lunes, 11 de junio de 2012

Detalle de un segundo 14.2

Sin querer evitarlo, giré mi cabeza con la esperanza de volver a conectar mi mirada con la suya, de volver a construir puentes de fotones y caminar de mi lado al suyo para encontrarnos en ese momento incierto en el que dudaba del querer y del mundo entero. Tan solo alcancé a verla girada en el mismo instante en que se dejaba caer el vestido rojo sobre la cabeza, deslizándose por su espalda como si supiese ya su recorrido, amoldándose. Suspiré, al menos no estaba recogiendo para irse.

Volví a mi cinturón, el cual parecía resistirse durante todo ese tiempo. Como si no quisiese deshacerse, como si necesitase una contraseña. Gruñí, haciendo que Juliette se girase hacia mí.
- ¿Puedes?
- Yo… Bueno… sí...- intenté maniobrar un par de veces más, del derecho, del revés… Parecía enganchado por el mismo diablo. – No, no puedo – suspiré. Ella se mantuvo callada, esperándome. - ¿Puedes ayudarme? – dije con cierto tono de súplica.
- No
-¿Qué? – Me giré indignada
-Pues que no puedo.
-¿Por qué no?
-Porque no quieres que te toque.
-¿De dónde te has sacado eso?
-No lo he sacado de ningún lado. Tú me has apartado
-Bueno, es que yo… No… Pero…
-¿Podrías alguna vez terminar todas las frases?
-Perdón.
-¡No te disculpes! - resopló – Hay veces que me exasperas. – se acercó – Te voy a ayudar, pero solo porque tienes la piel de gallina. – Puso sus manos en el cinturón, realizando los mismos movimientos que yo, consiguiendo los mismos resultados – Pero qué mierda… - bufó. Se puso de rodillas, su visión paralela al cinturón. Me miró a los ojos - ¿te incomoda?
-No – dije, metiendo vientre. Ella se rió, yo también, ambas sabíamos que mentía.
-Tienes una especie de lío con un hilo en la hebilla. – advirtió. - ¿Llevas tijeras? – negué con la cabeza, me sentía como una niña en esos momentos.

Acercó su boca a donde decía que tenía el nudo. Su nariz rozó mi tripa, su respiración recorrió varios centímetros de mi piel. Tuve un escalofrío, miraba al infinito. Noté un ligero tirón de mi cintura, seguido de un chasquido. Acaricié su hombro con las yemas de mis dedos sin pensarlo, ella se levantó rápido y se alejó.
-Listo.
-Gracias. – se volvió hacia su maleta sin decir nada y comenzó a doblar las camisetas.
Me puse el vestido con aire confundido. Era la talla perfecta, se ajustaba a mi cuerpo como si fuese una piel más suave y sedosa. Carraspeé y Juliette se giró hacia mí. Me miró de arriba abajo, sonriéndose con aires de satisfacción. Sacó entonces de la maleta los zapatos rojos y me los tendió. Me los puse a duras penas, sin lograr entender como había acertado mi talla. Crecí seis centímetros de golpe.
-Perfecta – dijo Juliette mirándome, satisfecha. Miré mis pies, insegura. – No te preocupes, no vamos a movernos mucho – apartó la maleta y extendió una especie de mantel con cuadros rojos y blancos sobre el suelo. Cogió su cámara réflex un trípode que fue montando hasta que adquirió una altura considerable. Instaló aquel aparato a unos pocos metros donde estaba yo, apuntándome. Instintivamente me tapé la cara. – No voy a hacer ninguna ahora. Puedes ponerte bien – comenzó a toquetear la cámara. Cuando terminó volvió y sacó de un bolsillo pequeño un mando diminuto con un par de botones. – Te explico.  – Se puso frente a mí – Mi intención era hacernos unas cuantas fotos para un trabajo de la universidad – la miré escéptica.
- ¿Y no me lo podías haber dicho desde un principio?
-¿A caso habrías venido? – tocada. – Cuando le de al botón comenzará a hacer ráfagas de fotos...
-¿Y cómo sabré cuándo se hacen las fotos?
-Ahí reside la gracia del asunto. No lo sabrás. Yo tampoco. Han de ser fotos naturales, nada de posar, ni salir hermosas por ficción. No habrá retoque después. Por eso he querido hacérmelas contigo.
-¿Y Andreu? ¿O Marcos?
-Tenían cosas que hacer
-Oh – sentí una pequeña punzada en el estomago al sentirme segunda opción.

Con un rápido movimiento apretó un botón del mando. Había comenzado el juego, y yo no sabía qué hacer. Tensé los hombros y no paraba de mirarla confusa. Ella se mostraba tranquila, natural, su melena roja se volvía aún más roja en contraste con la piel de sus hombros desnudos, que servían de base a un cuello fino. Había cogido del suelo un estuche del que sacó una barra de labios. Lanzó el resto de nuevo a la maleta.


- Ven – obedecí – Desténsate – su voz hizo que sonriese, y colocando sus manos sobre mis hombros, hizo que poco a poco los músculos fuesen cediendo – Solo son fotos – quitó un mechón de mi cara. Yo miraba sus labios. No parecían haber sido pintados, y sin embargo estaban de un rojo insultante. – Abre un poco la boca – me esforzaba por oír algún pequeño *click* que me indicase que las fotos se estaban haciendo, pero nada.



Entre abrí los labios insegura. Juliette se acercó a mí con una barra de labios rojo frío y comenzó a tiznarme la boca de aquel color impactante. Miraba mi boca con concentración. Yo tragué sonora, sin poder evitar salivar demasiado. – Perfecto – murmuró. Sonreí tímidamente, no le encontraba sentido a estar allí, con ella, tomando instantáneas de momentos extraños.
- Me siento bastante incómoda, Juliette
- No te preocupes. – apartó un mechón de mi rostro – nadie nos puede ver aquí – tomó mi mano suavemente. La puso entre ambas, con la palma mirando al cielo y la miró con cierta ternura que no entendí. Recorría con las yemas de sus dedos los surcos marcados de mi piel. – Abrázame – fue un mandato, una imposición. Y de nuevo, obedecí.
Llevó mi mano a su cintura, y yo la deslicé hasta rodearla. Esquivaba su mirada, evitaba el máximo contacto, y mi corazón pretendía excavar hacia la superficie de mi pecho a golpe de sístoles y diástoles agresivas que disparaban mi sangre hasta asesinar mis pómulos, inyectarlos en la sangre del rapto de la razón.

Sin embargo, solo el roce de su piel en mi barbilla hizo que me irguiese y colocase mis ojos en la trayectoria de los suyos. Rasgados. Sonreía. – Hazme el favor de relajarte, no hacemos nada malo.
-Si ya lo se. ¿Qué iban a hacer malo dos chicas solas en un bosque? – ella se calló. Yo me callé. No sabía muy bien si era ironía o ignorancia lo que había hablado por mí. Otro silencio incómodo.

De pronto, ella echó a reírse. Cuatro, quizá cinco segundos después de que yo hubiese hablado. Primero tímida, una fuerte ráfaga de aire salió de su nariz. Luego un ruido de su garganta, que coqueto se terminó desnudando en una carcajada. Y la seguí. Nos reímos. Un buen rato. No sabría contabilizarlo. Fue de esos momentos en los que el tiempo se para, y solo existe ese instante que estás viviendo, que se torna eterno y perfecto, y ni el tiempo, ni la lluvia, ni un ruido ajeno al paraíso lo destruyen.

 Nos golpeamos los hombros con dulzura. Nos desbaratamos el pelo, nos sacamos la lengua y la incomodidad se evaporó. Se fue con una brisa de viento, o se fundió con la tierra, pasó a ser parte de los árboles, de la pintura del momento.

 Empezó a hacerme cosquillas. Me retorcía, me reía, y ella se reía más – ¡¡Para!! por favor… - suplicaba y suplicaba. Caímos al suelo al lado de la maleta. Yo me defendía, ella atacaba, e iba ganándome terreno hasta que al final no podía contrarrestarla, estaba agotada y casi me faltaba la respiración de tanta risa.


