sábado, 7 de mayo de 2011

Cambios casi imperceptibles para el mundo. 5.1

Pronto volví a la rutina. Y por pronto me refiero al día siguiente. Sonó mi despertador. Tenía que ir a clase. Me levanté cuando ni siquiera el sol había decidido salir a alumbrar el mundo. Me vestí, y mientras se hacía el desayuno me peiné el pelo haciéndome una coleta. Bebí mi taza de café con leche, cogí las llaves del coche (un modelo de segunda mano color blanco) y salí hacia él.

Conducía hacia la facultad algo desorientada, quizá el café aún no me había hecho efecto. Encendí la radio, dejándola en un programa de música de otros años. No conocía ninguna canción, pero me resultaban más agradables que cualquiera de las canciones que sonaban en los reproductores de las personas de mi edad, tan estridentes, tan desacompasadas. Supongo que era Dire Straits los que me acompañaban a la facultad, con su canción Sultans of swing. Por primera vez desde que conducía a clase con música puesta, me permití golpear con los dedos índices el volante mientras me mantenía en rectas, al ritmo de la música. Sonaron varias canciones más después de esta hasta que aparqué el coche y me bajé de él. Saqué la mochila del asiento trasero y lo cerré.

Caminé encorvada hacia la clase que me tocaba, evitando cruzarme con cualquier conocido. Hoy me sentía realmente diferente, imperfecta, a pesar de haberme mirado en el espejo del retrovisor para comprobar que tenía el pelo perfectamente definido, sin un solo mechón rebelde, con el pintalabios levemente rosado perfectamente deslizado en mis labios y el maquillaje casi imperceptible, y a la vez, haciéndome tan perfecta, tan muñequita. Maquillaje artificial que me hacía parecer perfectamente natural. Temía que se me notase, que observasen que el día anterior había perdido los papeles, de modo que evité mantener contacto visual a no ser que fuese estrictamente necesario, manteniendo la mirada baja y saludando sin dirigirla a ninguna persona. Pensaba que podían leerme el alma con mantener sus ojos conectados con los míos, y a veces parecía ser verdad.

Empezó la clase, y todo cuanto decía el profesor, por primera vez me resultaba vagamente conocido. Posiblemente se hablase el día anterior, lo hubiesen explicado antes, o yo lo hubiese leído de pasada en algún lugar, pero mi inseguridad por haber abandonado rastreramente mis horas de estudio hacía que me fuese casi imposible encontrar cualquier conocimiento adquirido sobre lo que se iba nombrando. Miré con un brillo de pánico en mis pupilas a mis compañeros, girando con disimulo la cabeza hacia atrás. Todos tenían la mirada fija en el profesor, que no paraba ni un instante de decir su discurso mientras algunos asentían como muestra de prestar atención, y otros tomaban apuntes en un vago intento de retener la cantidad de información que salía de la boca de aquel individuo que tenía frente a mí. Y me quedé ensimismada hasta que las puertas del fondo se abrieron para dejar entrar a una chica que me resultaba familiar acompañada de una compañera de clase, ambas cogidas de la mano. Miré a Juliette acusatoria en cuanto determiné que se trataba de la chica del día anterior, e intenté mantener contacto visual con ella para mirarla con una expresión que diese a entender “Márchate, este es mi territorio”, pero no fui capaz.

- ¿Alma? – la voz del profesor hizo que me girase de golpe, sobresaltada.
-¿Sí?
-Si no estás en condiciones de seguir la lección, te pido que abandones la clase o al menos no molestes.
-Yo… Yo… Estaba atendiendo
-¿Sí? ¿Podrías explicarnos lo que estoy diciendo? ¿O al menos repetir las últimas palabras que he dicho? ¿La última frase? – me sonrojé. No, no era capaz. De nuevo, aquella figura femenina había turbado mis instintos, descolocado mi modo natural de actuar. Agaché la cabeza como muestra de arrepentimiento.
-No. Disculpe. – Apreté los labios dispuesta a recibir una reprimenda, un discurso sobre la importancia de mantener la atención en las clases, que la asistencia a las clases de la Universidad es un privilegio… Había visto al cuerpo docente dar más de una vez el mismo discurso a diferentes personas. Sin embargo, no sucedió. Asintió con firmeza, y siguió con su explicación, decidiendo ignorar el ángulo de visión en el que yo me encontraba.

Me giré una última vez hacia donde se había sentado Juliette para dedicarle una expresión de reproche, pero solo estaba aquella compañera de clases cuyo nombre no era capaz de recordar con exactitud. Así que determiné mirar al frente e intentar prestar la atención que aquella mañana rara mi mente había determinado no prestar.

lunes, 2 de mayo de 2011

Preguntas existenciales

Llegué a casa confundida por el encontronazo. Había algo en aquella chica desconocida… ¿Juliette? Que me perturbaba. No podía quitármela de la cabeza, sus labios, tan rojos que debían de inducir al pecado a más de un chico, su mirada grisácea que me evocaba el mar, o su actitud abierta y desenfadada hacia el mundo. ¿Era posible que sintiese envidia de esa desconocida? Además, esa conversación era la más larga que había mantenido con un ser humano desde que yo recordaba. Y me había quedado con ganas de seguir ejercitando mi lengua, hablando, aunque externamente me mostrase reacia a ello.

Atravesé el portal, y la música de Carmina Burana seguía repitiéndose en mi cuarto. Mis padres no habían vuelto. Me acerqué al teléfono por si habían dejado algún mensaje, pero no había rastro de llamadas. Suspiré y me eché el pelo hacia atrás con la mano. Dejé la cámara en la mesa y fui directa a la cocina. No tenía mucha hambre, pero notaba que necesitaba ingerir algo. De las pocas frutas presentes elegí un plátano, y me subí a mi cuarto, acompañada por la música que salía de mi cuarto, y que parecía entrarme por un oído y salirme por otro.

Pelé el plátano parcialmente y le di un bocado. No mastiqué, me quedé con aquella pequeña porción arrancada en el interior de mi boca, dejando que se deshiciese lentamente. Me supo diferente. Dejé con cuidado la cámara encima de la cama y apagué la música. Me sentí realmente indiferente a todo lo que me rodeaba. Eché un vistazo hacia donde estaba el libro que tenía que memorizar y resoplé. Yo misma me sorprendí con aquella desgana que profesaba. Y me dejé llevar por la apatía, tumbándome en la cama, de lado, mientras terminaba de comer el plátano y dejaba la cáscara sobre la mesa. Cogí la cámara y me la puse al lado de la cabeza mientras repasaba mis dientes con la lengua, saboreando el gusto pasado a plátano. Y no pude evitar empezar a nombrarme las muelas que iba lamiendo… Tercer molar, segundo, primero, segundo premolar,… mientras acariciaba con la yema del dedo índice la blanca superficie resbaladiza de la cámara. Cerré los ojos respirando profundamente. Repasé la tarde. ¿¿Cómo diablos me había escapado de mi misma??

Bostecé. ¿Dónde estarían mis padres? Me rasqué la nariz. ¿Sabrían que no había estudiado nada en toda la tarde? Suspiré fuerte ¿Volvería a ver a aquella chica? Me humedecí los labios. ¿Sería hora de cambiar mi cuarto? ¿La decoración, los colores? Me mordí el labio inferior. ¿Debería comprar más papel de fotografía? ¿Debería jugármela? - Y con preguntas existenciales, me quedé dormida

