Fue un quince de marzo, frío, nublado, del color de la tristeza hiriente. Tenía once años por entonces, y todavía mis tardes estaban inundadas de inocencia y niñez. Hacía seis años que había tocado la primera cámara, aquella polaroid que me robó el corazón desde el primer instante que rozó la piel de mis manos. Tras un par de meses de abusar de ella, mis abuelos decidieron que estaría mejor bajo mi cuidado, pues ellos a penas le daban uso. Pasó a ser mi posesión más preciada. Antes de dormir, la observaba durante unos minutos, detalle a detalle, examinando que no tuviese ninguna raya, ningún desperfecto, que estuviese como nueva. Y al despertarme, lo primero que tenía ante mis ojos era de nuevo aquella máquina, la cual alcanzaba al alargar mi brazo. Saber que era mía me provocaba una gran sensación de dependencia. Sentía que debía llevarla constantemente conmigo, cuidarla. Y así lo hacía siempre que tenía tiempo. Así lo hice hasta que tuve que reemplazarla.
Fue un quince de marzo, lluvioso, inestable, sensible. Las calles se inundaban por el agua que caía imparable de las nubes, mojándolo todo sin remordimientos. Era festivo, y mis abuelos iban a venir a comer a mi casa. Tenía pensado regalarles una foto mía, de modo que con mi vestido morado, de falda con vuelo y un pequeño dibujo blanco a la altura de la cintura (regalado por mi abuela) me dirigí hacia el cuarto de mis padres, el único lugar de la casa donde había espejo completo. Faltaba poco para que llegasen y debía darme prisa. Me coloqué delante del espejo, aunque no me convencía hacerle una foto a mi reflejo. Sin embargo, quería regalarles una foto mía hecha por mí, de cuerpo entero, para que observasen siempre que quisiesen ese vestido colocado sobre mi cuerpo. Me llevé el objetivo al ojo despacio, saboreando aquel cambio de perspectiva como si fuese un dulce caro y delicioso. En el momento en el que la cámara capturaba mi figura, sonó el teléfono de casa.
Escuchaba a mi madre hablar, quizá tartamudear. Saqué otra foto, intentando que fuese lo más idéntica posible. quería que ambos tuviesen la misma fotografía. Una vez estuvieron las dos hechas, dejé caer la cámara de modo que quedó en suspensión desde mi cuello, y agitando las fotografías suavemente como me había enseñado mi abuelo, fui hacia la cocina, donde estaba mi madre. Cuando entré la encontré con la cara tapada por las manos y el teléfono al lado. No oía ningún ruido, y ahora que lo recapacito se me encoge el alma al pensar en el silencio sepulcral que escondía sus lágrimas y lloros - Mira mama, se las voy a regalar a los abus - le tendí las fotos con una sonrisa dibujada en la cara.
Entonces ella levantó el rostro, con una serenidad que me transmitió una tormenta de sentimientos que no entendí. Y sentí miedo, confusión. Cogí, en un impulso irracional, mi cámara, como queriendo protegerla de un desastre mundial. Mi madre se pasó las manos por sus ojos, lentamente, arrastrando las lágrimas de modo que las espinas que estas tenían pudiesen clavarse a gusto en su piel, y hacerle daño. Noté su dolor en aquel momento, porque algo a mí también me dolía. Dejé las fotos en la mesa, y por primera vez en seis años, dejé, con la luz del día reinando en mi realidad, la cámara en la mesa, separándola de mí, para abrazar a mi madre. - Mami no llores. Si quieres te puedo hacer una foto a ti. Con lo guapa que eres, les gustará mucho a los abus - dije convencida. Por primera vez en mi vida, vi, escuché, sentí llorar a mi madre. Y mi corazón se encogió hasta que me dolió la reducción de tamaño. Me apretaba el tejido de la tensión que acumulaba su contracción, y una lágrima comenzó a nacer en mis ojos. Fue entonces cuando dejé de abrazar a mi madre, para pasar a que me abrazase ella. Unos instantes después se separó de mí, desviando la mirada y sorbiendo los mocos. Cuando dirigió de nuevo su mirada a la mía, vi en su pupila una mujer descompuesta, rota, intentando fingir un muro indestructible que acababa de ser derribado. Vi su necesidad de mantenerse fuerte conmigo, de hablar con mi padre, de caer en sus brazos y que él la meciese como siempre hacía cuando ella se encontraba mal.