Tumbadas en el suelo, con sus brazos bloqueando la huida de mi cabeza hacia la razón, y su rostro por encima del mío, a un palmo su nariz y la mía, lo único que nos resguardaba de la realidad era su pelo cerrando la entrada de luz a ambos lados, y la cálida sonrisa iluminando nuestra pequeña cueva. También yo sonreía, pero era una sonrisa tonta, de esas que se te escapan sin saber muy bien por qué, que hacen que le mundo se torne de color del infinito ocaso, del tierno amanecer, del misterio nocturno y el florecer de una flor de almendro.

Le puse el pelo tras las orejas, con las manos cargadas de miedo y de dulzura. Actuaba de manera casi mecánica, y tenía el cerebro apagado en esos momentos. Sencillamente, Vetusta Morla y la respiración de Juliette escribían el pentagrama del momento. Yo era un instrumento al que hacía sonar.

Se inclinó hacia mí, juntó su frente con mi frente, su nariz con mi nariz, y nos mirábamos a los ojos como si quisiéramos ahogarnos en ellos. Un canal eléctrico entre su alma y la mía, candente, explosivo, se formaba a toda prisa. Movía su cabeza, nuestras narices se rozaban, y yo no sabía que hacer; entre la espada y la pared, entre el suelo y el deseo que no podía admitir. Que no quería admitir. Por que no era posible.


Una mano en mi muslo, que subía el vestido lentamente. Se me erizaba el vello, se me escapaba algún suspiro, y los ojos se me iban cerrando lentamente. La boca me sabía a peligro, a morbo, a deseo reprimido, a necesidad, a escape, a desvanecimiento, a lucha, a ganas de empezar, y de terminar. Sonreía, flotaba, incapaz de imaginar. Todo aquello excedía. Sobrepasaba los límites de mis cuentos de hadas, de mis finales felices. Iba más allá de todo cuanto había soñado, por que no me había aventurado a pensarlo. Consternada, confusa, feliz, indecisa. Eran segundos en los que las sensaciones se confundían, se mezclaban, se turnaban, aparecían y desaparecían en milésimas de segundo. Y entonces…


domingo, 10 de junio de 2012

Detalle de un segundo 14.1

Frenó justo en frente de mí, con una sonrisa floreciente en la cara. Se inclinó hacia mí y me abrió la puerta para invitarme a entrar. Acepté la invitación con una sonrisa en el rostro, dejando el bolso en el asiento trasero. Vi una pequeña maleta metida a los pies del otro asiento trasero, y miré interrogante a Juliette, que me miraba todavía sin arrancar. 
-¿Te vas de casa? 
-Ahora luego te lo explico. – esa sonrisa pícara que dibujaba en su rostro no me daba mucha confianza – ponte el cinturón. – obedecí con la rapidez de un siervo. 
Con el sonido del click, accionó el motor y nos pusimos rápidamente de viaje a no sabía dónde. La capota del coche estaba bajada y el viento nos salpicaba el pelo. Miré a Juliette, concentrada en la carretera, mientras sus mechones del pelo se mecían al viento como lenguas de fuego que acariciaban el cielo. Se percató que la miraba, por que sonrió, y por el rabillo del ojo la vi buscarme en el retrovisor. Yo también la busqué y nos encontramos las miradas durante un instante. En seguida volvió a la carretera. El silencio se apoderaba de la situación, y sin embargo, no me sentía incómoda. Aun así, Juliette consideró oportuno poner música. 
*Hablemos de ruina y espina, hablemos de polvo y herida…* Una música lenta y atrayente envolvió mi cuerpo. Comencé a golpear con el dedo índice mi pierna derecha al ritmo de la melodía. 
-¿Te gusta? 
-Sí. ¿Quién es? 
-Vetusta Morla. 
-No lo había oído. 
-Tú no has oído muchas cosas. 
-¿Cómo se llama la canción? 
-Maldita dulzura. – me sonreí. No se por qué, pero quise tomármelo como un halago. 
Esa fue toda nuestra conversación durante el viaje. Me abstraje con el paisaje una buena fracción del trayecto, y la otra la pasé intentando descubrir las letras de aquel cantante. Cuando paró el coche no sabía dónde estábamos, me sentía perdida en el mapa. Se bajó y cogió la mochila. Me bajé y cogí mi bolso. Nos adentramos en un tímido bosque, todo pendiente ascendente. Paramos en un claro. 
-¿Dónde estamos? 
-Si te lo dijese, perdería el encanto. – Dejó caer la mochila en el suelo – Deja las cosas aquí- la miré con preocupación – no pasa nada. Aquí no viene nadie. – terminé por hacerle caso, al fin y al cabo, ella parecía venir a menudo, se lo conocía bien. Dejé en el suelo el bolso y el abrigo, justo al lado de su maleta.

