sábado, 7 de mayo de 2011

Cambios casi imperceptibles para el mundo. 5.2

Salí de clase confundida y apresurada. Me sentía humillada, con un muro de rectitud y perfección derruido por los instantes del inicio de la clase de la que salía. Si ya era de normal poco social, en aquellos momentos sentía que necesitaba aislarme del mundo, eludir cualquier contacto humano que pudiese sucederse. Sentía que necesitaba mi cámara. Para notar en mis mejillas el frío de su superficie, su fina y blanca cobertura. Para juguetear con el botón de activación del mecanismo de aquella máquina de sueños en papel de fotografía. Por primera vez en mucho tiempo, para deshacerme de aquel malestar, necesitaba algo que no fuese un libro de texto. Y me sentía extraña al pensar que necesitaba de aquello que había causado el anterior suceso. Si no hubiese cogido aquella cámara, si no me hubiese dejado engañar y hubiese estado estudiando, no habría salido a la calle, no habría conocido a aquella chica tan, por lo visto, odiosa para mí, y hoy, además de saberme la lección y haber podido contestar a todas las preguntas, no me habría sentido avergonzada por una reprimenda que no habría existido porque habría estado prestando atención. Y sin embargo, era ahora cuando la cámara parecía tenerme cogida a mí.

En mis devaneos internos, mis maldiciones a todo lo ajeno a mis estudios, una mano se posó en mi hombro, despertándome con un sobresalto. Me paré en seco y miré escéptica aquella mano que se atrevía a tocarme. Femenina. Me giré hasta ver que aquella extremidad pertenecía a la chica que había llegado tarde a clase.

-Perdona, Alma, no?
-Si. Y tú eres…?
-Soy Daniela, pero me puedes llamar Dani.
-Ah. Encantada Dani. – intentaba ser tajante, no quería saber nada de nadie. Lo único que buscaba era utilizar aquel tiempo de descanso para redimir mi vergüenza a base de martirios duros y dolientes en el silencio y la soledad más absolutos, quizá bajo el cobijo de un árbol. Sin embargo, aquella chica, de pelo negro, ondulado, despeinado, de facciones finas y dulces, y aparentemente cargada de energía y de ganas de molestarme un rato, no entendió que mi tono de voz quería decir “Piérdete”
-Quería preguntarte una cosa… ¿Estás bien? – La miré levantando una ceja – Sí, ya se que no hemos hablado nunca, pero llevo yendo contigo a clase desde el principio, y jamás te han llamado la atención por no prestar atención. Eres la persona más aplicada que conozco – me sentí orgullosa por aquel cumplido. Esta chica empezaba a caerme mejor – y sin embargo, justo cuando hemos entrado mi amiga y yo, me has dirigido una mirada de odio que me ha congelado. Y luego te has perdido en tus pensamientos… No quisiera que tuvieses nada contra mí. Es decir, no nos conocemos casi, y antes que como enemiga, me gustaría ser tu amiga, o al menos tu conocida. Y si no quieres, explícame qué te he hecho – El tono con que concluyó la frase me sorprendió por el matiz agresivo que adquirió al marcar el “qué” en exceso.
-Esa mirada no era para ti. – mi tono neutral se transformó en un tono agresivo que encadené con su última frase.
-¿A no? Pues juraría que me mirabas a mí…
-No,…- dudaba de si decirle que conocía a Juliette o no. Sabía que si le decía que era para su querida amiga, empezaría una ronda de preguntas que no estaba dispuesta a contestar, al menos no a las preguntas a partir de la tercera, por darle un margen. – era para Juliette – confesé. Abrió los ojos como platos cuando escuchó el nombre de su amiga salir de mi boca.
-Vaya, no pensé que tú… - ¿Tuviera amigos? No termina la frase. Quizá se lo piensa mejor, quizá directamente no piensa, que es la opción más plausible – Pensaba que tú eras más tranquila.
-¿Cómo?
-Sí, ya sabes… Dime con quién andas y te diré quién eres.
-¿Qué? - ¿Estaba insinuando esta chica que era amiga de Juliette?
-Pues que Juliette es muy… distinta a lo que parece que eres tú – remarcó el parece.
-Soy como tú crees que soy. Y no tengo nada en común con tu amiga – Dije con cierto deje en mi tono de voz. Ella parecía confusa, y suspiré exasperada. Notaba como mi neutralidad hacia las relaciones interpersonales cada vez se desplazaba más hacia el lado del aislamiento. ¿Cómo era capaz de quejarme de que estaba sola si luego era incapaz de tratar bien a alguien? Claro que yo no tenía la culpa de que nadie se adecuase a lo que yo necesitaba. Cuestión de practicidad. – La conozco, pero no soy su amiga.
-Ah… - comentó desilusionada. No se qué habría visto en mí que coincidiría con Juliette. O qué tipo de persona se habría pensado que soy. Pero la chispa volvió a sus ojos, como si se tratase de un perro al que han engañado varias veces con tirarle su hueso, con la esperanza de que esta vez lo harán de verdad – Oye, ¿por qué no te vienes conmigo y mis amigos? Así los conoces. Nos juntamos de varias facultades, seguro que te caen bien. Son majísimos. – un sentimiento alarmante se despertó en mí. No, no quería conocer a nadie. Quería volver a mi vida anterior. Perfecta, monótona, rutinaria, ejemplar. Sin embargo, mi cuerpo no opinaba lo contrario, ya que se dejó guiar en contra de mis pensamientos por una Daniela emocionada por la “captura” de la rara de medicina. Me exhibía como un trofeo conforme avanzábamos hacia donde se suponía que estaba su grupo.