domingo, 20 de marzo de 2011

Carmina burana. 3.2

Lo primero que pensé cuando salí a la calle es que no tenía a dónde dirigirme. Con el poco tiempo que había pasado en explorar los alrededores de mi casa, no tenía un sitio propio, no había conocido lugares hermosos, y en consecuencia, no sabía qué fotografiar. De todas maneras, tampoco me quedaba papel para muchas fotos, quizá una, quizá dos. No lo sabía con exactitud, aunque determiné que en breves lo sabría. Y así, sin tener idea de dónde ir para fotografiar algo digno de ello, me dejé llevar por la espontaneidad de mis pasos, que me llevaron sin saber mi mente dónde iba. Con el paso del tiempo y de los metros comencé a oir unas voces gritando, pasos acelerados sobre cemento y una superficie acolchada. El muro al lado del cual caminaba terminó por fin, descubriéndose tras él un parque que parecía reciente. Con mis manos rodeé los barrotes que formaban una de las dos puertas que me separaban de aquel paraíso infantil.
Un largo tobogán rojo encabezaba el conjunto de mecanismos de diversión. Al lado de este, un par de columpios verdes que mecían a dos niños extasiados de risas y diversión. Un par de metros a un lado, una red para escalar de pequeñas dimensiones conectaba el suelo con un puente que parecía llevar a otra dimensión, pues cuando los niños terminaban de atravesarlo, parecían salir convertidos en piratas, corsarios, vaqueros o indios. Sus risas eran contagiosas, como la atmósfera inocente y despreocupada que los envolvía, y que contrastaba con las miradas protectoras de las madres que temían que se hiciesen daño. Sin duda, me pareció una bonita imagen, tan bonita como para hacer mi primera fotografía.
Me llevé la cámara a la cara despacio, saboreando la realidad que mis ojos me daban, la alegría visible, hasta que el objetivo se puso frente a mi pupila. Y la imagen cambió hacia un mundo cristalizado en el cual la luz se fragmentaba de manera delicada y constituía para mi cerebro una delicia de colores distorsionados que quedaron atrapados en aquel papel de fotografía en el mismo instante en el que mis dedos presionaron el botón. Bajé la cámara, la dejé colgando sobre mi cuello y cogí la futura fotografía antes de que cayese. El ambiente no había cambiado después de capturarlo, sin embargo algo en mí sí que había cambiado. Sentía el estómago encogido, y no puedo negar que mi mente no dejaba de dar vueltas a la asignatura cuyo libro me esperaba cerrado en el escritorio de mi cuarto. Sin embargo, el viento en mi cara conseguía aliviar esas ganas de correr hacia mi habitación y aislarme del exterior.
Miré la fotografía mientras echaba a caminar. Se iban dibujando lentamente las figuras, contornos, colores, y finalmente las expresiones. Si bien aparecían movidos los cuerpos, el arrastre del color de sus rostros, de sus camisetas y pantalones le daba aún más alegría a la instantánea. Me sentí satisfecha con mi trabajo, que, aun pobre en técnica y precisión, engatusaba a mi mirada.

Caminaba ensimismada hacia mi casa, ahogada en el recuerdo de la foto, como normalmente me ahogaba en mis utopías. Por fuera yo era cisne blanco, pero cuando mi subconsciente tomaba el control, una faceta que desconocía asomaba por las sombras para dejarse adivinar vagamente, mostrándome imágenes sobre algo que no entendía pero que una parte oculta de mi alma deseaba fervientemente. Y luego desaparecía, sumiéndome en la incertidumbre, el desasosiego, la perdición de no tener controlado todo lo que pasaba por mi mente.