Cuando descargué me tendió la mano. La cogí, dejándome guiar. Estaba caliente, resultaba confortable. Comenzamos a ascender por unas rocas hasta que llegamos a lo que debía ser la cima. Juliette se paró unos pasos más delante de mí. – Mira – me atrajo hacia ella con el brazo. 
Ante mí se abrió el inmenso mar, escondido parcialmente por la frondosidad de unos árboles que parecían haber escapado a la mano humana. No pude sino abrir la boca y quedarme anonadada. – Hermoso. ¿Verdad? 
-Es precioso, Juliette. ¿Cómo lo descubriste? 
-¿Quieres parar de hacer preguntas y dedicarte a disfrutar del momento? – parecía incluso molesta, pero después me apretó la mano, que todavía seguía cogida, y me sonrió. Volvimos a mirar al horizonte. Desde donde estábamos podíamos oler la brisa marina a la vez que el bosque nos engullía salvajemente. 
– Ya está bien – se giró, soltándome la mano. La miré recelosa – no te he traído aquí para pasar toda la tarde mirando la nada. 
-¿Entonces? 
-Volvamos, anda. Que se nos va a hacer tarde – retomé su mano, volviendo sobre nuestros pasos, volviendo a crujir las mismas hojas caídas, volviendo a respirar el mismo aire húmedo, volviendo a imaginar abstracciones de lo que podría venir a continuación. Me comía la curiosidad. Quizá fue por ello por lo que más de una vez pasé a andar yo delante de ella, aunque me equivocase de camino y Juliette tuviese que arrastrarme por el sendero correcto. 

Cuando llegamos, abrió la maleta en el suelo. Descubrió en su interior un par de vestidos volátiles rojo y negro, bien plegados, y dos pares de zapatos de tacón. Pinturas, máscaras, todo tipo de objetos. Cogió los dos vestidos y me los tendió.
- ¿Cuál prefieres? – los miré indecisa. - ¿Lo elijo yo? 
-Mejor. 
-Vale. –los miró detenidamente, pasándoles un examen – Toma – me tendió el vestido negro. Lo cogí y lo desplegué sobre mi cuerpo. 
-¿Qué hago con él? 
-Quémalo. 
-¿En serio? 
-No, tonta. Pontelo. – miré a mi alrededor, buscando un sitio donde cambiarme. Cuando terminé de examinar el lugar miré interrogante a Juliette - ¿Te da vergüenza cambiarte conmigo delante? – me sonrojé. – Va, no seas tonta. Mira, empiezo yo – Se quitó la camiseta, lanzándola a la maleta. Su piel me deslumbraba. Daba la sensación de ser más suave que el lino, que la seda, y más brillante incluso que el sol… Me dieron ganas de acariciarla, de dibujar carreteras sobre ese país deshabitado, solo por la curiosidad de cómo sería su tacto. Quizá llegué a mirarla con deseo. – Si me sigues mirando así vas a hacer que me sonroje – fui yo la que se sonrojó cuando salí de aquel viaje interespacial por los poros de su piel – te toca
-Juliette… me da… 
-¿Te ayudo? – se acercó con los brazos extendidos. 
-Yo… - di un paso hacia atrás, indecisa. 
-Vamos, Alma. No voy a violarte. – alcanzó con sus manos mis caderas. En ese momento, los minutos de fijación con las letras de Vetusta Morla surgieron a la luz, y en mi cabeza sonó una frase *dejarse llevar suena demasiado bien…* Fue casi una orden para mí. Dejé que fuese levantándome lentamente la camiseta, sin yo saber muy bien dónde mirar. Ella no dejaba de sonreír mientras iba dejando al descubierto mi vientre. No pude evitar aguantar la respiración conforme sus manos ascendían. Era tan bochornoso para mí, que incluso podría decirse que me resultaba morboso. Unos instantes antes de que la camiseta pasase por mi cuello, la miré a los ojos, y quedé hipnotizada. 
Terminó de sacarme la camiseta por los brazos. Ahora era yo la que la miraba, y ella la que eludía mi mirada, la que se perdía por mi piel, con sus pupilas dilatadas, las llamas asomándose por ellas, jugando a enseñarme lo que no quería ver. Lanzó la camiseta en la misma dirección en la que había lanzado la suya, y volvió a poner sus manos en mi cintura, dejándolas conducir por las carreteras de mi cintura hacia el cinturón. Comenzó a desabrocharlo cuando volví en mí. Fue como si alguien hubiese apagado de golpe esa canción de Vetusta Morla, dejando a mitad esa frase que me había dejado inconsciente en lo que a la razón se trataba, y me eché hacia atrás – Ya puedo yo, gracias. – me giré para ponerme el cinturón. 

Notaba el orgullo de Juliette dolido, pero la confusión era demasiado grande como para tratar de remediarlo. El área de mi cintura en la que había posado sus manos todavía ardía, y a su alrededor el vello se erizaba buscándola a ella.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Vergüenza, humillación, y una sonrisa. 13.2

Eché a caminar hacia el aparcamiento, ahora con algo más de prisa. Si quería ponerme guapa, como ella había dicho, tendría que darme prisa en llegar a casa y comer, para poder tener tiempo suficiente para arreglarme… ¿Arreglarme? No tenía muy claro si sabía lo que significaba en concreto aquel verbo. Me maldije a mí misma en la soledad de mi mente. ¿Qué habría querido decir Juliette con que me arreglase? ¿Debería maquillarme? Palidecí solo de pensarlo. No tenía pinturas, y en el caso de que decidiese usar las de mi madre, no tenía ni idea de por dónde debería empezar a desdibujarme, más allá del simple colorete olvidado de mi madre que había terminado por apropiarme. Intentar reconstruir mentalmente un proceso sin saber nada sobre él me agotaba. Me decanté por que el encanto de un rostro al natural, sin colorete, sin largos minutos frente a un espejo debatiéndome entre empezar de una manera u otra.

Mientras conducía a casa, me planteaba qué ropa me pondría. El trayecto era corto, tanto como la decisión a tomar. Todos mis pantalones eran vaqueros, así que la duda por esa prenda quedaba básicamente descartada. Pensé en una camiseta de cuello barca azul. Contrastaría con el tono claro de mi piel, seguro. ¿Se referiría con eso a ponerse guapa?

Llevaba ya un desorden importante en lo que respectaba a mi vida en aquel momento cuando aparqué el coche. Entré a casa con la intención de comer rápido e ir corriendo a la ducha.

Al llegar a la cocina me encontré con un plató frío de pasta dura y tomate precocinado en el banco. Ni siquiera una nota con instrucciones, saludándome o cualquier trivialidad. Metí la comida 45 segundos al microondas a calentar y encendí la televisión. Ese día, en vez de ver las noticias, decidí poner uno de esos canales que veía todo el mundo, solo por curiosidad.

Cuando terminé de vestirme tras una buena ducha, llegó la hora de arreglarme, y debía empezar por el pelo. Fui al baño de mis padres, donde mi madre tenía espuma para cabello rizado. Bajo el chorro de agua caliente, desenjabonándome, había decidido cambiar hoy de peinado y acentuar unos rizos que ni siquiera tenía claro si poseía.
Leí las instrucciones que no quedaban nada claras y pasé a imitar a mi madre. Agité el bote y apreté el botón, dejando salir sobre la parte de mi mano aquella sustancia espumosa blanca. Cuando consideré que había puesto demasiada espuma en mi mano, dejé el bote en su sitio, y con la mano que me quedó libre comencé a aplicarme la espuma en el pelo, eligiendo un mechón de pelo y apretándolo en un puño junto con la espuma.