Poco a poco definí el lugar de destino, una mesa con un banco a cada lado en la cual varios chicos y chicas debatían airados sobre temas que escapaban todavía a mi capacidad auditiva, pero que sin embargo, por sus gestos, era evidente que había dos bandos en aquella conversación. Solo que, a diferencia de cómo yo imaginaba las relaciones interpersonales, llenas de competiciones, de amarguras, de ansia por ser el mejor, por obtener la razón costase lo que costase, éstos parecían disfrutar de su discusión. Se reían, los de un bando abrazaban al otro de vez en cuando, para después gritarse como si el anterior gesto no hubiese existido. Conforme nos acercábamos me entró un sentimiento de histeria y pánico que jamás había sentido. Los colores fueron apareciéndoseme en el rostro. Lo supe porque noté mi cara ardiendo.

Trataba de estructurar cualquier tipo de conversación, pero no se me ocurría nada. Tan solo pedía a mi suerte que me dejasen escapar de allí. Dentro de mi discurso racional mental se colaron el deseo del primer beso, el deseo del primer amor. Por un instante me imaginé con pareja, mostrándole mi amor, siendo una persona normal enamorada de otra persona normal en un sentimiento recíproco. Fue precioso aquel instante de futuro perfecto y platónico.

Antes de llegar al grupo, miré a Dani. Caminaba sonriente, sacando pecho y cogiéndome del brazo para impedir que me escapase corriendo. No pensaba hacerlo aunque quisiese huir de aquella situación. Cogí aire como si hablar me costase horrores.

-¿Qué estudia Juliette? – pareció que escupía las palabras, deseando mandarlas lejos. Y quizá fuese así. si a mi incapacidad de relacionarme sumábamos mi don inexistente (aparentemente) para tratar bien a desconocidos, sería entendible la tonalidad que, de un modo y otro, se hallaba presente en mis discursos.
-Bellas artes – contestó ella unos instantes antes de que llegásemos al perímetro dentro del cual se consideraría que estábamos junto aquel grupo. La tensión se me subió a la cabeza, notando cada palpitar de mi corazón en torno a ella.

Mi único pensamiento cuando dijo la carrera se me repitió un par de veces. “¿Cómo no?”

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