Desperté con la quinta sinfonía de Beethoven sonando en mi despertador. Miré el reloj, las seis de la mañana. Bostecé y me enrollé en las sábanas con pocas intenciones de ponerme en pie para estudiar. Volvió a sonar la alarma a los cinco minutos, y de un manotazo lo apagué, hundiendo mi cabeza en la tibia almohada, lamentándome de tener que adelantar de madrugada todo aquello que había atrasado la tarde anterior por acceder a perderme por la desenfadada vida universitaria que tanto gusta al resto.
Conté hasta diez y me levanté rápida. Me quedé quieta unos instantes hasta que aquel baile de estrellas y la danza de los objetos de mi cuarto cesaron. Me rasqué la cabeza y me puse las zapatillas de ir por casa una vez las hube encontrado después de haber estado tanteando el suelo durante un buen rato. La casa estaba en silencio, y la luz diurna comenzaba a hacer su aparición en aquellas cuatro paredes, haciendo que el blanco del que presumían se acentuase e hiciese que mis ojos se cerrasen por el destello de luz. Mis pupilas se contrajeron.
Saqué en silencio los apuntes que había tomado a clase, y con resignación los leí. A penas había algo que pudiese resistir al examen exhaustivo que estaba llevando a cabo con la intención de re-escribirlos a ordenador y poder estudiar. Todo eran palabras sueltas, inconexas, alguna frase y varios dibujos ¿Dónde había estado mi mente durante las clases posteriores a hablar con Juliette?
Comencé por las primeras clases, y en poco tiempo, las frases tomadas a bolígrafo negro en una caligrafía más o menos comprensible pasaron a estar traducidas al lenguaje informático. No sabía cómo afrontar el hecho de haber desperdiciado horas de clase, de las cuales a penas tenía palabras para recapitular.
Abrí Internet, decidida a ampliar la información, y de paso, también abrí el correo. Entré en la página del profesor, en la que siempre colgaba sus propios apuntes. Extensos, a veces inconexos, con relaciones a las clases e incompletos, pero era lo único que tenía a mano y mi orgullo me impedía pedir algo a mis compañeros. Comencé a leer, copiaba y pegaba aquellas frases que me parecían más importantes en un documento nuevo, uniéndolas de manera coherente, a veces reescribiéndolas.
Me resultó un trabajo arduo, y me costó más de lo que había planeado. Claro que también era cierto que nunca me había hecho falta echar mano de los apuntes de los profesores, con los míos siempre tenía de sobra. Sin embargo, la tarde anterior tenía la mente en Juliette y en lo que más tarde acontecería. Repasaba mentalmente sus gestos, sus muletillas, la manera peculiar de sonreír cuando trataba de persuadirte (mostraba tan solo las partes inferiores de las palas, mordiéndose el labio inferior y dibujando media sonrisa) acompañándose de una mirada que hacía que te pensases un par de veces el rechazar aquello que te proponía. Sin duda, Juliette era una mujer que conocía sus armas, y no dudaba en usarlas, siendo igual si se trataba de hombres o mujeres, conseguía lo que quería.
Cuando terminé de re-elaborarme mis nuevos apuntes de manera que parecían propios, en mi casa ya había movimiento. Mis padres se habían despertado y habían hecho su cama. Como había puesto un cartel de No Molestar en el mismo momento que había escuchado la alarma de mi padre sonar, colgado en la puerta, no entraron a decirme nada, más que mi madre un tiempo después, para decirme que ambos se iban y que no comían en casa. Ni siquiera me dijo adiós, o me dio un beso. Asomó tímidamente su cabecita a través de la abertura entre el marco y la puerta, y sin lidiar más palabras que las necesarias se marcharon.
Cogí de nuevo los folios de los ‘apuntes’ tomados en clase, y me quedé observando los dibujos que habían sustituido a las palabras, de arriba a bajo. Empezaban por simples estrellas dibujadas en el margen superior, recorriéndolo entero de izquierda a derecha, o viceversa. Las estrellas pretendían ser idénticas pero todas eran asimétricas, con sus vértices desiguales, los ángulos más o menos cerrados, y avanzaban por el marco siguiendo una línea serpenteante, dejando a un lado cualquier rastro de perfección que pudiese haber quedado tras el examen de sus formas. Repasé su trayectoria con el dedo, notando débilmente el surco que había dejado el bolígrafo al apretar excesivamente sobre el papel.
El dedo siguió descendiendo por el margen derecho a través de unas espirales que debería haber dibujado en mitad de clase. Me paré a pensar si lo había dibujado de manera consciente. Aquel modo de enroscar la línea hasta la mínima expresión hacía que, observándolo, me sintiese absorbida por un bucle sin salida que poco a poco se iba estrechando y me iba hundiendo en una espiral que me alejaba de mi rutina de perfecta precisión. Sentí miedo y curiosidad. ¿En qué habría estado pensando? y ¿De dónde me habrían venido esos pensamientos caóticos con solo mirar una simple espiral a color negro?
Aquellos simples dibujos se extendían a lo largo de todo el folio por el lado derecho, de manera irregular y tamaños variables, más o menos enroscados, y todas y cada una de aquellas espirales me provocaban la misma sensación. Eso me daba miedo.
En el margen izquierdo, una simple línea unía la parte superior con la inferior. Unida a esta línea, había dibujado unos labios carnosos, rellenos de tinta de manera que resultaban hasta atractivos a la vista, si se era capaz de sustituir el negro del bolígrafo por un rojo provocador y lejano a unas pautas correctas, estéticamente hablando. Me permití el lujo de sonreírme. Sabía perfectamente que había dibujado aquellos labios pensando en Juliette, en aquel rojo que se pintaba y que hacía atraer la mirada por su ostentosidad. La tarde de ayer había sido una tarde tan diferente que fui capaz de admitir en lo más recóndito, secreto y oculto de mi ser, que me había gustado salirme de aquella rutina estricta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario