miércoles, 15 de junio de 2011

Cosas que no parecen lo que son, y un coche rojo 7.2

-¿Cómo diablos lo has adivinado?
-En Marzo florecen los almendros.
-Pero eso no es significativo.
-Lo se. Pero me he arriesgado. Yo florecí en Marzo. ¿Soy tu flor favorita? –
aparcó en el primer lugar que pudo y se quedo mirándome, con el coche apagado.
-¿Cómo vas a ser tú una flor?
-Que poco poeta eres…
-Bueno, qué vas a querer?
-¿Cómo?
-Has acertado – le recordé de mala gana. – ¿qué quieres?
-Déjame que piense – salió del coche sin abrir la puerta, saltando por encima de esta. Yo seguí el método tradicional mientras ella bordeaba su vehículo para subirse a la acera.
-Está bien, pero si tardas mucho se anulará – me miró con una ceja alzada y media sonrisa, como diciendo “no querida, me cobraré mi premio aunque te pese” Suspiré - ¿Dónde vamos?
-Espero que te guste el chocolate.
-Sí
-Perfecto
– me cogió del brazo y empezó a caminar dando grandes zancadas hacia un destino desconocido para mí. Esa ignorancia me atacaba, me ponía enferma, y a la vez me excitaba el no saber a qué me iba a tener que enfrentar.

Por fin llegamos a nuestro destino. Por el camino me había enterado de que Juliette es hija única, y de padres divorciados. Ella sabía que yo no tenía amigos, y me había dado un beso en la mejilla.
-¿Qué te parece? – dijo frente a la puerta, inspirando con orgullo
-¿Dónde estamos?
-En la mejor crepería que puedas imaginar nunca
– el olor a comida de aquel lugar salió de pronto para llevarme al mundo del chocolate. – Pasa, que yo invito.
-Oh no… No podría…
-Que sí, mujer-
me rodeó la cintura con su brazo y me obligó a echar a andar.
-Oye!
-¿Qué?
- miré su brazo – ah, perdón, es la costumbre.
-¿La costumbre?
-Sí, mujer. Con mis amigos tengo mucha confianza, y los cojo así para hacerles andar.
-Ya, pero yo no soy tu amiga
– Nos sentamos en una mesa redonda.
-Todavía. - me sonrió como si tramase algún plan y yo la miré desconfiada. Había aceptado a quedar con ella, quizá eso ya se consideraba ser amigas... Llevaba tanto tiempo excluida del mundo que me sentía como un científico estudiado fríamente las relaciones entre animales, buscando nexos, comportamientos tipo - ¿Qué quieres tomar? – me preguntó sin darme tiempo al replicar. Una camarera ya se nos había acercado.
-Pues… una crep, no?
-Lo suponía
– sonrió – y de beber?
-Coca-cola.
-Vale.
– se giró con una sonrisa perfecta hacia la camarera – Una coca-cola, una cerveza y dos crepes, por favor.
-Claro
– dijo con voz melosa la camarera. En su etiqueta ponía que se llamaba María. Se guiñaron un ojo.
-¿La conoces?
-¿Qué te hace pensar eso?
-Os habéis guiñado un ojo.
-¡Ah! No, no la conozco.
-¿Y entonces?
-¿Entonces qué?
-¿Por qué le has guiñado el ojo?
– se quedó callada. Y yo también, hasta que nos trajeron lo que habíamos pedido. Fue un silencio incómodo dividido en dos partes. Por un lado al espera de una respuesta hacia mi pregunta, y por otro lado, su necesidad de escapar con ella. Suspiré exasperada y cogí el plato para ponérmelo delante de mí, sin percatarme de la sonrisa de “gracias” que le dedicaba Juliette a Maria – Bueno, si no me vas a dar una razón, al menos deja de hacerlo
-Está bien… Lo siento, supongo. Aunque no se qué te molesta de que sea simpática con la camarera
– Comenzamos a comer, y de nuevo el silencio se hizo entre nosotras, aunque quedaba disimulado por las múltiples conversaciones que se llevaban a cabo a nuestro alrededor – qué te parece el crep? – tragué.
-Está muy buena – bebí y corté otro trozo para llevármelo a la boca.

Poco a poco retomamos nuestra conversación. Terminé por olvidar aquel intercambio extraño de confianzas que en un principio no existían mientras me dejaba mecer por las idas y venidas temáticas en nuestra conversación. Temas triviales, marcando constantemente unas distancias que ella se empeñaba en romper con sus comentarios y su lenguaje corporal.
Terminamos, y ella pagó la cuenta sin darme siquiera tiempo a rechistar. Volvimos hacia el coche caminando lentamente, sin prisas, con una sonrisa en el rostro, la sonrisa de placer que se te queda después de haber comido chocolate.

Me dejó en la calle y desde el coche se despidió bajándose las gafas y guiñándome un ojo. Se fue riéndose y con la música a todo volumen. - Recuerda que me debes algo! ya te diré el qué! - me gritó mientras se alejaba, dejándome con la palabra en la boca. Me quedé mirando cómo desaparecía el punto rojo por la esquina, segura de que aquel gesto lo había hecho para mosquearme. Sin embargo, no lo había conseguido. Más bien había hecho que sonriese, como si estuviese a punto de soltar una carcajada, una sola. Entonces me di cuenta de mi estado de estupidez y reaccioné metiéndome en mi casa, haciendo repaso mental de todo lo que me había pasado hoy. Me buscaba en la jornada, y no me encontraba. Ni serenidad, ni seriedad... Ni siquiera en mis apuntes había un ápice de letra caligráfica y estilizada. ¿Dónde me había metido durante el día? Sin embargo, una vez que entré a mi casa, me encontré de frente con la realidad. Soledad. Oscuridad, y un mensaje en el contestador.
Le di a escuchar.
*Dónde diablos estás, Alma? Por qué no estabas estudiando. Supongo que habrá una buena razón para ello. Reza por que no se entere tu padre* borré el mensaje de mi madre. Claro, ¿dónde estaba yo? No, más bien ¿dónde se habían metido ellos durante todos estos años? ¿Quiénes eran mis padres? ¿Y qué derecho tenían ellos de preocuparse por mí?

Suspirando me fui a mi cuarto, prometiéndome que lo que había construido durante años, y que había marchado tan bien, no iba a destruirlo por una tarde en compañía de un ser humano. Mañana, volvería a ser yo, y todo rastro de humanidad e imperfección, posiblemente desaparecerían de mí durante la noche. Con todo ello, me fui a dormir.

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