Pronto volví a la rutina. Y por pronto me refiero al día siguiente. Sonó mi despertador. Tenía que ir a clase. Me levanté cuando ni siquiera el sol había decidido salir a alumbrar el mundo. Me vestí, y mientras se hacía el desayuno me peiné el pelo haciéndome una coleta. Bebí mi taza de café con leche, cogí las llaves del coche (un modelo de segunda mano color blanco) y salí hacia él.
Conducía hacia la facultad algo desorientada, quizá el café aún no me había hecho efecto. Encendí la radio, dejándola en un programa de música de otros años. No conocía ninguna canción, pero me resultaban más agradables que cualquiera de las canciones que sonaban en los reproductores de las personas de mi edad, tan estridentes, tan desacompasadas. Supongo que era Dire Straits los que me acompañaban a la facultad, con su canción Sultans of swing. Por primera vez desde que conducía a clase con música puesta, me permití golpear con los dedos índices el volante mientras me mantenía en rectas, al ritmo de la música. Sonaron varias canciones más después de esta hasta que aparqué el coche y me bajé de él. Saqué la mochila del asiento trasero y lo cerré.
Caminé encorvada hacia la clase que me tocaba, evitando cruzarme con cualquier conocido. Hoy me sentía realmente diferente, imperfecta, a pesar de haberme mirado en el espejo del retrovisor para comprobar que tenía el pelo perfectamente definido, sin un solo mechón rebelde, con el pintalabios levemente rosado perfectamente deslizado en mis labios y el maquillaje casi imperceptible, y a la vez, haciéndome tan perfecta, tan muñequita. Maquillaje artificial que me hacía parecer perfectamente natural. Temía que se me notase, que observasen que el día anterior había perdido los papeles, de modo que evité mantener contacto visual a no ser que fuese estrictamente necesario, manteniendo la mirada baja y saludando sin dirigirla a ninguna persona. Pensaba que podían leerme el alma con mantener sus ojos conectados con los míos, y a veces parecía ser verdad.
Empezó la clase, y todo cuanto decía el profesor, por primera vez me resultaba vagamente conocido. Posiblemente se hablase el día anterior, lo hubiesen explicado antes, o yo lo hubiese leído de pasada en algún lugar, pero mi inseguridad por haber abandonado rastreramente mis horas de estudio hacía que me fuese casi imposible encontrar cualquier conocimiento adquirido sobre lo que se iba nombrando. Miré con un brillo de pánico en mis pupilas a mis compañeros, girando con disimulo la cabeza hacia atrás. Todos tenían la mirada fija en el profesor, que no paraba ni un instante de decir su discurso mientras algunos asentían como muestra de prestar atención, y otros tomaban apuntes en un vago intento de retener la cantidad de información que salía de la boca de aquel individuo que tenía frente a mí. Y me quedé ensimismada hasta que las puertas del fondo se abrieron para dejar entrar a una chica que me resultaba familiar acompañada de una compañera de clase, ambas cogidas de la mano. Miré a Juliette acusatoria en cuanto determiné que se trataba de la chica del día anterior, e intenté mantener contacto visual con ella para mirarla con una expresión que diese a entender “Márchate, este es mi territorio”, pero no fui capaz.
- ¿Alma? – la voz del profesor hizo que me girase de golpe, sobresaltada.
-¿Sí?
-Si no estás en condiciones de seguir la lección, te pido que abandones la clase o al menos no molestes.
-Yo… Yo… Estaba atendiendo
-¿Sí? ¿Podrías explicarnos lo que estoy diciendo? ¿O al menos repetir las últimas palabras que he dicho? ¿La última frase? – me sonrojé. No, no era capaz. De nuevo, aquella figura femenina había turbado mis instintos, descolocado mi modo natural de actuar. Agaché la cabeza como muestra de arrepentimiento.
-No. Disculpe. – Apreté los labios dispuesta a recibir una reprimenda, un discurso sobre la importancia de mantener la atención en las clases, que la asistencia a las clases de la Universidad es un privilegio… Había visto al cuerpo docente dar más de una vez el mismo discurso a diferentes personas. Sin embargo, no sucedió. Asintió con firmeza, y siguió con su explicación, decidiendo ignorar el ángulo de visión en el que yo me encontraba.
Me giré una última vez hacia donde se había sentado Juliette para dedicarle una expresión de reproche, pero solo estaba aquella compañera de clases cuyo nombre no era capaz de recordar con exactitud. Así que determiné mirar al frente e intentar prestar la atención que aquella mañana rara mi mente había determinado no prestar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario