domingo, 26 de junio de 2011

Ese juego llamado enloquecer 8.2

Aparté los folios a un lado, dispuesta a quedarme frente al ordenador para mirar mi correo, cuando calló un trozo de papel de entre todo aquel cúmulo de papeles escritos a mi letra. Lo cogí del suelo mirándolo con detenimiento. No era un folio blanco, sino que estaba teñido como de café, y desprendía olor a ello. Le di la vuelta para ver la cara en la que había escrito algo:

Ser libre significa vivir y ayudar a que los demás también lo hagan. Agrégame:
elviolindetucintura@hotmail.com

Me quedé pensativa mirando aquella hoja, aquellas palabras escritas en letra cursiva, inclinada ligeramente hacia la derecha, de trazos elegantes y abiertos, como si no le diese miedo que una ‘g’ o una ‘f’ pudiese ocupar todo el trozo de papel. Era inspiradora aquella letra.

Como supuse que no se referiría a que la agregase para mandarle un correo, decidí crearme una cuenta de Messenger para poder hacerlo. A pesar de que mis tripas ya clamaban alimento, me mantuve firme en mi sitio. Me costó decidir mi nombre de cuenta, ya que todos aquellos que contenían mis nombres o apellidos estaban cogidos. Opté al final por imitar el patrón de Juliette y me creé una similar. marzoenlosalmendros@hotmail.com

Inicié sesión sin saber muy bien cómo funcionaba, y comencé a poner el cursor encima de todos los botones para leer la descripción. Lo primero que hice fue pulsar en el icono de poner un avatar. No tenía fotos mías en el ordenador, así que fui a la página web de la universidad y cogí mi foto de matrícula. *perfecto* pensé. Recorrí toda la página principal hasta que la flecha fue a parar encima de un botón en el que ponía ‘Añadir contacto’. *Por fin* y pulsé. Se abrió una ventana nueva, y en ella añadí la dirección que había escrita en la hoja con cierto temor, mirando hacia la puerta por si mis padres habían vuelto y me encontraban perdiendo el tiempo en cosas que encontraban innecesarias. Y le di a aceptar.

Me quedé quieta unos instantes, a ver qué ocurría. Nada. Tan solo se había añadido el nombre de aquella dirección a la página principal, y estaba aclarado, sin verse con suficiente nitidez. Suspiré, quizá no lo había hecho bien. De pronto, aquella dirección adquirió el nombre de “Juliette” junto con una flor, quizá una rosa mal dibujada, y a su lado una ventanita se iluminó en color verde con lo que parecía una foto suya en el centro, aunque no lo distinguía bien.

Un segundo después, bajo, se iluminó un botón en color naranja, con el nombre de Juliette escrito en él. Apreté y se abrió una ventana nueva. Por fin pude advertir la foto que había elegido Juliette como avatar. Sin duda, era ella. Su pelo largo se encontraba alborotado, despeinado, mirando en todas direcciones menos en la pertinente. Sus labios estaban aún más rojos, y su continuo color pasión se veía interrumpido por la presencia de su lengua, en adquiriendo su rostro un gesto provocativo, al cual acompañaban aquellas pestañas extremadamente largas y la raya negra de los ojos. La camiseta que llevaba, negra, la tenía subida de modo que se podía ver el tatuaje de una cobra naciendo más allá de sus pantalones, por donde se cortaba la foto. Tragué saliva haciendo ruido. Y cuando pude apartar la mirada de aquella provocación pública leí lo que me había escrito.

-Pensé que no tendrías Messenger
-No lo tenía.
-¿Te lo has creado por mí?
-No, tenía que hacerlo por unas cosas de clase, y he aprovechado y te he agregado
– mentí. No quería que creyese que así era – aun así, no se cómo funciona
-Yo te enseño.
-¿A distancia?
-Si quieres, voy a tu casa…
-No, da igual
-O tú vienes a la mía
-No se dónde vives
-Yo te indico
-No se…
-Bueno, lo principal es que has sabido ponerte una imagen y sabes escribir. ¿Tienes cam?
-No lo se, es un ordenador portátil.
-Es reciente?
-Sí
-Entonces tienes.
-¿Para qué sirve?
-Para verte con otras personas.
-¿Me estás viendo ahora mismo?
– pregunté mientras me cambiaba la expresión de la cara, y comencé a arreglarme el pelo y recolocarme la camiseta con cierto pudor
-Jaja, no. Para eso tengo que enviarte una invitación y tú tienes que aceptarla.
-Ah, vale.
-Jeje
-Bueno, qué querías.
-¿Cómo?
-Sí, para qué me diste tu Messenger.
-Para hablar contigo.
-¿Por qué? ¿Por qué tienes tanto interés en hablar conmigo? ¿En salir conmigo?
-Me pareces una mujer interesante.
-Y tú que sabrás de mujeres…
-No te voy a decir nada, tendrás que averiguarlo.
-Lo haría si me interesase lo más mínimo.
-Oye, no te di mi Messenger para pelear.
-¿Qué esperabas de mí?
-Bueno, esperaba que si me agregabas tendrías algún interés en hablar conmigo, y no en pelear y dejarme claro que no quieres saber nada de mí
– miré hacia otro lado, evitando la pantalla. Juliette tenía razón, si la había agregado no había sido para alejarla de mí. No se por qué había hecho lo que había hecho, pero sin duda, no era por que quería buscar pelea.
-Está bien. – Decidí darle una oportunidad. Me sentía benevolente, aunque fuese yo la que necesitaba que la perdonasen. Estaba poco acostumbrada a tratar con gente. Siempre que me rodeaba de alguien estaba bajo mis órdenes, y solían ser máquinas, de modo que cuando algo no salía como había planeado, me irritaba bastante. Y aquella chica, Juliette, me irritaba mucho, por que buscaba lo contrario a mí. Era evidente que se dejaba llevar, que confiaba en la improvisación… Y yo no podía dejar nada al azar.
-¿Qué está bien?
-Que tienes razón.
-¿Me estás pidiendo perdón?
-No, te estoy dando la razón, que es suficiente.
-Está bien.
-…
-Oye, te apetecería salir conmigo y un par de amigos alguna noche?
-No salgo por las noches.
-Sería de tranquis, un par de cervezas, conversación, y a casa prontito.
-No me dejan.
-Me estás diciendo que a tu edad todavía pides permiso a tus padres?
-Sí, ¿Te molesta?
-Me parece adorable
– me quedé parada, sin saber qué decir. – Pero… ¿Tú querrías?
-No lo se.
-¿Y si lo cambiamos por una tarde en vez de una noche?
-Entonces sí.
-Vale. ¿Qué te parece mañana?
-Creo que no tengo nada que hacer.
-Ahora sí. Perfecto. Quedamos… ¿Dónde quedamos?
-Ayer me dejé el coche en la universidad…
-Mira, paso a por ti, y a la vuelta, te dejo en la universidad y lo recoges.
-Está bien.
-A las siete de la tarde te va bien?
-Sí.
-Bueno, pues hasta mañana. Me voy que he quedado.
-¿A estas horas?
-Claro, he quedado a comer.
-Ah, pues que aproveche.
-Igualmente.
– y se desconectó.
Miré mi reloj, debía comer ya si quería dejar de escuchar a mi estómago recitar poemas sin palabras. Apagué el ordenador y suspiré, caminando hacia la cocina con la intención de cocinar macarrones para comer. Me quedaba una larga tarde por delante, y a penas me apetecía estudiar. Sin embargo, es eso todo lo que hice el resto del día.

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