Suspiré exasperada mientras seguía caminando, observándome los cordones de los zapatos. Me paré en seco y me agaché para atármelos. Alguien me dio un golpe fuerte en un hombro, haciendo que me cayese hacia atrás, quedando sentada en el suelo. Abrí los brazos indignada al mismo tiempo que subía la mirada para ver quién había tropezado conmigo. - ¡Eh! ¡Cuidado! ¡Mira por dónde vas! - exclamé, terminando por encontrarme con un rostro femenino algo bronceado que me miraba con expresión de disculpa.
-Perdona, tía - me dijo como pudo, con un cigarro en la boca y tendiéndome sus dos manos para ayudarme a incorporarme. Rechacé con desdén su oferta de ayuda levantándome yo sola.
-No soy tu tía - dije con tono irritado, golpeándome levemente el pantalón para quitar el polvo que haya podido coger al caer.
-¿Te ayudo? - preguntó a la vez que me tiraba el humo a la cara, quizá sin querer, quizá queriendo. No me dio tiempo ni siquiera a pensarme la respuesta, pues enseguida tenía su mano golpeando mi trasero, cosa que me incomodaba y a la vez me irritaba considerablemente.
-¡Para! ¡Para! - exclamé, apartándome de ella - ¡No he dicho que me ayudes!
-Lo siento, ¿eh? - dijo apartándose, llevándose una mano a sus labios pintados rojos carmesí, que contrastaban con su piel un tanto morena y su pelo moreno con reflejos rojos. En sus grises iris podía ver mi imagen indignada. Me tiró el humo de nuevo a la cara, a la vez que empezaba a sonar una melodía que me resultaba conocida pero que no sabía ponerle nombre.

LA chica se dejó el cigarro en los labios para buscar con ambas manos , en su mochila llena de dibujos estrafalarios hechos en rotulador, lo que sonaba, que debía ser el móvil - Joder, joder, joder, joder, ¿dónde está? -
Me crucé de brazos impaciente. ¿Qué hacía esperando? Me agaché rápido para hacer el nudo en los cordones que se había quedado a mitad. Arranqué a caminar de nuevo cuando la música del móvil paraba. La voz de la chica me detuvo - ¡Espera, espera! - exclamó alzando la voz. Sacó al fin el móvil de la mochila. - Joder, no he llegado a tiempo - Me dedicó una sonrisa que me resultó curiosa. Sus dientes caninos montados, desalineados respecto al resto de la dentadura le daban un toque travieso a aquella imagen caótica que arrastraba. El color blanco nieve de su dentadura dejaba atrás el color amarillento que se espera de los fumadores, además de hacer el rojo de sus labios aún más rojo. Me tendió la mano mientras guardaba el móvil.

-Soy Juliette - Se presentó. Le miré la mano tendida sin moverme. Después alcé la mirada hasta su rostro. Había algo en él, sus ojos grises, sus labios rojos o su piel morena, que despertaba esa sombra de bestia que ocultaba a la bella, y me incitaba a fotografiarla eternamente. Y sin embargo me quedé quieta, mirándola a los ojos, perdiéndome en ellos sin quererlo realmente. Bajó su mano.

- ¿Te has hecho daño? - Preguntó, aguantándome la mirada y dando otra calada al cigarro, y tirándolo al suelo para pisarlo. Y tiró el humo hacia arriba.
-Lo siento, me tengo que ir - dije, desviando la mirada hacia otro lado, y echando a andar. Me habían enseñado a no hablar con desconocidos. La voz de la chica, de Juliette, esta vez no me detuvo. Cuando me giré para deleitar a la bestia con la figura curiosa y atractiva a mi parte oculta de fotógrafa enfermiza, ya no estaba. Y seguí caminando al frente.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Carmina burana 3.1

Pasaron los días y aquel cajón en el que tenía todos los recuerdos que accedí a guardar quedó sellado, olvidado, presente en el cuarto pero desaparecido en mi lista de prioridades. Terminé el segundo curso de medicina, atendiendo a lo que me caracterizaba. Orden, pulcritud, seriedad, soledad.