Se secó las lágrimas rápido, y me sonrió como pudo. Fue la sonrisa más triste que jamás había podido ver hasta entonces. La verdad es que a lo largo de mi vida he visto muchas sonrisas tristes, pero ninguna me dolió tanto como la suya. Era la sonrisa que surgía de la necesidad de recomponerse de manera inmediata a algo desmesuradamente doloroso - Alma... - me puso las manos en los hombros, y yo no entendía nada - Los abuelos no van a venir... - notaba la duda en su voz. Se callaba más de lo que decía. La miré, conectando sus pupilas con las mías, hasta el punto en el que estuve segura que con solo mirarla entendió que quería una explicación - Acaban de tener un accidente con el coche y... - Hizo una pausa mientras observaba mi reacción. O quizá la ausencia de tal. La palabra accidente precediendo a coche hizo que evocase todas aquellas imágenes de las noticias, accidentes mortales, en carreras de coches o en una simple carretera de un pueblo, todo ellos terribles, desastrosos, mortales, y siempre descritos con esas dos palabras.
- Tengo que ir al hospital - terminó por decir sin querer aclararme nada. - La abu está allí. Te dejaré en casa de la vecina y cuando hable con los médicos vendré a por ti - volvió a sorberse los mocos mientras se levantaba y dirigía hacia el vestíbulo a por su abrigo. Había dicho que mi abuela estaba allí. Pero no había dicho nada de mi abuelo. - Mamá, quiero ir contigo - dije con tono serio, guardándome las fotos en un bolsito que llevaba siempre conmigo para poder guardar la cámara en cualquier momento, con el máximo cuidado posible - quiero verlos - mi voz me sorprendió. No tenía matices de niña en aquel momento. Si no fuese porque estaba oyendo las mismas palabras que tendrían que salir de mi boca, habría jurado que hablaba otra persona.
En lo más profundo de mi condición humana sabía lo que había pasado, lo que estaba pasando, y posiblemente lo que pasaría, pero me negaba a reconocerlo. Quería verlos, y descubrir que no había pasado nada, que todo volvería a su cauce normal en una o dos semanas. Mi madre se quedó quieta en el vestíbulo, sin saber bien qué hacer, hasta que al final sacó del armario mi chaqueta de los días de frío, de color rojo, mi color favorito. Me tendió el móvil - llama a tu padre y dile que vamos al hospital - dijo seria mientras caminaba hacia el coche. En su voz no había ni un ápice de sensibilidad, sencillamente objetividad, pues se debatía todavía entre llevarme o dejarme. Antes de que se decantase por la opción de marchar sola, fui al coche y me subí en el asiento del copiloto, dejándola atrás mientras caminaba hacia el vehículo. Una vez dentro, llamé a mi padre. No supe explicarle nada, y para cuando mi madre entró en el coche yo ya había colgado.
El trayecto hasta el hospital lo hicimos en absoluto silencio. Mi madre intentaba contenerse las lágrimas, evitar echarse a llorar y tener que parar para desfogarse. Yo intentaba concederle una cierta intimidad en su tristeza mirando el agua que resbalaba por la ventanilla. En estado de incredulidad, lo mejor que podía hacer era olvidarme de la realidad y mirar carreras de gotas. Mi madre estaba destrozada por algo que no me atrevía a concebir aunque lo sabía. Como también sabía que lo mejor era no pensar.
Madre mía, es genial! :O En serio, me está encantando.
ResponderEliminarEscribes muy bien y la historia engancha fácilmente. ¡Sigue así! :D
Un beso! :)