Cuando terminé me miré en el espejo semi-empañado, tenía buena pinta. Saqué el secador y apliqué un poco de aire frío al pelo para acelerar que se secase, pero sin destrozar los rizos potenciales. Agradecía que mis padres no estuvieran en casa, pensarían que me había vuelto loca.
Marzo en los almendros

Observándome vestida, no terminaba de convencerme aquel aspecto. Fui al cajón de mi madre donde guardaba las camisetas bonitas, esperando que hubiese alguna que me gustase. Con mucho cuidado empecé a rebuscar hasta que encontré en el fondo del cajón una camiseta que no le había visto jamás. Cuando la saqué me di cuenta que todavía llevaba la etiqueta. Me la probé. Para mi sorpresa, me gustaba cómo me quedaba. Era una camiseta negra que remarcaba mi cintura, acentuándola. Encantada, me di cuenta de que aquel escote que arrastraba la camiseta hacía que pareciese que tenía los pechos más grandes de lo normal. Con el sujetador intenté levantarmelos un poco más; no estaba tan mal después de todo.

Estuve pavoneando delante del espejo un buen rato, hasta que miré el reloj. Las cinco menos cuarto. Rápida, limpié el baño en diez minutos, cogí el abrigo marrón, un bolso negro de mi madre en el cual metí mi cámara con un par de carretes, el móvil, las llaves y algo de dinero, y bajé corriendo para salir. De refilón vi una nota que hizo que me parase. La cogí y salí a la calle.

La nota era de mi madre.

Alma, tu padre y yo nos hemos tenido que ir a un congreso a Suecia. Volveremos en un par de semanas más o menos. Sentimos no haberte avisado con antelación. Cuídate. Te pondremos dinero en la tarjeta para que te compres comida cuando necesites. No despistes tu trabajo.

Te queremos, tesoro.

Mamá”



Me reí en un segundo de manera irónica. ¿Te queremos? ¿Tesoro? Aquello no era más que un sentimiento de culpabilidad, una manera de remediar lo poco que les importaba. Tampoco me afectaba en esos momentos. Arrugué la nota y la tiré a una papelera que tenía cerca. Volví a mirar el reloj. Las cinco. En seguida llegaría Juliette. Me humedecí los labios, resecos por el frío. ¿Qué habría planeado aquella loca? ¿Qué esperaba que hiciese?
Marzo en los almendros

Cinco o diez minutos después de pensar en qué íbamos a hacer aquella tarde, vi aparecer al principio de la calle un coche rojo, el de Juliette. Esta vez no iba nadie más en él.

Vergüenza, humillación, y una sonrisa. 13.1


Los siguientes días los pasé como solía pasarlos antes de conocer a Juliette. Iba de casa a la universidad, de la universidad a casa, y en medio, la biblioteca era mi segundo hogar. Las palabras me parecían estúpidas, y cuando no tomaba apuntes, me permitía una regresión al pasado, a mi portal, a sus labios. Era mi refugio cuando me aburría, cuando me sentía cansada. Mis padres salían y entraban de casa sin que yo me percatase. Seguía viviendo casi sola. Era la vida de antaño, la vida de soledad que tanto me había gustado y que ahora comenzaba a parecerme vacía de sentido, de vida. El ambiente que me rodeaba era frío, y comenzó a parecerme una obsesión casi insana el recuerdo del beso. El primer beso. MI primer beso. Marzo en los almendros

Traté de eludir a Juliette y todo lo que hiciese referencia a ella. No quería descentrarme, perderme como persona. No quería pensar en Marcos. No quería pensar en nada. Y aun así, me era imposible obviarlo. ¿Por qué? ¿Por qué? En qué momento había elegido el cambio. En qué lugar había decidido escoger la desviación a mi camino principal. Un corto sendero, unos pocos pasos, y al mirar atrás no era capaz de encontrar el sendero en sentido inverso de vuelta a mi vida. Sin embargo, seguía siendo quien era, seguía mostrándome al mundo como hace poco tiempo, nadie veía el cambio, porque nadie me veía. Sin embargo, podía notar en el rincón de mi corazón, bajo la válvula tricúspide, un pequeño color negro teñirme una pequeña porción del tejido cardíaco.

Duré tan solo tres días escapando de la pelirroja, de sus garras, sus miradas, sus palabras. Cuando ella venía hacia mí, yo conseguía escapar. Cuando me gritaba, yo desaparecía tras una puerta, por otro pasillo, huía, sin embargo, ese día no pude escapar, no tuve opción a enfrentarme al cambio, a sus ojos, al beso, no tuve opción de enfrentarme a la vida, a Juliette.

Eran las dos de la tarde y acababa de salir de clase. Cogí la misma ruta de siempre para llegar al coche sin que Juliette me encontrase. Al paso me salió de un aula aquella pelirroja, con su pelo suelto, su sonrisa desenvuelta, sola. Enrojecí. Ella olió mi vergüenza, sabía que pasaba por ahí, me había estado esperando. Le sonreí cordial. Me devolvió la sonrisa, no parecía que fuese a dejarme pasar impune. Estaba de pie, quieta, y yo también me paré.
-Hombre! Alma!
-Hola Juliette – la miré a los ojos, me daba vergüenza que me leyese el alma, que leyese que me había besado con su amigo, que me había gustado. ¿Por qué? No lo sabía, pero no podía evitar sentir desasosiego.
-¿Qué tal estás? – se acercó a mí.
-Bien…- caminé hacia atrás, tanta distancia como pasos recorrió Juliette. - ¿Y tú?
-Oh, yo bien. Aunque algo preocupada porque una conocida mía no hace más que eludirme y esas cosas – me costó aguantarle la mirada mientras clavaba su pupila en mi pupila, pero conseguí mantener el reto. - ¿Por qué me huyes?
-¿yo?
-Sí. Y no me digas que no lo haces.
-Yo…
-Tú, tú, tú. – se sonrió y de nuevo avanzó hacia mí. Esta vez me mantuve inmóvil – No te preocupes, se que Marcos te besó, y que tú le respondiste. – palidecí, lo supe porque el corazón dejó de bombear sangre hasta mi cabeza. Incluso me mareé. Ella también lo supo, supo que era cierto lo que acababa de inventarse, supo que me avergonzaba de que lo supiese, y supo que me estaba quedando sin aire. – Pero no te preocupes, no voy a decírselo a nadie – Me guiñó un ojo, haciéndome sentir como una niña, una inmadura, una estúpida. La miré con falso agradecimiento. Que ella lo supiese ya era para mí todo el bochorno que podía soportar. Me sentía avergonzada por mí misma. Incluso podría decirse que decepcionada. Lo que no podría decirse, por que lo negaría siempre, era que me gustaba esa sensación de haber infringido las reglas, de haberme dejado llevar mínimamente por mis impulsos, por lo que de veras quería.
-¿Te importa?
-¿A mí? Qué va. No estoy saliendo con él – pero sus ojos no parecían decir lo mismo. Había resquemor, había envidia, dolor, tristeza, en aquellas pupilas que se escondían en su propia oscuridad para no encontrarlas reveladoras. Por una vez, decidí fingir que creía a su voz, a lo que ella quería que yo creyese. Le sonreí inocente, y su expresión cambió rápida a una sonrisa sencilla - ¿Te apetece salir a dar una vuelta esta tarde? - Me sentía animada tras esta pequeña charla, incluso me apetecía salir con ella.
-Claro, por qué no. – Hasta Juliette se sorprendió de mi respuesta tan contundente. No había dudado al contestar y eso quizá la confundió. Tardó un par de segundos en contestar, y sin embargo, parecía tan natural que llegué a olvidar ese silencio de sorpresa.
-¿Paso a por ti esta tarde?
-Vale. ¿Dónde vamos a ir?
-Será sorpresa. Tenías cámara de fotos, no?– esta vez fui yo la que me quedé estupefacta. No recordaba aquella cámara que había dejado abandonada en un cajón, ni tampoco recordaba que la primera vez que había visto a Juliette había sido en aquella salida a callejear en una neura radical que me había surgido de la nada. Asentí – Cógela, por si acaso. Yo cogeré mi cámara también.
-Vale. ¿Pasas a las cinco?
-Por ejemplo. Ponte guapa, ¿vale?
-Vale – giró sobre sus talones y echó a andar en sentido contrario al que yo debía seguir para llegar al coche. Estaba bastante aturdida. Había pasado de evitar a toda costa a Juliette a haber quedado con ella para esta tarde, sin saber exactamente qué iba hacer.