ambos por un corto lapso de tiempo hasta que Marcus no pudo soportar más el caminar con el simple sonido del agua azotándonos las piernas, hecho que en cierto modo le agradecí, aunque el sonido del mar fuese gratificante. – Creo que has dicho lo del agua solo para separarme de Juliette y Andreu y así poder violarme. Lo que no me cuadra es que todavía no me hayas violado – le miré con cara de misterio.
-La gracia está en cogerte por sorpresa – dije encogiéndome de hombros, volviendo a mirar al frente mientras me dibujaba una media sonrisa en el perfil que estaba oculto a su visión. Y aceleré el paso para poder reírme en silencio a gusto. Él decidió acelerar también, y me vio reir, aunque me pusiese seria en cuanto me percaté de su presencia a mi lado de nuevo.
-¡Já! Te has reído.
-No es cierto.
-Sí que lo es.
-¡No!
– y eché a correr. Esta vez, Marcos me dejó ventaja, tanta ventaja que no llegó a cogerme en toda la carrera hasta nuestro pequeño picnic. – No me mires el culo! – le grité un par de veces, a lo que él solo se reía. No se si significaba que me lo seguiría mirando o que no lo miraba en ningún momento, pero no me importó. Yo solo seguí corriendo hasta que estuve cerca del lugar de origen.
Me paré en seco cuando distinguí a Juliette y a Andreu. Se besaban. Sentados uno junto al otro. Sus manos en sus pelos y caderas. Sin importarles nada más. Era precioso. Y me sonreí, tapándome la boca. Sin embargo, cuando Marcos llegó a mi lado, no quedó igual de maravillado que yo por el ambiente tan íntimo y especial de la escena. Es más, parecía molestarle, pues cuando dirigí mi mirada hacia su rostro buscando la complicidad de quienes han comprendido minimamente el significado de una obra de arte abstracta, su mandíbula estaba apretada, en tensión. Carraspeó. Los amantes se separaron. Yo seguí con mi sonrisa. Me miraron primero a mí, algo avergonzados. No miraron a Marcos. No entendí la situación.
-Habéis tardado mucho. – La voz de Juliette era casi la de una disculpa.
-No parece que os haya importado – inquirió agresivo Marcos. Se hizo el silencio, y nadie más volvió a mencionar el tema. Pasamos media hora más sentados. Juliette y Andreu miraban a todas partes menos a cualquiera de nuestros rostros, y Marcos intentaba hablarme de manera normal, y por no contradecirle, aceptaba los vasos de cerveza que me iba tendiendo, hasta que a la de tres no pude más y lo rechacé. Entonces, se calló, haciendo que el ambiente se volviese casi insoportable. Era un silencio pesado, de castigo, que aunque no pretendía incluirme, me veía afectada como daño colateral, entre aquel regusto amargo que ahora me hacía tener ganas de reír, y el silencio y tristeza de no poder hacerlo acompañada, o quizá de no poder hacerlo por el simple hecho de que no era el momento ni el lugar indicado, aunque mi razón fuese incapaz de explicarme por qué no lo eran.
-Creo que es hora de irnos.
- Crees bien.

Y en efecto, en escasos minutos todos los objetos estaban ya en el maletero. El viaje se hizo en silencio, aunque pude advertir por el retrovisor cómo los amantes se intercambiaban miradas que poco decían de puro amor, y palabras mudas de diversión. Por el contrario, cuando miraba a Marcos para intentar mantener una conversación, no encontraba más que su espalda en mi dirección, y un aura de resentimiento hacia el mundo en la cual no me atrevía a adentrarme.
Fue un viaje aburrido, copado por la música alternativa de una radio que no conocía, pero que amenizaba aquel ambiente enrarecido. Miré el paisaje y me puse a recordar el día. Después de todo, quizá en Marcos hubiese algún Romeo, aunque no parecía estar hecho para esta Julieta. Sobre todo porque sus ojos, por lo que pude ver, pertenecían a una Julieta más francesa. A Juliette. Me resigné, había vivido perfectamente estos años, y no necesitaba a nadie más para seguir viviendo. ¿O no? No sabía diferenciar la coraza de la realidad, y me preocupaba.

De tu boca a la mía. 11.1

El resto del viaje lo pasé pensando mientras los tres amigos charlaban agitadamente, gritaban, reían. De vez en cuando notaba las miradas de Marcos o Juliette posarse en mi nuca mientras yo me dedicaba a reflexionar sobre mis sentimientos mientras veía el paisaje desaparecer a toda velocidad. Nadie se atrevía a romper mi estado de reflexión, y los entendía. Yo tampoco me atrevía a rompérmelo.
A la que me di cuenta el coche frenó, y tomé consciencia del cambio de aire. Ahora era húmedo, más fresco, y había un ruido ambiente que era muy diferente a la melodía de la ciudad. Estábamos en la playa.
Bajaron del coche Juliette y Andreu para dejarnos paso a Marcus y a mí. Me arreglé la ropa nada más ponerme de pie, alisándola con mis manos y suspirando. Volví a peinarme con la mano, haciéndome una coleta, y ayudé a descargar del maletero lo que fuera que estaban sacando de él para llevarlo a la arena.
En cuanto me di cuenta estábamos sentados sobre un trozo de tela, lo suficientemente ancho como para caber los cuatro, unos paquetes de comida y tres botellas de cerveza, pero lo suficientemente pequeño como para tener que estar en contacto constante con alguna parte del cuerpo si no queríamos salirnos de la tela, como era mi caso. Me senté entre Juliette y Marcos, con Andreu en frente. Formábamos un círculo en conjunto.
Sacaron cuatro vasos y sirvieron cerveza en ellos. Miré incómoda a Juliette, que parecía ignorarme por completo mientras hablaba de nuevo con Andreu. La observé unos instantes, y me di cuenta de cómo jugueteaba con su pelo cuando hablaba, cómo reía sin más las gracias de aquel chico con el que a penas había mantenido conversación. Suspiré y se me pusieron los ojos en blanco. Hoy no iba a contar con Juliette para nada. Quizá me habría usado para entretener a Marcus mientras ella atacaba a Andreu. Lo miré, y vi como él también los observaba con cierta envidia en el rostro. Me dio pena, yo no iba a coquetear con él. Y acto seguido me miró y sonrió. Cogió dos vasos y me tendió uno.
-No, no. No me gusta.
-¿La has probado?
-No pero…
-¿Entonces?
– me ponía a prueba constantemente - ¿Cómo vas a ser una científica bien hecha si no te atreves a probar las cosas antes de emitir un juicio? – conseguía pillarme sin defensas en seguida. Accedí en silencio, sin desviar mis ojos de los suyos y extendí mi mano hasta alcanzar el vaso. Rocé sus dedos. Me sonrió. – Prueba, y si no te gusta, podemos acercarnos en un momento a algún bar a comprarte agua o lo que prefieras.
-Está bien
– y bebí. No sabría decir qué es lo que me pareció, porque era la primera vez que bebía algo así. Lo que sí que puedo decir es que más allá del sabor amargo que dejó en mi boca y que no era mucho de mi agrado, noté cierto deseo de más cerveza naciendo dentro de mí. Como un demonio al que no se le ha alimentado desde hace mucho tiempo y ahora acaba de oler su comida. Negué, y puse la mejor cara de asco fingida que sabía. Cogió el vaso y me miró, sin creerse en absoluto mi expresión.
- ¿No te lo vas a terminar si quiera? – dijo mientras miraba el vaso medio vacío que le había devuelto. La tentación me superaba. Y le sonreí.
-¿Si me lo termino me acompañas a comprar agua?
-Por supuesto
– y me volvió a tender el vaso. Sin apartar la mirada de su rostro me terminé el vaso de un trago, ahorrándome muecas de asco.
-Vamos a por el agua- Marcos estaba asombrado, pero aun así supo hacer caso a mi petición en un relativamente corto lapso de tiempo. Cuando nos levantamos, Juliette y Andreu nos miraron confundidos, y a ella pude notarle cierto brillo de astucia en aquella mirada, un interrogante hacia algo que no había prestado mucha atención.
-¿Dónde vais? – preguntó con una voz que parecía insinuar algo que no entendí.
-A por agua, que a Alma no le gusta la cerveza. – Juliette levantó ambas cejas y me miró.
-Perdón Alma! no contaba con… tus gustos. – negué con la cabeza, como diciendo *no importa, todo está bien*, aunque aquella pausa me había mosqueado ligeramente - ¿Queréis que os acompañemos o…?
-No, quedaos para cuidar las cosas, ya sabemos ir solos. ¿Conocéis algún bar por aquí cerca o algo?
-Sí, a dos o tres minutos andando a paso ligero por la orilla del mar tenéis el bar más cercano. Es un chiringuito pero seguro que os venden alguna botella grande de agua.
-Bueno, ya llegaremos, que no tenemos prisa, ¿no?
– me miró. Negué. No se si me apetecía pasar mucho tiempo a solas con Marcos, sin la protección de Juliette si conseguía sacarme de mis casillas, o me preguntaba algo incómodo. Claro que hasta ahora, ella había estado ausente, ignorándome, así que si había podido sobrevivir este tiempo, podría continuar. Miré el reloj, ya no sabía ni qué hora era… Quizá en breves debiese volver a casa, claro que hoy era jornada intensiva para mis padres, y la oscuridad y fría soledad de mi casa se me antojaba en esos mismos instantes poco apetecible en comparación con lo que estaba viviendo.
Arrancamos a andar al mismo tiempo en la dirección que Juliette nos había indicado. Las olas mojaban nuestros pies, jugueteaban entre ellos y de vez en cuando reptaban por nuestras piernas hasta llegar a nuestras rodillas o algo más. Me arremangué los bajos de los pantalones antes de acercarnos a la orilla, hasta la mitad de la pierna. Aun así no pude evitar que alguna ola caprichosa llegase hasta ellos y los mojase con alguna gota, era un riesgo que había elegido correr.
-¿De verdad no te ha gustado la cerveza?
-No es que no me haya gustado…
-¿Entonces?
-Es que prefiero el agua.
-Está bien… Antes de irnos, ¿Brindarás conmigo?
-Tú que eres tan metafísico, y vas y le quitas la magia a la sorpresa…
-Está bien, dejo de hablar de esto, volvamos a las preguntas.
-No, no, que si quieres puedes seguir dándole vueltas a la cerveza…
-¿Te has enamorado?
-No
– contesté sin dar rodeos, sabía que podía alargarse más de la cuenta. Fui directa, aunque a él no parecía afectarle en absoluto mi tono agresivo.
-¿Y te han besado? ¿O has follado?
-¡¡Marcos!!
– me contuve de pegarle un golpe en la mejilla, pero notaba la rabia y la vergüenza comenzar a hervir en mis mejillas, haciendo que mi rostro cambiase de color hacia un rojo carmesí que delataba lo que se sucedía en mi interior. - ¿Cómo te atreves a preguntarme eso!? – paré en seco de caminar y apreté los puños, tratando de matarlo con la mirada.
Él mismo se sorprendió de mi reacción, quizá no tanto como yo, y también se paró en seco, frente a mí, mirándome fijamente sin saber exactamente qué hacer. Tenía la mirada confusa, y se rascó la cabeza. Después de ese momento de confusión se sonrió, haciendo que me exasperase.