Eran las cinco de la tarde cuando decidí que era hora de comenzar a arreglarme. Me metí en la ducha sin cerrar la puerta del baño. Me parecía inútil, dado que, una vez más, mis padres estaban fuera de mi vista. Mientras el agua resbalaba impune por mi cuerpo sin condena, reflexioné sobre mí misma, sobre mi vida, sobre mis padres. Siempre tan sola, tan autosuficiente. Por muy fría que pudiese ser mi coraza, por dentro necesitaba una madre que viniese y me abrazase. Que me llamase por motes cariñosos, como me llamaba mi abuela, y se tumbase conmigo en la cama a mirar el techo sin necesidad de decirnos nada, tener una conexión auténtica, madre e hija. Echaba de menos tener una familia.
Salí de la ducha y me cepillé el pelo. Era tan largo que casi me llegaba a la cintura. Quizá era hora de cortármelo, pero no encontraba el momento. Lo sequé con secador, y aun así, se me quedó rizado. Más bien ondulado. Pensé en el mar, un mar revuelto pero accesible… Me gustaría ir a la playa.
Me lo recogí en una coleta, cuidando que cada mechón de pelo se colocase en el lugar correcto, fijándolo al resto. De mi armario, además de la ropa interior, cogí unos vaqueros y una camiseta a rayas rojas y blancas, de manga corta. Miré el reloj, quedaba media hora.
Me eché perfume, unas pocas gotas, y me volví a arreglar el pelo. Me puse un poco de colorete, a penas perceptible, ya que era una tonalidad muy similar a mi piel, y me comí una onza de chocolate. No me gustaba pintarme los labios, pero con el paso de los años había descubierto que cuando comía chocolate los labios se me enrojecían de manera natural, así que aproveché ese flujo de sangre.
Cuando quedaban cinco minutos para las siete bajé al portal y esperé a Juliette apoyada en la puerta. Comencé a divagar qué clase de amigos me presentaría. En estos momentos ya no me parecía tan horrendo pasar una tarde con aquella chica. Imaginé con timidez que gracias a ella quizá conocería a un Romeo perfecto para mí. Poco a poco fui construyendo castillos de aire en mi mente, incluso suspiré de amor ante aquella fantasía de cristal. En el fondo, era una romántica, una Julieta. Solo necesitaba conocer al príncipe, al Romeo indicado.
Por fin apareció a lo lejos el coche rojo de Juliette, y me erguí respirando hondo. Sin embargo, aquel mundo frágil se rompió instantáneamente cuando el automóvil estaba lo suficientemente cerca para ver a los que transportaba. Ninguno de los ocupantes respondía a mi idea de Romeo. Al menos en primera instancia. Me recordé que desde siempre me habían enseñado que no debía prejuzgar a nadie y aventuré a imaginar que quizá, más allá de aquel aspecto desaliñado del chico de atrás, que parecía que iba a ser mi acompañante en aquella tarde de, por lo visto, parejas, se encontraba un hombre capaz de enamorarme. Aunque me resultaba una opción francamente remota.
Frenaron justo en frente de mí, y el que viajaba de copiloto se levantó y echó el asiento hacia atrás para que yo entrase. Me sonrió cuando terminó el proceso y se acercó a mí, que permanecía impasible en el mismo lugar en el que había estado esperándolos.
-Hola, me llamo Andreu – y acercó su rostro para darme dos besos, quedándose en posición hasta que reaccioné, como si despertase sobresaltada de un sueño.
-Hola, yo soy Alma.
-Lo se. – me sonrió y extendió el brazo en dirección al coche - ¿Subes?
-Claro. – le devolví la sonrisa.
-Buenas, Alma! – exclamó Juliette. Miré al retrovisor hasta chocarme con sus ojos sonrientes, y trate de imitarla, tímida ante la presencia a mi lado de un chico que me observaba con detenimiento. Me daba la impresión de que me devoraría en cuestión de segundos.
-Hola, me llamo Marcos – su voz era grave, melódica, quizá algo rasposa, aunque aquello carecía de importancia. Lo miré directamente a los ojos, que eran tan verdes que habría jurado estar mirando directamente un mar de septiembre, tormentoso. Eran enigmáticos, hipnóticos, y sabían hablar. Aunque no entendía exactamente qué decían.
-Soy Alma.
-¿Eres o te llamas? – el coche arrancó, y me puse el cinturón, delante, Juliette y Andreu charlaban tranquilamente, daba la sensación que el viaje iba a ser relativamente largo.
-¿Cómo?
-Eres Alma, o te llamas Alma.
-No entiendo la diferencia – se sonrió.
-Ser un nombre, es identificarte por completo con él, y todo lo que conlleva. ¿Tú te identificas con tu nombre? – me quedé pensativa, asimilando lo que me había dicho.
-Todo eso es muy metafísico. Un nombre es un modo de identificación entre toda la masa de seres humanos, una marca para poder diferenciarnos unos de otros… aunque suelan repetirse estos.
-¿Y entonces…?
-¿Qué?
-¿Te identificas con tu nombre? ¿O solo es una manera de llamarte?
-Es una manera de llamarme.
-Entonces, no te presentes diciendo que eres Alma. – lo miré alzando una ceja y se rió.
-Es muy abstracto para mí.
-Eso es porque no estás acostumbrada a tratar con cosas abstractas. – comenzaba a sentirme algo irritada ante aquel tono de superioridad que se marcaba el chico moreno.
-Porque no me hace falta.
-A todos nos hace falta.
-Eso no es cierto.
-¿Alguna vez has rezado?
-Nunca.
-¿Creído en algún Dios?
-No.
-¿Y en la inteligencia?
-Claro.
-La inteligencia es el Dios de los sabios.
Aggh me encanta :D Me gusta como se han puesto de metafóricos :S
ResponderEliminar¡Sigue así! ^^