Pasaron las semanas y sin duda, en mi vida se hacía cada vez más patente mi tendencia a la soledad, a la indiferencia respecto al resto de seres humanos. Intercambiaba saludos, diminutas sonrisas, movimientos leves de cabeza, y palabras justas en las prácticas con mis compañeros de clase, pero más allá de ello, de aquellas paredes que englobaban un mundo en el que se me obligaba a socializar lo mínimo, no tenía a nadie más que mis padres. Realmente, no es que no quisiese tener amigos. La verdad era que me moría por tener a alguien con quien reír, con quien llorar, a quien abrazar. En mi interior me encontraba mal. Sin embargo, los amigos de mi infancia crecieron, como yo, y fuimos por caminos divergentes, ellos los que se iban construyendo, yo, el que me construían mis padres. No fui capaz de negarme a vivir una vida preestablecida, y por entonces ya estaba demasiado acostumbrada a la rutina y el enclaustramiento en mi mente que representaban las calificaciones excelentes.


Pasaron los meses y volvió a empezar el curso, uno nuevo, tercero. Algunos nuevos compañeros, otros viejos, ya conocidos. Y con todos el mismo protocolo de comunicación. Volví a mi sitio en primera fila, nadie se ponía jamás ahí. Quizá fuese ese uno de los motivos por los que la gente rehuía, ni siquiera compartíamos el interés por sentarnos en un lugar del aula. Si ni esa nimiedad era común con el resto de la humanidad, ¿qué me decía a mí que iba a socializar de algún modo? De pequeña era todo más fácil, había algo por lo que todos me admiraban, me aceptaban. Algo que les enamoraba tanto como a mí, además de tumbarse bajo los almendros en flor a olerlos y dejar que los pétalos cayesen sobre nuestros rostros. Un día cualquiera, pensando en todo aquello, recluida en mi habitación y con Carmina Burana sonando de fondo en el silencio que me envolvía cuando estudiaba o intentaba hacerlo, abrí de nuevo una puerta a mis recuerdos, como ya había hecho casi un mes atrás, pero esta vez con la intención de examinar en qué momento pasé de la compañía del hombre a la compañía de los libros. El punto de inflexión se me hizo claro, se materializó en mi mente como una imagen. Un hospital. El antes y el después. Qué había y qué desapareció.

Dejé caer el bolígrafo en la mesa, y me impulsé sobre mi silla de ruedas hacia los cajones, con fuerza. Había dejado una lección a medias solo por aquel pensamiento. Y el corazón, de nuevo, me latía rápido. Tragué saliva con dificultad y me humedecí los labios con la lengua, comenzando a notar subir de mi estómago la necesidad, la lascivia del objeto que ahí había guardado. Estaba segura de que eso era la causa de estuviese sola. Era el punto en el cual todo había cambiado. La muerte de mi abuela, dejar de lado la fotografía (y con ello, aquel sentimiento que aceleraba la sangre por mis venas a la par que mi respiración) todo aquel remolino de imprecisiones, de desvaríos me había movido hasta lo que era ahora. Claro que era muy fácil culpar a seres ajenos a mí de todo lo que estaba aconteciéndome, del futuro que me había construído, que me había ganado a pulso por dejarme llevar por las decisiones de mis padres sin buscar lo que era mejor para mí. Todo por ellos, para ellos, y ahora no tenía nada. Miré mi cuarto. Di una vuelta completa, 360º, para observarla entera. Ni un ápice, ni un rastro de mi presencia durante años, impecable, impoluta. Por primera vez me molestó, me sentí en una habitación que no era la mía. Y las sensaciones que en un principio adoraba de aquella perfección, comenzaron a molestarme suavemente en mi interior, como una diminuta espina que se clavaba lentamente. No, no me gustaba. No me sentía a gusto.

Suspiré, era mi habitación, desde siempre. Olía a mí. Representaba lo que yo creía que era yo misma, lo que había dentro de mí. Pero ¿mi personalidad era así de simple? ¿De blanca? Suspiré de nuevo, no podía permitirme aquellos pensamientos, ya era suficiente con no estar frente al libro estudiándome un futuro, como para tener dudas existenciales. Mi habitación era así porque me gustaba a mí. Yo había decidido que quería hacer medicina. Yo elegí alejarme de la sociedad porque no entendía lo que yo quería, me tomaban por loca por pasarme horas y horas delante de un libro sin salir a respirar aire fresco, sin tener comunicación con alguien de mi misma especie. Y yo había determinado que aquellos que me tomaban por loca no podían tenerme cerca.

Abrí el cajón, y el aroma de mi habitación cambió. Quizá no perceptible para cualquier otra persona, pero para mí adquirió todo otro tono. No se si me molestó o me gustó, pues en aquella maraña de líos y existencialismos no sabía aclararme entre lo que quería y lo que no. Allí estaba todo igual de ordenado como lo dejé la otra vez, alineado, casi milimetrado para aprovechar el mayor espacio posible. Saqué la cámara sin desestructurar el resto de los objetos, y con u impulso similar al que hice para acercarme a los cajones, me alejé hacia la mesa. Cerré con una mano como pude el libro y lo aparté del centro de la mesa, para poner un folio en blanco en ese lugar, y colocar ahí la cámara. Justo en el centro. La observé durante unos instantes, y recordé que la última vez que la había usado no había comprobado su estado. Quizá era hora de hacerlo, por hacerle un homenaje al recuerdo de mis abuelos, pues por algo me dieron a mí la cámara hace tanto tiempo, suponían que estaría bien entre mis manos. Me desesperé, esto se alejaba de mi conducta. Era la dichosa cámara y lo que la rodeaba, que era adictivo, necesario para sentirme viva, despertar de ese estado de latencia en el que me encontraba durante todos los años anteriores.

Cerré los ojos e intenté recordar cómo se abría aquel aparato. Las manos me fueron solas. Primero por un lado, después por el otro, conscientemente no tenía ni la más remota idea de lo que tenía que hacer, de lo que estaba haciendo. Sentía miedo de romperla, y sin embargo las manos, hábiles como si llevasen toda una vida estudiando para hacer aquellos movimientos, supieron ingeniárselas ellas solas. Comencé a salivar, a llenar mi mente de fotografías, posibles capturas y retratos. Pensé en las personas de mi alrededor que merecían ser retratadas. La ansiedad comenzó a llenarme. Ansiedad. Necesidad. Locura. Búsqueda de fotografía. Deseo de activar el mecanismo. Y por fin mis manos quedaron quietas. Agaché el cuerpo un poco para poder asomarme a la cámara sin tener que moverla. El folio se había manchado un poco. Lo moví para poder acceder a todos los ángulos de la cámara. Parecía que todo estaba bien. Debía comprobar cómo estaba el papel también.

Al final de la revisión, todo estaba, o creía que estaba, en condiciones para usarse. Volví a cerrar la cámara de la misma manera en que la había abierto, sin tener ni idea de lo que estaba haciendo. Pero esta vez más segura de mí misma, de mis manos, de lo que estaban llevando a cabo, con más velocidad esta vez. La necesidad apremiaba. En menos tiempo que antes, la cámara estaba montada. Me quedé mirándola fijamente, con las manos dudando si coger el cordel y ponérmelo en el cuello. Miré también el libro que había cerrado y apartado. Finalmente la cámara me pudo, y el cordón terminó abrasándome la piel del cuello, produciéndome un dulce dolor que me produjo una sonrisa lasciva. Me levanté de la silla en el mismo momento en el que la obra de Carmina daba un golpe. Me sentí elevada, como flotando. Todavía con la sonrisa en el rostro, cerré la puerta al compás de la música, de golpe y bajé las escaleras para salir a la calle, extasiada por la atmósfera que me brindaba el salirme de la rutina de manera tan atrevida. Mientras, la música seguía sonando en mi cuarto. Lo oía hasta que cerré la puerta de la calle. La música seguía sonando en mi cabeza.